Isaac Trujillo Orellana
Revista del Archivo General de la Nación 2025; 40(2); 137-141
común el haber «presentado la historia como la memoria del bien perdido y como una
sucesióndeocasionesdesperdiciadas»(p.97).Debidoaello,Burgaproponeundiscurso
de nación que no excluya ninguna memoria histórica del pasado. Si bien el discurso de
la «historia nacional crítica» es aquel con mayor presencia en la actualidad, los demás
continúan teniendo vigencia, pues a partir de ellos se ha ido construyendo la nación.
Sin embargo, defiende una definición subjetiva de esta, porque remite«a la existencia
de una conciencia nacional, una memoria propia y un sentimiento de pertenencia»
(p. 101). En el Perú, desde la conquista, se fueron formando protonacionalismos
que perviven en el presente (tanto en las élites como en los sectores populares) y
compiten entre sí por representar la nación. De los nacionalismos existentes, el autor
menciona tres, opuestos entre sí: el criollo, el indianista y el andino —o moderno—,
criticando el segundo de ellos por «demagógico y fundamentalista», y proponiendo un
«nacionalismo andino moderno» que canalice la fuerza reivindicativa de este sector
de la población (pp. 104-105). No obstante, considera, en general, que el Perú es una
nación en formación, cuya construcción en el presente ya no lo realizan «las élites
sociales ni los partidos políticos», sino los ciudadanos como agentes de cambio (p.
107).
En la tercera parte («De la nación imposible a la nación real: sorpresas del
Bicentenario»), Burga comienza presentando a Foucault como un crítico de la
modernidad. Reflexiona sobre el estado de la nación a partir de un contraste entre las
generacionesdel Centenario y del Bicentenario, caracterizando a ambas como grupos
mayoritariamente jóvenes, provincianos o descendientes directos de estos, pero con
una diferencia importante: mientras la primera estuvo conformada por provincianos
de clase media con un presente ya encaminado hacia el futuro, considera que los
segundos, más bien, y debido a la situación actual, tienen un presente incierto, pero
sueñan con un futuro mejor. Los primeros querían construir la nación; lo segundos
decían, abiertamente, que ellos eran la nación.
El autor se pregunta, entonces: ¿qué une y qué desune a los peruanos como tales?
Para él, es imposible formar una nación de características occidentales, vale decir,
homogénea; comprende que el Perú es un país diverso, heterogéneo, porque en él
conviven muchas patrias, muchas naciones y, sobre todo, muchas memorias. Pone
énfasis en que, después de la Conquista y la Independencia, sobrevivió una memoria
de los incas, un recuerdo colectivo del pasado persistente entre los indígenas; pero,
así como estos tienen su «memoria del bien perdido», también los criollos poseen una,
que intentó expresarse a través de una nación criolla, católica y occidental. La idea de
diversidad, como algo inherente a la sociedad peruana, que ya se deja ver en la Visión
histórica del Perú de Macera (1972), es asumida como interpretación por Burga,
quien va más allá al proponer la nación multicultural como única posible para el caso
peruano, una comunidad donde se respeten las diferencias de toda índole. Desde su
perspectiva, es esta la demanda enarbolada en el bicentenario por los descendientes
de aquellas mayorías marginadas históricamente. Pocos años después, señala el autor,
Mario Vargas Llosa muestra, en Le dedico mi silencio (2023), el fracaso de la nación
140