Artculos Originales  
Revista del Archivo General de la Nación 2025; 40(1); 69-85  
Entre la militancia y el silencio: idealización y  
ausencia de lo femenino en el anarquismo de  
Encino del Val (1920-1939)  
Johan Francis Marcelo Ruiz1  
Resumen  
El presente artículo examina las representaciones de lo femenino en el anarquismo en  
Perú a través del caso de Encino del Val (1891-1939), un militante anarquista activo en  
Apurímac entre 1920 y 1939. Apartir del enfoque de género, se analizan tres dimensiones:  
la proyección pública del personaje; el silencio en torno a su esposa, Evangelina Moscoso;  
y la construcción simbólica de la mujer en sus textos poéticos. A partir de ello, se  
sostiene que la ausencia de mujeres reales en la obra de Encino del Val no constituye  
una contradicción individual, sino que expresa una tensión dentro del discurso anarquista:  
mientras proclamaba ideales de igualdad universal, produjo formas específicas de  
idealización y silenciamiento de lo femenino. De este modo, el artículo propone que el  
análisis de estas ausencias permite comprender las ambigüedades del proyecto libertario.  
Palabras claves: Encino del Val, anarquismo, militancia, género, invisibilización.  
Between militancy and silence: Idealization and the absence of the  
feminine in the anarchism of Encino del Val (1920–1939)  
Abstract  
This article examines representations of the feminine in anarchism in Perú through the  
case of Encino del Val (1891-1939), an anarchist militant active in Apurímac between  
1
0000-0984-1728. Correo electrónico: JFMarceloR@gmail.com.  
Citar como: Entre la militancia y el silencio: idealización y ausencia de lo femenino en el anarquismo de  
Encino del Val (1920-1939). Revista del Archivo General de la Nación, 40(1), 69-85. DOI: 10.37840/  
ragn.v40i1.181  
Recibido: 16/01/2026. Aprobado: 23/02/2026. En línea: 12/06/2026.  
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Revista del Archivo General de la Nación 2025; 40(1); 69-85  
Johan Francis Marcelo Ruiz  
1920 and 1939. Using a gender-based approach, it analyzes three dimensions: the figure’s  
public trajectory, the silence surrounding his wife Evangelina Moscoso, and the symbolic  
construction of women in his poetic texts. It argues that the absence of real women in  
Encino del Val’s work does not constitute an individual contradiction but rather reflects  
a tension within anarchist discourse; while ideals of universal equality were proclaimed,  
specific forms of idealization and silencing of the feminine were also produced. In this  
way, the article proposes that examining these absences helps illuminate the ambiguities  
of the libertarian project.  
Keywords: Encino del Val, anarchism, militancy, gender, invisibilization.  
Introducción  
Los estudios sobre el anarquismo en el Perú han privilegiado el análisis de su  
dimensión política, sindical e ideológica, y dejaron en segundo plano los aspectos  
vinculados al género y vida cotidiana de sus militantes. Se puso en segundo plano, por  
ejemplo, que los libertarios, pese a su discurso emancipador, produjeron imaginarios  
y silencios en torno a lo femenino. Por ello, este trabajo propone examinar dicha  
tensión a partir del caso de Encino del Val (1891-1939), un militante anarquista cuya  
trayectoria se desarrolló entre 1920 y 1939.  
A partir del matrimonio de Encino del Val y Evangelina Moscoso —una acción  
aparentemente contradictoria entre ideología y práctica— se busca indagar las  
tensiones entre los ideales anarquistas y las prácticas de género de sus militantes.  
Asimismo, debido a la ausencia de Evangelina Moscoso en los registros producidos  
por el propio Encino, se propone explorar cómo el anarquismo en el Perú articuló una  
concepción de lo femenino que osciló entre la idealización moral y la invisibilización  
de las mujeres reales.  
A manera de hipótesis, se sostiene que el caso de Encino del Val no constituye una  
contradicción individual entre ideología y práctica; por el contrario, permite observar  
una tensión presente en el discurso libertario. Si bien el anarquismo proclamó un  
ideal de emancipación e igualdad, en la práctica existió una visibilidad desigual de las  
mujeres dentro de los registros discursivos y las representaciones producidas por sus  
propios militantes. En este sentido, la ausencia de figuras femeninas «concretas» es el  
resultado de mecanismos culturales y simbólicos que articularon la idealización de la  
mujer con su invisibilización.  
Para examinar por qué la figura femenina quedó atrapada entre la idealización simbólica  
y la ausencia documental —como en el caso de Evangelina Moscoso, que se desvanece  
del registro histórico— resulta necesario adoptar un marco analítico que permita inquirir  
la producción de estos silencios. Por ello, este trabajo requiere una aproximación que no  
se limite a contrastar ideología y práctica, sino que analice los mecanismos mediante los  
cuales ciertos sujetos permanecen visibles y otros quedan excluidos del relato histórico.  
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Entre la militancia y el silencio: idealización y ausencia de lo femenino en el anarquismo de Encino del Val (1920-1939)  
Tomando en cuenta los objetivos mencionados, se define el género como un «elemento  
constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias percibidas entre los  
sexos, y una forma primaria de significar las relaciones sociales» (Scott, 1996, p. 23).  
En esta formulación se establecen dos dimensiones fundamentales: en primer lugar, el  
género como una construcción histórica; en segundo lugar, su funcionamiento como  
una forma de estructurar el poder.  
Para explicar este enfoque, Scott identifica cuatro niveles clave en los que el género  
opera como categoría histórica: primero, los símbolos culturalmente disponibles  
(madre, virgen, musa); segundo, los conceptos normativos que organizan y estabilizan  
dichas representaciones (feminidad asociada a la domesticidad y masculinidad  
vinculada a la autonomía); tercero, las instituciones que encarnan y reproducen estas  
normas (familia, Iglesia, Estado, escuela); y cuarto, la identidad subjetiva, entendida  
como la interiorización o el desafío de la normatividad.  
Desde este marco, se establece que, a partir de las diferencias sexuales, se produjeron  
discursos, instituciones, prácticas culturales, representaciones, jerarquías y funciones  
sociales que definieron qué sujetos podían ocupar posiciones de autoridad y legitimidad.  
En consecuencia, el análisis de género implica examinar cómo emergen los sentidos  
sobre lo masculino y lo femenino, y cómo estos adquieren estabilidad histórica.  
El silencio femenino se encuentra directamente ligado a su invisibilidad en el espacio  
público, «el único que durante mucho tiempo mereció interés y relato» (Perrot, 2008,  
p. 18). Esta exclusión se articuló con un orden social que asignó a las mujeres espacios  
de confinamiento. En ese sentido, se sostiene que las «formas de encierro de mujeres  
son innumerables» (2008, p. 171) y que estas prácticas estuvieron acompañadas  
por mecanismos de vigilancia. De este modo, la domesticidad —presentada como  
destino femenino— operó como un dispositivo que reguló comportamientos, limitó la  
movilidad y restringió la participación de las mujeres en el ámbito público.  
Así, al examinar la casi total ausencia de mujeres en los repositorios documentales,  
Perrot subraya que «las mujeres han quedado largamente excluidas del relato» (p. 18).  
No obstante, pese a este silencio, las mujeres aparecen bajo la forma de una «presencia  
ausente»; es decir, sus rastros —aunque mínimos— se encuentran de manera oblicua,  
lateral y codificada en los márgenes del archivo. Estos intersticios permiten, por tanto,  
reconstruir fragmentariamente su participación en la vida social.  
En esta misma línea, Mannarelli (2004) muestra cómo las estructuras descritas  
operaron en el contexto peruano. Para la autora, la domesticidad estuvo atravesada  
«por la jerarquía, lo que atentó contra una estética íntima, contra la construcción de un  
espacio pleno para el yo» (p. 147). En ese sentido, el espacio doméstico no constituyó  
un ámbito de relaciones horizontales, sino que estuvo marcado por relaciones  
verticales que definieron a las mujeres como sujetos subordinados.  
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De este modo, el encierro y el silencio se articularon en una tradición patriarcal que,  
en el caso peruano —desde el periodo colonial hasta el republicano— combinó el  
honor, la vigilancia y el control del cuerpo femenino. La restricción de la movilidad,  
más que un fenómeno aislado, se inscribió en un orden donde la autoridad doméstica  
fue reforzada por la ausencia de un Estado capaz de regular las relaciones familiares.  
En consecuencia, «ha existido una suerte de pacto patriarcal tácito mediante el cual  
el poder público le ofrece al poder doméstico, en particular al masculino, un amplio  
margen de acción» (Mannarelli, 2004, p. 152).  
Este pacto se reflejó en la configuración del espacio público que, de forma similar a  
lo señalado por Perrot, «era percibido como un lugar, real y simbólico, de carácter  
masculino», donde «las leyes y la dinámica respondían tácitamente a la violencia  
viril». Por ello, lo público resultó particularmente hostil para las mujeres, tanto en las  
calles como en las instituciones sociales y políticas (Mannarelli, 2004, p. 154). Esta  
hostilidad reforzó el confinamiento femenino al hogar y cerró las posibilidades de  
intervención en la vida pública.  
No obstante, pese a este confinamiento, Perrot enfatiza que las mujeres suelen aparecer  
en la historia bajo formas alegorizadas —la madre, la patria, la musa— que borran  
la especificidad de sus vidas concretas, pero que dejan huellas que permiten rastrear  
su presencia en lo social. Así, mientras las mujeres son invisibilizadas como sujetos  
reales, se vuelven visibles como metáforas que sostienen proyectos políticos, morales  
o estéticos ajenos a ellas.  
En síntesis, estos aportes permiten comprender que el género opera como una trama  
simbólica,normativaeinstitucionalquedefinequévidassonvisiblesycuálespermanecen  
en silencio. La alegorización de las mujeres constituye una forma de visibilidad que  
enmascara su exclusión de los espacios donde se produce la Historia. Paralelamente, la  
domesticidad, el encierro y la vigilancia consolidaron un pacto que relegó a las mujeres  
al ámbito privado. A partir de ello, se sostiene que estos mecanismos estructurales  
hicieron que la presencia femenina, incluso cuando fue parte activa de la vida social,  
política y laboral, quedara codificada de manera fragmentaria y subordinada.  
Desde este marco conceptual, es posible examinar el anarquismo desde una  
perspectiva que considere las formas en que replicó las estructuras de género. Si las  
mujeres fueron silenciadas por lógicas históricas más amplias, cabe interrogar cómo  
estos mecanismos operaron al interior de un movimiento que proclamaba la libertad y  
la igualdad. En ese sentido, el análisis del discurso libertario en el Perú —incluyendo  
las trayectorias de sus militantes— permite observar que la cultura ácrata reprodujo la  
invisibilidad femenina y su idealización simbólica.  
Elcorpusanalizadosecomponededostiposdemateriales. Enprimerlugar, unconjunto  
de textos publicados en la prensa anarquista limeña —especialmente en La Protesta  
entre 1921 y 1924— que abordan explícitamente la cuestión femenina y permiten  
identificar los marcos discursivos del anarquismo sobre la mujer. En segundo lugar, se  
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Entre la militancia y el silencio: idealización y ausencia de lo femenino en el anarquismo de Encino del Val (1920-1939)  
examinan escritos de Encino del Val producidos en la década de 1930, en particular su  
producción poética publicada en Alma Quechua y recopilaciones posteriores, con el  
2
fin de analizar cómo dichas representaciones se manifiestan en la obra de un militante .  
El examen de la prensa anarquista permitirá identificar las tensiones recurrentes en  
torno a la representación de lo femenino, específicamente la coexistencia entre la  
idealización simbólica y la experiencia concreta de las mujeres en el ámbito social. A  
partir de este marco, Encino del Val se presenta como una figura que permite observar  
cómo dichas contradicciones se materializaron en su propia trayectoria y militancia.  
En este sentido, el análisis articula un nivel general —el discurso anarquista en el  
Perú— con un estudio de caso que explora sus manifestaciones concretas.  
Anarquismo en el Perú y la cuestión femenina  
Hacia finales del siglo XIX, el anarquismo comenzó a configurarse como una de las  
ideologías más importantes dentro de la organización del movimiento social peruano3.  
Intelectuales como Glicerio Tassara, Christian Dam y Manuel González Prada, por  
medio de sus críticas, otorgaron protagonismo a la cuestión social. Por ello, las ideas  
libertarias entraron en una fase primigenia de difusión dentro de los sectores obreros y  
los sindicatos. Paralelamente, los vínculos transnacionales —migración, circulación de  
prensa— también fortalecieron la formación ideológica de las organizaciones obreras.  
Este proceso se tradujo en la creación de centros político-culturales (Centro de Estudios  
Sociales por la Idea, Centro de Estudios Sociales Humanidad, Centro Socialista 1ro  
de mayo, entre otros) y publicaciones periódicas (Los Parias, La Simiente Roja, El  
hambriento, Humanidad, El Oprimido, La Protesta, La Antorcha, El Sol, entre otros).  
A nivel organizativo, los anarquistas desempeñaron un papel decisivo en la fundación  
de sindicatos, entre los que destacó la Federación de Obreros Panaderos Estrella del  
Perú (1905).  
Entre 1910 y 1925, el anarquismo se consolidó como la principal ideología de oposición  
al statu quo (Pareja, 1978, p. 51). Durante este periodo, la búsqueda de nuevas formas  
de organización obrera dotó a los sindicatos de un fuerte contenido revolucionario y  
solidario. Al mismo tiempo, la labor propagandística se intensificó, especialmente con  
la publicación de La Protesta (1911-1926). Estas dinámicas confluyeron en una de las  
principales conquistas del movimiento obrero: la jornada laboral de ocho horas en 1919.  
2
Respecto al recorte temporal, por un lado, el artículo examina los textos publicados en la prensa  
anarquista limeña durante las primeras décadas del siglo XX con el objetivo de identificar los marcos  
discursivos mediante los cuales el anarquismo formuló sus representaciones sobre lo femenino.  
Por otro lado, el análisis se extiende a la producción intelectual de Encino del Val, desarrollada  
principalmente durante la década de 1930 y considerada hasta 1939, año de su muerte. Esta segunda  
temporalidad permite observar cómo ciertos repertorios ideológicos difundidos en la prensa libertaria  
fueron apropiados en la trayectoria militante.  
3
En el contexto de este artículo, se entiende movimiento social peruano al conjunto de experiencias que  
atravesaron al movimiento obrero en el Perú.  
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Durante la segunda década del siglo XX, las ideas libertarias desempeñaron un papel  
importante dentro del movimiento obrero peruano. Los ideales de educación y de  
libertad sirvieron para que los sectores populares, tanto obreros como campesinos, se  
familiarizaran con la cultura política anarquista y se impregnaran con un discurso que  
presentaba una sociedad justa frente a su contraparte oligárquica. Sin embargo, luego  
de 1919, el anarquismo pasó por una etapa de estancamiento (Sulmont, 1982, p. 23).  
En paralelo al proceso de consolidación ideológica, la cuestión femenina adquirió  
una presencia significativa dentro del movimiento social peruano. La irrupción de las  
mujeres en la esfera obrera —vinculadas a fábricas, talleres y al servicio doméstico—  
estuvo asociada a los procesos de modernización urbana y proletarización. En estos  
espacios, las trabajadoras enfrentaron condiciones de explotación similares a las del  
proletariado masculino; sin embargo, su experiencia también estuvo marcada por formas  
específicas de opresión derivadas de su condición de género. En ese sentido, la mujer era  
considerada la «proletaria del proletariado» (Tristán, 1977, como se citó en Miller, 1986,  
p. 15). Como señala Melgar (2011), pese a la incorporación de las mujeres al trabajo  
asalariado, las estructuras de subordinación no desaparecieron, sino que su marginación  
y opresión se reprodujo tanto en los espacios fabriles como en los prostíbulos (p. 4).  
De forma similar, Miller (1986) sostiene que la inserción de las mujeres en el mundo  
del trabajador no implicó una ruptura con los roles tradicionales, pues su labor continuó  
asociada a lo doméstico: limpiar, coser, cocinar y cuidar niños (p. 20). Estas labores,  
desprovistas de estatus y asociadas a actividades consideradas inferiores, reforzaban la  
desvalorización femenina en el mercado laboral. En este contexto, las jornadas podían  
extenderse entre 17 y 18 horas (p. 24), a lo que se sumaban la inestabilidad familiar y  
la mortalidad infantil. En conjunto, estas experiencias contribuyeron a que la cuestión  
femenina fuera articulándose progresivamente dentro del discurso anarquista como  
uno de sus ejes éticos y políticos.  
Por otro lado, Huamanchahua y Pillaca (2017) muestran que, dentro del movimiento  
social, la participación femenina fue visible en momentos de gran conflictividad. Por  
ejemplo, en 1916, durante la huelga de jornaleros en Huacho —que exigía el aumento  
del 50 % del salario, la jornada de las 8 horas y la eliminación del monopolio en la  
venta de artículos de primera necesidad—, las mujeres destacaron por la organización  
de ollas comunes que articularon redes entre campo y ciudad. Posteriormente, en  
1917, también desempeñaron un rol activo de agitación y propaganda para presionar  
a las autoridades locales. La represión estatal fue violenta y terminó en el asesinato  
de Irene Salvador, Manuela Díaz Chanflajo, entre otras manifestantes, cuyos nombres  
fueron recordados como las mártires de Huacho (p. 16-17).  
Poco después, las asambleas y mítines femeninos de 1918-1919 contaron con la  
participación de figuras como Evangelina Antay, Dora Mayer, Elisa Perrechino, Teresa  
Tipiciano, Rosa de Saury y Zoila Aurora Cáceres. Con trayectorias diversas y distintos  
vínculos con el mundo laboral, estas intelectuales participaron activamente en dichos  
espacios. De este modo, se evidenció que las mujeres no solo acompañaron la lucha  
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obrera, sino que también actuaron como sujetos políticos capaces de articular discursos  
propios y denunciar la violencia sistemática que recaía sobre ellas (Coca, 2024, p. 56).  
Estos vínculos no estuvieron libres de tensiones. Por ejemplo, aunque existieron  
coincidencias entre los sectores obreros y las intelectuales femeninas, temas como  
el sufragio femenino —enarbolado por Zoila Aurora Cáceres— generaron fuertes  
debates. Para muchas obreras libertarias, la lucha por el voto representaba una demanda  
burguesa4. En ese sentido, estas discrepancias muestran que, para el anarquismo,  
la emancipación femenina debía surgir de la destrucción de los fundamentos de la  
autoridad, incluida la autoridad patriarcal.  
Pese a la articulación del discurso libertario con la cuestión femenina, la presencia de  
mujeres dentro del movimiento no se tradujo en un reconocimiento de sus experiencias ni  
en una visibilidad proporcional a su protagonismo. Para muchos anarquistas, la revolución  
resolvería todos los problemas existentes; por tanto, no fue una agenda prioritaria. Por  
otro lado, las contradicciones internas —el discurso igualitario y las prácticas patriarcales  
persistentes— hicieron que las mujeres fueran silenciadas e idealizadas.  
Silencio: ¿Consciente o inconsciente?  
El silencio en torno a las mujeres dentro del anarquismo en Perú —y Latinoamérica  
en general— puede entenderse como un mecanismo vinculado a las ambigüedades  
del discurso libertario. En el plano teórico, el movimiento anarquista presentó  
«contradicciones respecto a la relación entre los sexos y el lugar que debían ocupar las  
mujeres en la sociedad» (Cuadro, 2017, p. 222). Por ello, se sostiene que la ideología  
ácrata albergó posiciones distintas respecto al rol femenino, pues coexistieron  
posturas que enfatizaron el rol de mujer-madre y otras que denunciaban la situación  
de opresión. De esa forma, se generó una tensión que, en ciertos casos, se tradujo en  
formas desiguales de visibilidad femenina dentro de la práctica militante.  
Dentro del contexto peruano, el artículo «La canción roja» permite observar la  
idealización de lo maternal. En él, se menciona que la Anarquía busca que:  
se acaben los odios, las guerras, las falsas doctrinas, las torpes quimeras que  
llenaron la tierra de sangre y dolor; y vivan los hombres, sin Dios ni banderas en  
un mundo perfecto de paz y amor. Donde la madre amamante a sus hijos, dichosa  
y tranquila cantando en su hogar; no la canción amorosa rodeada de miserias,  
4
En ese marco, en los diarios anarquistas se argumentaba que el sufragio femenino solo consistía en hacer  
accesibles el parlamento y otras actividades políticas a la mujer, lo que permitiría que «algunas mujeres,  
generalmente de buena posición social, vivan espléndidamente de su charla y actividades engañosas»  
(«Mujeres, feminismo, la libertad», 1923, p. 5); y, de esa forma, el movimiento era reducido a la aspiración  
de formar «abogadas, diputadas, ministras [y] agentes de policía». En la misma línea, también se sostenía  
que la conquista del voto y el acceso al gobierno no representaban un camino de emancipación, sino que  
implicaban «solidificar la base del carcomido edificio social» («Dura Lección», 1923, p. 3), por lo que  
dicha demanda era vista incluso como una forma de traición a la causa social.  
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angustias y mal sino la canción de los libres que el alma levanta en un himno  
solemne y universal. (Moreno, 1921, p. 3)  
Aquí, la mujer no actúa como militante ni como sujeto político; es símbolo de  
regeneración moral y soporte de la utopía libertaria. Por tanto, su función es  
reproductiva, espiritual y no histórica. Dentro de esta postura, la revolución pasa por  
ella, pero no depende de su acción.  
Esta operación simbólica se repite en «Élice femenina». Aquí, se menciona que:  
está surgiendo la mujer enérgica, que es obrera empleada de comercio o  
estudiante, que no teme abordar ningún peligro […] No es aventurado decir  
que la mujer en el porvenir será la defensora de la emancipación intelectual  
de los humanos. A nadie podrá espantar que se apasione por el ideal de amor y  
justicia. […] Y en las consagraciones del pensamiento emancipador, el símbolo  
de nuestras luchas será quizá una mujer de cabellera flotante y de contorciones  
solemnes. («Élice femenina», 1922, p. 3)  
Esta «mujer nueva» es presentada como una figura narrativa que no necesariamente es la  
real. Es una imagen estetizada que justifica la esperanza masculina en la transformación  
social. Dentro de este marco, lo femenino funciona como una alegoría de lo que significa  
la anarquía, pero su presencia concreta dentro del movimiento permanece marginal.  
Por otro lado, esta idealización vino acompañada de una militancia anarquista  
hegemónicamente masculina. Por ejemplo, se sostuvo que para lograr la revolución:  
Los hombres luchan con tesonero afán; […] las mujeres aman con profundo amor  
fecundándose y produciendo seres que, te canten y difundan tu Ideal; por lo más  
apartados rincones de la tierra, madre, en tu constante andar los encontraras en  
el camino. (Ariel, 1922, p. 2)  
Dentro del discurso libertario, la acción transformadora es atribuida exclusivamente al  
hombre; la mujer, por el contrario, contribuye mediante la maternidad y el afecto. En  
ese sentido, el anarquismo no rompió con los estereotipos de género. Por el contrario,  
se argumentó que la maternidad era la base de la humanidad.  
la maternidad es la suprema obligación, la misión esencial de la mujer, no hay  
quien se atreva a negarlo. La mujer tiene en sus manos el porvenir de la especie,  
ella es la humanidad, porque ella es la madre, Grandeza igual no existe en ninguna  
de las actividades masculinas. ¿Qué es educar al hijo? Hacer de él un hombre.  
¿Qué necesita la mujer la formación de esa maravilla? Necesita, en primer lugar,  
darse cuenta de su misión. Necesita cultura, es decir, desenvolvimiento físico,  
moral e intelectual. Necesita, si ha de ser capaz de formar un hombre, tener plena  
conciencia de sus derechos humanos. (G.M.S., 1924, p. 3)  
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Este discurso —que en apariencia dignifica la maternidad— funciona en realidad  
como un mecanismo de subordinación. Al definir a la mujer únicamente a través de  
su capacidad de reproducir y educar, restringe todas sus posibilidades de agencia.  
Le reconoce valor, pero solo en un plano que la excluye de la historia política. Estos  
planteamientos «naturalizaron» el rol doméstico de lo femenino.  
Sin embargo, en contraste con lo mencionado, también existieron posturas que  
cuestionaron este rol atribuido a las mujeres. Por ejemplo, en «Surge Hermana» se  
hace un llamado a la emancipación femenina:  
Ya es tiempo, hermana de trabajo, que nos ocupemos de nuestra propia  
redención. La mujer, ayer como hoy, ha sido y es mansa víctima de todas las  
esclavitudes. Considerada como un ser débil, ella ha sido obligada a soportar  
todos los sufrimientos y todas las afrentas y ¿por qué? Porque la sociedad con  
sus costumbres anticuadas y el Estado con sus códigos inmorales, han procurado  
que la mujer permanezca en el oscurantismo (B. y Ch., 1924, p. 5)  
De la misma forma, respecto al matrimonio se manifiesta que:  
La esposa es sencillamente esclava. El marido es el tirano. Y, además, los maridos  
buenos, releedlo, no son tantos, las mujeres callan, porque aleccionadas a la  
religión, amparadora de toda autoridad constituida y regida por hombres, creen  
firmemente en la resignación de la virtud; callan por costumbre de sumisión.  
(G.M.S., 1924, p. 3)  
Estos pasajes rompen con el imaginario de mujer-madre pasiva y la presenta con  
agencia para su propia liberación. Asimismo, se denuncia que el matrimonio —  
idealizado o aceptado en amplios sectores del movimiento— es un espacio de opresión  
estructural donde la mujer se encuentra sometida por costumbre, por religión y por  
tradición. Esta perspectiva se distancia radicalmente de la visión que exaltaba a la  
maternidad como base de la humanidad.  
En relación al ámbito familiar, se sostiene que:  
En la familia eres la esclava de todos, Padres, hermanos, todos tienen derecho  
sobre ti; tú no tienes ninguno ¡No tienes ni siquiera el derecho de elegir un  
compañero par a formar tu hogar! De eso se encargan tus tutores. (Flor de Ideal,  
1922, p. 3)  
Pese a este contraste, estos discursos emancipadores coexistieron —y fueron  
eclipsados— por narrativas dominantes masculinas. Como señala Cuadro (2017) para  
el caso uruguayo, estas posturas convivieron en «tensión permanente con la corriente  
que exaltaba la maternidad como misión esencial» (p. 222), sin llegar a desplazarla  
por completo.  
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Incluso en las posturas radicales, la crítica se dirige hacia la familia, la Iglesia y el  
Estado, sin examinar cómo estas estructuras penetraron en el movimiento anarquista.  
La ausencia de autocrítica es llamativa; sobre todo, porque la conducta ejemplar y  
disciplinada del militante anarquista debía ser consecuente con lo que se escribía. Los  
textos no reflexionan sobre la desigual distribución del trabajo doméstico, ni sobre el  
poco reconocimiento que tenían las mujeres en espacios libertarios.  
De hecho, el llamado a «cultivad el cerebro de vuestras compañeras» (Flor de Ideal,  
1922, p. 3) reafirma la idea de que la mujer debía ser educada por el militante varón  
y ser convertida en destinataria pasiva del proyecto libertario. Aunque el ideal  
emancipador se expone en términos universales, la forma del discurso reproduce la  
jerarquía: el hombre enseña, la mujer aprende; el hombre actúa, la mujer inspira; el  
hombre lucha, la mujer simboliza.  
Asimismo, cuando aparentemente la mujer está al mismo nivel que el varón, aparece  
masculinizada. Al respecto, se menciona que  
ella es también, a nuestro lado y creemos a no dudarlo que mañana que,  
emprendamos la batalla definitivamente irá como una varonil guerrera  
esgrimiendo como espada una guirnalda de rosas. («Élice femenina», 1922, p. 3)  
De este modo, tanto la idealización maternal como la masculinización simbólica  
convergen en un mismo resultado: la mujer real —la compañera, la esposa, la militante  
anónima— permanece invisibilizada. En la propaganda anarquista, la figura femenina  
oscila entre la alegoría y la excepción, pero casi nunca adquiere una voz propia dentro  
del movimiento.  
Dentro de este contexto, resulta necesario enfatizar que mientras el anarquismo  
proclamaba la emancipación universal, sus discursos y prácticas continuaron  
reproduciendo una sensibilidad marcadamente masculina y una separación rígida  
entre la esfera pública —masculina y política— y la esfera privada —femenina e  
invisible—. En ese sentido, Bellucci (1990) y Fernández (2014), partiendo desde el  
caso argentino, coinciden en mencionar que el anarquismo, en muchas ocasiones,  
presentó a la mujer como una «metáfora de la revolución»: un cuerpo idealizado  
depositario de pureza, sacrificio y regeneración moral, pero rara vez como un sujeto  
político autónomo.  
Apartir de lo identificado, el caso de Encino del Val permite observar ciertas tensiones  
dentro de la militancia libertaria. Su trayectoria, sus escritos y, especialmente, su  
partida de matrimonio invita a examinar las contradicciones presentes en la práctica  
cotidiana de un propagandista. Lejos de situarse al margen de estas dinámicas, Encino  
del Val encarna muchas de ellas: la exaltación simbólica de lo femenino, la ausencia  
de mujeres concretas en su discurso y la persistente separación entre la militancia —  
masculinizada y visible— y la vida doméstica —femenina e invisible—.  
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Entre la militancia y el silencio: idealización y ausencia de lo femenino en el anarquismo de Encino del Val (1920-1939)  
Encino del Val: militancia, silencio y construcción de lo femenino  
Erasmo DelgadoVivanco (1891-1939), conocido como Encino delVal, fue un militante  
anarquista con relevancia en Apurímac entre 1920 y 1939. Formado como preceptor  
en la Escuela Normal de Varones de Lima, regresó a su tierra natal como profesor y  
articuló su labor pedagógica con la difusión del ideario libertario en espacios rurales.  
Aunque su actividad se remonta a años previos —como la fundación de la biblioteca  
Luz i Libertad y la dirección del periódico La Acción—, es durante las décadas de  
1920 y 1930 cuando su intervención adquiere mayor proyección política5.  
La trayectoria pública de Encino del Val —marcada por su actividad propagandística  
y como director de un espacio cultural— contrasta con la escasez de información  
disponible sobre su vida privada; es decir, los vínculos familiares permanecen ausentes  
del relato. Es en este punto donde un dato aparentemente menor, como su matrimonio,  
adquiere relevancia.  
EncinodelValsecasóenTambobambaen1921,alos30años,conEvangelinaMoscoso.Este  
dato —que podría ser meramente administrativo— adquiere relevancia cuando se analiza  
dentro del marco propuesto en la sección anterior. Por un lado, la partida de matrimonio  
constituye uno de los pocos registros existentes sobre la vida privada del militante; por otro,  
evidencia un silencio significativo, pues la figura de Evangelina desaparece por completo  
de la obra escrita y trayectoria propagandística del anarquista apurimeño.  
Estaomisiónadquiereunadimensiónmáscomplejacuandosecontrastaconlasdiscusiones  
internas del anarquismo respecto al matrimonio. Por ejemplo, se menciona que:  
Hay compañeros y compañeras “anarquistas” que se unen por las leyes y dicen  
que tal acto no es una inconsistencia con nuestras ideas. yo digo que someterse  
voluntariamente cuando es posible evitar el acatamiento es no se anarquistas de  
verdad (Flor de Ideal, 1922, p. 3)  
De acuerdo a este pasaje, se observa que el matrimonio fue un acto posible dentro  
de los círculos anarquistas. En ese sentido, la decisión de Encino del Val de contraer  
matrimonio formal con Evangelina Moscoso lo sitúa en el terreno ambiguo del discurso  
libertario; es decir, se convierte en una huella de cómo las estructuras tradicionales  
persistían incluso entre quienes buscaban subvertirlas. Además, el hecho de que  
Encino haya decidido no mencionar a su esposa en sus escritos —ni para justificar su  
unión ni para integrarla en su trayectoria militante— sugiere que la tensión entre la  
vida privada e ideales libertarios fue resuelta mediante el silencio.  
La partida de matrimonio entre Encino del Val y Evangelina Moscoso, más allá de  
revelar una contradicción personal o «inconsistencia ideológica», permite observar  
5
Véase Marcelo, J. (2025). Tras los pasos de Encino del Val: Anarquismo y radicalismo en el sur andino  
(1916-1930).  
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Johan Francis Marcelo Ruiz  
cómo los límites del discurso emancipador se filtraron en la experiencia cotidiana de  
los militantes. De esa forma, las mujeres siguieron relegadas al espacio doméstico. No  
obstante, esta experiencia no significa que el anarquista apurimeño no haya tomado en  
cuenta lo femenino: allí donde podría aparecer la figura de la compañera real, surge en  
cambio una construcción literaria de la mujer que opera de forma distinta.  
Los poemas de Encino del Val permiten observar cómo su imaginario sobre lo  
femenino reproduce las tensiones que caracterizaron su vida privada y militancia6.  
Dentro de este marco, sus textos construyen a la mujer a través de un simbolismo  
que la distancia de cualquier experiencia concreta. En «Risspetto», el anarquista  
apurimeño nos dice:  
¿En dónde las miradas virginales/de negros ojos que de amor sonríen? (...) ¿En  
dónde en fin los besos i los goces, / de virgen esbelta las dulces voces? / ¡Ya todo  
concluyó, con el olvido (…) ¡Ai del amante corazón que ansía / placer sin pena i  
en la mujer que se fía! (Del Val, 1933a, p. 18)  
En este poema, la figura femenina aparece con ciertas características que la definen:  
«miradas virginales», «virgen esbelta» y «dulces voces». En ese sentido, es una  
presencia etérea cuya desaparición provoca desencanto. Desde esta perspectiva, el  
Encino poeta no dialoga con una mujer real. Por ello, en la parte final menciona: «¡Ai  
del amante corazón que ansía / placer sin pena i en la mujer que se fía!», lo que añade  
una dimensión moralizante que asocia lo femenino al riesgo o la decepción.  
En «Rispetto» la mujer no solo es idealizada, sino utilizada como un dispositivo  
emocional para explicar el fracaso o la vulnerabilidad masculina. Encino del Val no  
describe un vínculo concreto ni una historia compartida: transforma a la mujer en una  
alegoría moral que permite ordenar su propio desencanto. En esa medida, el poema  
también responsabiliza simbólicamente a la mujer de la imposibilidad del amor pleno.  
En otro poema, «Angustia», Encino del Val refuerza, aunque de forma distinta, esta  
misma lógica. Aquí, la mujer persiste como un nodo emocional:  
Angustia infinita, indescifrable / Por algo que no me explico ni entiendo / Noche  
i día todos los días me atormenta; / Angustia infinita, indescifrable, / Afiebra mi  
mente, lacera mi corazón. / No sé si es la añoranza por los amores idos, / No sé  
si es la nostalgia por el nativo terruño, / No sé si es la inquietud por el futuro  
soñado: / Angustia perenne atormentado me tiene. (Del Val, 1933b, p. 18)  
6
En este aspecto, conviene señalar que la producción poética de Encino delVal, en paralelo a su militancia  
anarquista, también se inscribe en un contexto intelectual marcado por la expansión de las vanguardias  
políticas y literarias en el Perú durante las décadas de 1920 y 1930. En este marco, revistas como Alma  
Quechua (Cusco) y Huamanga (Ayacucho), con las cuales Encino mantuvo vínculos, formaron parte  
de ese ambiente donde convergieron reivindicaciones regionales y proyectos de transformación social.  
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Entre la militancia y el silencio: idealización y ausencia de lo femenino en el anarquismo de Encino del Val (1920-1939)  
En este poema, se asume que lo femenino aparece como una «añoranza» que se evapora  
en el recuerdo. En ese sentido, el texto despliega un yo masculino que no comprende su  
propio malestar; por ello, intenta explicarlo evocando amores pasados, el terruño perdido  
y un futuro que no llega. En el mismo poema, el autor se define como «eco fragmentado»  
(Del Val, 1933b) de quienes «amaron, soñaron y lucharon» (Del Val, 1933b).  
Este desarraigo emocional puede leerse como una metáfora del declive del anarquismo  
en la segunda década del siglo XX7. Sin embargo, el poema también muestra que, frente a  
este contexto, el mundo emocional del militante queda vacío y permite la evocación de una  
mujer ideal. En ese marco, lo femenino es usado para sostener los sentimientos masculinos.  
Esta lógica de idealización y ausencia también se proyecta en trabajos donde Encino  
del Val sitúa a la mujer en un paisaje andino concreto. En «En la Puna», aun cuando  
introduce a una joven andina —Asuntalla—, el núcleo es el duelo emocional del  
protagonista masculino. Desde los primeros versos, el autor privilegia la interioridad  
del hombre: «Insomne toda la noche/ En la cueva del camino / Con el pensamiento en  
ella» (Del Val, 1936, p. 14). Esta introspección se articula con un entorno hostil que  
refuerza la soledad masculina: «amaneció nevando» (Del Val, 1936).  
En el poema, la mujer ocupa el pensamiento del hombre. Asimismo, presenta a  
Asuntalla como una «hermosa ñusta de la puna» (Del Val, 1936) ligada profundamente  
a su entorno. Este vínculo con la naturaleza —«lomas», «pampas», «lagunas» (Del  
Val, 1936)— refuerzan ese simbolismo contemplativo donde lo femenino deviene en  
el territorio mismo: puro, silencioso, perdido entre montañas. Por ello, se sostiene que  
Asuntalla también representa esa feminización del paisaje y naturalización del cuerpo  
femenino como lugar de contemplación, deseo y nostalgia.  
La muerte de Asuntalla es confirmada cuando se menciona: «Dos días antes enterraron /  
a la pobre Asuntalla» (Del Val, 1936). No obstante, dentro de la lógica del poema, lo que  
importa no es la muerte del personaje femenino como persona, sino lo que representa:  
una figura femenina perdida cuya ausencia activa el dolor masculino. De forma similar a  
«Angustia», la mujer es un detonante emocional. Incluso cuando se le otorga nombre, ella  
es el recuerdo y el eco en el paisaje; él, el caminante que la busca, la nombra y la interpreta.  
Siguiendo con el paisaje andino, en «DíaAzul»8 Encino presenta una escena campesina  
idealizada. El poema adopta un tono contemplativo para recrear un paisaje de quietud  
y armonía: «Por última vez el dorado trigal ondea susurrando en la pampa / Y la ladera  
a la caricia matutina del viento» (Del Val, 2006, p. 176). Esta imagen configura un  
espacio de plenitud donde el trabajo agrícola aparece integrado en un ciclo armónico  
de producción y bienestar.  
7
De acuerdo a Llanos (2019), debido a la influencia de la revolución rusa, la emergencia de los partidos  
de masa y la represión estatal, el periodo que va entre 1917 y 1930 se conoce como el declive de la  
influencia anarquista en el movimiento social peruano.  
8
Este poema fue recopilado por Federico Latorre Ormachea en el libro Dios, el gran poeta. poetas  
representativos de Apurímac.  
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En él: «Treinta y tantos trabajadores amigos han venido a la chacra / a segar la mies  
y llevarlo a la era» (Del Val, 2006). Encino presenta a este grupo como un colectivo  
unido por la solidaridad y el trabajo. El fruto de dicha acción «irá al granero de la  
casa para / Convertirse después en el oloroso y nutritivo pan / En el pan que el indio  
recibe con beso, el niño con júbilo y el / Anciano / Con bendición al Sol / No hay una  
sola nubecilla en toda la cúpula celeste» (Del Val, 2006). Esta continuidad sugiere una  
actividad cultural ligada al trabajo, alimento y en relación con la naturaleza.  
En dicho poema, la presencia femenina participa en segundo plano. La única mujer  
que aparece es la «pastora india» (Del Val, 2006) descrita en términos estetizados:  
«pastora-virgen de dieciocho primaveras» (Del Val, 2006), cuya voz, con su «wayno  
hechicero / embellece el paisaje» (Del Val, 2006). En este escenario, la mujer se  
convierte en un elemento sensorial del paisaje, comúnmente asociado a juventud,  
pureza y encanto. Por tanto, su acción es un complemento emocional que embellece  
el trabajo masculino.  
Por último, en lo que respecta a la militancia anarquista, Encino da un giro significativo:  
la figura femenina desaparece y es reemplazada por el cuerpo colectivo viril. En  
«Insurreción», el anarquista apurimeño deja de lado la introspección y el estilo de  
vida campesino para convertirse en narrador épico de la rebelión:  
Es los cerros se divisan millares de indios, / Como cóndores cerca de una res  
desabarrancada: / Del pueblo i las aldeas vecinas han salido / Ante el avance de las  
hondas uniformadas (…) Pututos, cornetas i tambores han combocado / Las masas a la  
magna lucha redentora (…) KALLPA, KALLPA! Rugen los bravos rebeldes, / En tanto  
que las galgas gigantes i los cañones / Estremecen la quebrada i los cerros, i los ecos  
/ Recorren por todos los ámbitos de la comarca. / Rojas y negras banderas flamean en  
el campo / De los rebeldes; suenan las cornetas i tambores; / Febril agitación; gritos  
de victoria, hurras; (…) Los bravos indios buscan otros cerros inexpugnables / La  
Revolución Social, al grito de Libertad i Tierra. (Del Val, 1934, p. 20)  
Estos personajes configuran un universo de fuerza y sacrificio. Las mujeres no  
aparecen ni como símbolo ni como ideal: simplemente no existen dentro del paisaje  
de la revolución. Esta ausencia, lejos de ser neutral, refuerza la centralidad masculina  
del imaginario político. En ese sentido, la revolución es sostenida por una genealogía  
masculina: «I desde sus tumbas Inka-Manko i Tupac Amaru/Alientan a los indios para  
la santa rebelión» (Del Val, 1934).  
De acuerdo con lo expuesto, en la lectura de los poemas de Encino del Val la mujer no  
aparece como compañera igualitaria ni como sujeto político autónomo. Por el contrario,  
lo femenino es convertido en una metáfora emocional que organiza el universo afectivo  
masculino. De este modo, allí donde podría emerger la figura de una compañera real,  
surge en cambio una construcción simbólica que oscila entre la idealización, la nostalgia  
y la ausencia. En ese sentido, los escritos del anarquista apurimeño reproducen los  
límites del propio discurso libertario sobre la emancipación femenina.  
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Entre la militancia y el silencio: idealización y ausencia de lo femenino en el anarquismo de Encino del Val (1920-1939)  
Conclusiones  
El examen del discurso anarquista permite comprender que la cuestión femenina operó  
como uno de los ejes principales de la retórica emancipadora, pero también como un  
punto ciego. En ese sentido, la coexistencia entre discursos de igualdad universal  
y la persistencia de estereotipos revela una de las tensiones ideológicas presentes  
en la militancia ácrata. Así, la omisión de Evangelina Moscoso no es un accidente  
biográfico, sino un recordatorio de que la revolución libertaria continuó siendo una  
empresa profundamente masculina.  
El silenciamiento de mujeres en el anarquismo funcionó como un mecanismo  
estructural que operó en distintos niveles. Dentro de este marco, la figura femenina  
osciló entre la madre regeneradora —pilar moral del porvenir— y la militante  
idealizada que, aun cuando parecía romper con el orden doméstico, era presentada  
en términos estetizados. Estas imágenes, combinadas con el mundo masculino  
activo —militancia, rebelión, trabajo colectivo—, demuestran una clara división de  
roles simbólicos: lo público queda reservado a los hombres, mientras lo privado o  
emocional se convierte en territorio femenino.  
En este contexto, Encino del Val ofrece un ejemplo de estas tensiones y de su  
inscripción en la vida concreta de un militante anarquista. La partida de matrimonio  
entre Encino y Evangelina Moscoso —uno de los pocos documentos que permiten  
rastrear su esfera íntima— revela una vida privada ausente en sus textos. Por ello, este  
silencio no puede leerse como aislado o personal, pues constituye un síntoma de la  
forma en que la militancia ácrata resolvió sus contradicciones.  
Si bien Encino no escribió ni dio referencias sobre su matrimonio y esposa, su obra  
poética permite reconstruir un imaginario en donde lo femenino aparece como recurso  
emocional y sin agencia propia. En su obra, las mujeres operan como símbolos que  
encarnan un ideal estético y actúan como detonantes de la subjetividad masculina.  
Por tanto, las estructuras tradicionales de género persistieron incluso en espacios  
aparentemente revolucionarios.  
En ese sentido, el «silencio» identificado en torno a la figura femenina parece  
responder a la convergencia de distintas dimensiones. Por un lado, remite a un  
repertorio discursivo en el que la idealización simbólica de la mujer coexistía con su  
presencia como sujeto político. Aunque las mujeres participaron activamente en el  
movimiento y también intervinieron en la prensa libertaria, su representación tendió  
a privilegiar esa dimensión simbólica por encima de su actuación política concreta.  
Del mismo modo, ciertos casos pueden leerse como una jerarquización implícita de  
las luchas sociales, por lo que la emancipación femenina quedaba subordinada a los  
objetivos del movimiento.  
Finalmente, el caso de Encino del Val ofrece una perspectiva que permite reflexionar  
sobre la retórica anarquista en torno a la emancipación femenina. Mientras la teoría  
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proclamaba la igualdad, la vida privada se resolvía mediante silencios; mientras los  
textos celebraban la insurrección, las mujeres desaparecían del paisaje revolucionario.  
Esta fractura —entre ideología y práctica, entre discurso público y vida privada, entre  
representación y experiencia— constituye una clave para comprender que el estudio  
de los movimientos sociales también debe atender a los silencios y omisiones.  
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