Javier Josué Jara Diego
Revista del Archivo General de la Nación 2025; 40(2); 143-145
El autor también subraya que los archivos pueden ser empleados como instrumentos
de control o de supresión de la memoria colectiva. En Fahrenheit 451 (1953), los
bomberos destruyen libros con el fin de mantener a la población en la ignorancia y
evitar el pensamiento crítico. Gavilán vincula esta ficción con casos reales en los que
documentos relevantes han sido eliminados o desaparecidos en instituciones públicas,
lo que demuestra que no se trata únicamente de un recurso narrativo. El análisis
revela que la gestión documental nunca es neutral, pues siempre está condicionada
por intereses políticos o sociales. Así, los archivos pueden ser tanto guardianes de
la verdad como cómplices del silencio, una idea que invita a una profunda reflexión.
En Blade Runner (1982) y Blade Runner 2049 (2017) se plantea la posibilidad de
implantar recuerdos, lo que genera dudas sobre la identidad. El protagonista recurre
a los archivos para verificar la autenticidad de los androides, mostrando que la
documentación es el único medio para confirmar quiénes somos. Gavilán relaciona
este planteamiento con la vida cotidiana, al señalar que, sin documentos como el
DNI o la partida de nacimiento, resulta imposible demostrar la identidad en procesos
legales o sociales. La documentación, por tanto, trasciende el trámite administrativo
y se convierte en el soporte de la existencia social. Sin estos registros, la identidad se
diluiría y sería imposible distinguir entre realidad y ficción.
El libro también examina 1984 (1949), donde el «Departamento de Archivos» del
«Ministerio de la Verdad» manipula los archivos para ocultar la realidad. En este caso,
la gestión documental es impecable en lo técnico, pero se utiliza con fines corruptos
y totalitarios. Gavilán concluye que los archivos constituyen un arma de doble filo:
pueden servir para la transparencia o para la opresión. Este ejemplo demuestra que
la archivística no se limita a la conservación de documentos, sino que implica un
componente ético fundamental. La obra deja claro que la gestión documental nunca
es inocente, pues siempre acarrea consecuencias sociales y políticas, positivas o
negativas.
La propuesta de Gavilán resulta original al combinar la archivística con la ciencia
ficción, lo que convierte temas habitualmente técnicos en contenidos accesibles y
atractivos para un público más amplio. El texto funciona como un puente entre lo
académico y lo cultural, mostrando que los archivos no son simples depósitos de
papeles, sino estructuras que sostienen la memoria y la identidad social. Es cierto
que en algunos pasajes la obra se concentra demasiado en la descripción de películas
y novelas, sin profundizar en el análisis crítico, lo que puede considerarse una
limitación; sin embargo, esta estrategia también facilita la aproximación de lectores
no especializados. Se trata de un recurso pedagógico que invita a pensar la archivística
desde una perspectiva interdisciplinaria, aunque con cierta repetición de ideas que
afecta el ritmo. Lo más valioso es su fluidez y su capacidad para suscitar preguntas y
reflexiones sobre el papel de los archivos en la vida cotidiana. En última instancia, es
un libro académico que logra despertar la curiosidad en el lector.
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