Revista del Archivo General de la Nación 2025; 40(1); 69-85
Johan Francis Marcelo Ruiz
Durante la segunda década del siglo XX, las ideas libertarias desempeñaron un papel
importante dentro del movimiento obrero peruano. Los ideales de educación y de
libertad sirvieron para que los sectores populares, tanto obreros como campesinos, se
familiarizaran con la cultura política anarquista y se impregnaran con un discurso que
presentaba una sociedad justa frente a su contraparte oligárquica. Sin embargo, luego
de 1919, el anarquismo pasó por una etapa de estancamiento (Sulmont, 1982, p. 23).
En paralelo al proceso de consolidación ideológica, la cuestión femenina adquirió
una presencia significativa dentro del movimiento social peruano. La irrupción de las
mujeres en la esfera obrera —vinculadas a fábricas, talleres y al servicio doméstico—
estuvo asociada a los procesos de modernización urbana y proletarización. En estos
espacios, las trabajadoras enfrentaron condiciones de explotación similares a las del
proletariado masculino; sin embargo, su experiencia también estuvo marcada por formas
específicas de opresión derivadas de su condición de género. En ese sentido, la mujer era
considerada la «proletaria del proletariado» (Tristán, 1977, como se citó en Miller, 1986,
p. 15). Como señala Melgar (2011), pese a la incorporación de las mujeres al trabajo
asalariado, las estructuras de subordinación no desaparecieron, sino que su marginación
y opresión se reprodujo tanto en los espacios fabriles como en los prostíbulos (p. 4).
De forma similar, Miller (1986) sostiene que la inserción de las mujeres en el mundo
del trabajador no implicó una ruptura con los roles tradicionales, pues su labor continuó
asociada a lo doméstico: limpiar, coser, cocinar y cuidar niños (p. 20). Estas labores,
desprovistas de estatus y asociadas a actividades consideradas inferiores, reforzaban la
desvalorización femenina en el mercado laboral. En este contexto, las jornadas podían
extenderse entre 17 y 18 horas (p. 24), a lo que se sumaban la inestabilidad familiar y
la mortalidad infantil. En conjunto, estas experiencias contribuyeron a que la cuestión
femenina fuera articulándose progresivamente dentro del discurso anarquista como
uno de sus ejes éticos y políticos.
Por otro lado, Huamanchahua y Pillaca (2017) muestran que, dentro del movimiento
social, la participación femenina fue visible en momentos de gran conflictividad. Por
ejemplo, en 1916, durante la huelga de jornaleros en Huacho —que exigía el aumento
del 50 % del salario, la jornada de las 8 horas y la eliminación del monopolio en la
venta de artículos de primera necesidad—, las mujeres destacaron por la organización
de ollas comunes que articularon redes entre campo y ciudad. Posteriormente, en
1917, también desempeñaron un rol activo de agitación y propaganda para presionar
a las autoridades locales. La represión estatal fue violenta y terminó en el asesinato
de Irene Salvador, Manuela Díaz Chanflajo, entre otras manifestantes, cuyos nombres
fueron recordados como las mártires de Huacho (p. 16-17).
Poco después, las asambleas y mítines femeninos de 1918-1919 contaron con la
participación de figuras como Evangelina Antay, Dora Mayer, Elisa Perrechino, Teresa
Tipiciano, Rosa de Saury y Zoila Aurora Cáceres. Con trayectorias diversas y distintos
vínculos con el mundo laboral, estas intelectuales participaron activamente en dichos
espacios. De este modo, se evidenció que las mujeres no solo acompañaron la lucha
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