Artculos Originales  
Revista del Archivo General de la Nación 2025; 40(1); 47-68  
Fascismo y anticomunismo en Perú: el  
«aprocomunismo» como factor de radicalización del  
proyecto de la Unión Revolucionaria (1931-1936)  
Tamires de Moura Nogueira Rosa1  
Resumen  
El artículo analiza la transformación del discurso anticomunista del partido político  
Unión Revolucionaria (UR). Se examina la adaptación de su red conceptual en el  
período de 1931 a 1936, una etapa marcada por la transición desde un nacionalismo de  
derecha a una ideología abiertamente fascista. Para este fin, se estudia la prensa oficial  
del partido desde el marco teórico de la Historia Conceptual. En su fase inicial, la UR  
empleó el neologismo «aprocomunismo» para identificar y combatir a la oposición  
aprista. No obstante, tras su fascistización, el discurso se reorientó para alinearse con  
categorías transnacionales más definidas como «comunismo» y «aprismo», y reorganizó  
su vocabulario y acción política en el contexto del gobierno de Óscar Benavides.  
Palabras claves: comunismo, fascismo, movimientos políticos.  
Fascism and Anti-Communism in Peru: “Apro-Communism” as a factor  
in the radicalization of the Unión Revolucionaria project (1931–1936)  
Abstract  
The article analyzes the transformation of the anticommunist discourse within the Peruvian  
political party Revolutionary Union (UR). It examines the adaptation of its conceptual  
framework from 1931 to 1936, a phase characterized by the transition from right-wing  
1
Historiadora graduada por la Universidad Federal de Juiz de Fora (UFJF), Brasil. Investigación  
financiada por la Fundação de Amparo à Pesquisa do Estado de Minas Gerais (FAPEMIG), Brasil.  
Citar como: Fascismo y anticomunismo en Perú: el «aprocomunismo» como factor de radicalización del  
proyecto de la Unión Revolucionaria (1931-1936). Revista del Archivo General de la Nación, 40(1), 47-68.  
DOI: 10.37840/ragn.v40i1.180  
Recibido: 30/01/2026. Aprobado: 21/03/2026. En línea: 12/06/2026.  
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Tamires de Moura Nogueira Rosa  
nationalism to an openly fascist ideology. To this end, the party’s official press is studied  
using the theoretical lens of Conceptual History. In its initial phase, the UR employed  
the neologism «aprocomunismo» to identify and combat its aprista opposition. However,  
following its fascistization, the discourse shifted to align itself with more clearly defined  
transnational categories such as «communism» and «aprismo» reorganizing its vocabulary  
and political action within the context of Óscar Benavides’ government.  
Keywords: communism, fascism, political movements.  
Introducción  
El anticomunismo fue uno de los principales ejes conceptuales que influyeron en la  
dinámica política y cultural del siglo XX. Por una parte, su definición es elemental, ya  
que abarca «individuos y grupos dedicados a la lucha contra el comunismo, por la palabra  
o la acción» (Motta, 2002, traducción nuestra)2. Por otra parte, esos actores demostraron  
una variedad de proyectos, formas y estrategias de combate. De esa manera, los discursos  
sobre el «comunismo» y los «comunistas» presentaban significados multifacéticos, que  
fueron experimentados de modos distintos, de acuerdo con la visión del mundo y las  
prioridades de los grupos movilizados (Stone y Chamedes, 2018).  
En América Latina, el anticomunismo no fue únicamente impuesto por el exterior,  
ni movilizado estrictamente por las clases dominantes, ya que, incluso, hubo formas  
domésticas del fenómeno (Drinot, 2012). En la década de 1930, ese fenómeno en Perú  
presentó un carácter singular, materializado en el neologismo «aprocomunismo». Dicho  
vocablo político buscaba responder a la emergencia del aprismo y del comunismo, pero,  
al ignorar sus particularidades, los unificó bajo una única categoría de oposición. De este  
modo, el objetivo de este trabajo es entender cómo la Unión Revolucionaria (UR), al  
adaptar sus valores para responder a las cuestiones locales, produjo significados propios  
acerca del anticomunismo, al incorporar elementos transnacionales y locales en su retórica.  
Enesacoyuntura,entrelosgruposquepromovieronelanticomunismoenAméricaLatina,  
las organizaciones fascistas del subcontinente se destacaron como uno de los principales  
vehículos de difusión de esa idea en el período de entreguerras. Conforme destaca Stanley  
Payne (2003), aunque el fascismo no esté definido solamente por sus negaciones —entre  
ellas, el anticomunismo—, estas constituyen parte de la tipología descriptiva propuesta  
por el autor. Bajo esta óptica, Payne (2003) considera las adaptaciones locales de cada  
organización fascista, que resultaron en características distintas entre sí, de acuerdo con  
los contextos nacionales, lo que incluye sus articulaciones anticomunistas.  
El pensamiento fascista peruano se desarrolló con mayor despliegue en la década  
de 1930. En esos años, tuvo como principales expresiones el fascismo aristocrático  
de José de la Riva-Agüero, el núcleo mesocrático con Raúl Ferrero y su formación  
partidaria y popular con la UR (López Soria, 2022). Ante esto, es notorio el papel de  
2
«indivíduos e grupos dedicados à luta contra o comunismo, pela palavra ou pela ação» (Motta, 2002).  
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Fascismo y antcomunismo en Perú  
la UR como un agente que propagó el discurso anticomunista en Perú. Esa actuación  
ocurrió desde su fase inicial, de carácter nacionalista y autoritario (1931-1933), hasta  
su abierta fascistización, bajo el liderazgo de Luis Alberto Flores3 (Molinari, 2004).  
En vista de ello, y conforme al análisis de António Costa Pinto (2021), la UR se  
consolidó, junto al integralismo brasileño, como una de las principales organizaciones  
político-partidarias de carácter fascista en América Latina. De ese modo, al insertarse  
en la política peruana en la década de 1930, la UR articuló elementos locales y globales  
en su programa político, incluso en lo que respecta a su anticomunismo. Con ello, el  
partido promovió un discurso que combatía tanto las organizaciones y las ideas de la  
izquierda autóctona peruana, como las imágenes del «comunismo internacional» de la  
Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) (Molinari, 2004).  
El caso en análisis es particularmente relevante debido a las especificidades del  
escenario político y social peruano. Entre los años 1920 y 1930, la actuación política  
e intelectual de José Carlos Mariátegui4 y Víctor Raúl Haya de la Torre5 contribuyó  
al desarrollo del pensamiento revolucionario latinoamericano. Ambos fueron  
influenciados por la propuesta de Manuel González Prada6, cuyo pensamiento tenía la  
figura del indígena como el principal elemento revolucionario, lo que se convirtió en  
la base fundamental para la izquierda peruana (Rénique, 2009).  
A partir de esa influencia común, esos intelectuales siguieron trayectorias distintas,  
que condujeron a diferentes matices en la izquierda peruana. Por un lado, Mariátegui  
se vinculó a la revista Amauta y contribuyó a la fundación del Partido Socialista del  
Perú en 1928. Por otro lado, Haya de la Torre se dedicó a una propuesta de alcance  
internacional, centrada en la Indoamérica, a través de laAlianza Popular Revolucionaria  
Americana (APRA), que él fundó en 1924 en México (Garaycochea, 1976).  
Frente a las variadas propuestas revolucionarias que emergieron en el contexto  
peruano, la respuesta a ellas también resultó de las especificidades locales. Así, en  
este estudio, la formulación del neologismo aprocomunismo es abordada desde la  
perspectiva teórica de Reinhart Koselleck (2015), que entiende los conceptos como  
3
Luis Alberto Flores Medina (1899-1969) se graduó en Derecho por la Universidad Nacional Mayor de  
San Marcos (UNMSM). Fue uno de los fundadores de la UR y principal colaborador de Luis M. Sánchez  
Cerro, su primer líder y presidente del Perú. Tras el asesinato de Sánchez Cerro en 1933, Flores asumió  
el liderazgo del partido y orientó su rumbo hacia una abierta fascistización (Basadre, 2014).  
José Carlos Mariátegui (1894-1930) fue el fundador del Partido Socialista Peruano y uno de  
los principales teóricos marxistas de América Latina. Su obra, especialmente los 7 Ensayos de  
Interpretación de la Realidad Peruana, y su actuación en la revista Amauta fueron fundamentales para  
la constitución de una izquierda autóctona en el Perú (Rénique, 2009).  
4
5
6
Víctor Raúl Haya de la Torre (1895-1979) creó el APRA y su partido derivado en el Perú, el Partido  
Aprista Peruano (PAP). Su proyecto político, de carácter antiimperialista y de masas, convirtió al  
aprismo en el principal antagonista político de la UR (Contreras y Cueto, 2018).  
Manuel González Prada (1844-1918) fue un intelectual y poeta peruano. Participó en la Guerra  
del Pacífico y, tras el conflicto con Chile, viajó a Europa, donde se puso en contacto con las ideas  
anarquistas. En su pensamiento político, la vanguardia literaria, el indígena insurrecto y el obrero  
armado serían sus protagonistas (Rénique, 2009).  
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factores activos de transformaciones políticas y sociales. Por lo tanto, al ser utilizado  
en la prensa peruana, el término aprocomunismo actuó como un elemento activo de  
unificación ideológica de la oposición.  
Para ello, y alineados con las reflexiones de Quentin Skinner (2014), que subraya el estudio  
del contexto para la interpretación del acto de habla, se buscará comprender el campo  
semántico que estructuró los significados del neologismo aprocomunismo. Este estudio se  
concentra, por lo tanto, en el momento de la producción discursiva. Con ese objetivo, se  
analizarán los periódicos producidos por el partido: La Opinion7, Acción8 y La Batalla9,  
una vez que se los entiende como el principal vehículo para la difusión de su vocabulario  
político y la construcción de sus enemigos. Con este análisis, se busca ubicar el discurso de  
la UR en las dinámicas sociales, al examinar el carácter anticomunista del proyecto urrista.  
Nuevos contextos, partidos e ideas políticas: el escenario peruano entre  
las décadas de 1920 y 1930  
El fin de la Primera Guerra Mundial y el impacto de la Revolución Rusa contribuyeron  
a la circulación de nuevas ideas entre Europa y América Latina, lo que creó un  
escenario de gran efervescencia cultural. Según Hobsbawm (2017), ese período se  
caracterizó por dos factores claves: la participación de los movimientos populares en  
la política a escala nacional y el inicio del reconocimiento de la nación —por parte de  
intelectuales y políticos— como el conjunto de todas las personas que la componen.  
En este panorama, las transformaciones en la sociedad peruana entre los años diez y  
veinte modificaron las relaciones entre intelectuales y masas. Eso ocurrió a causa de  
la crisis de la denominada «República Aristocrática», junto a la intensa movilización  
de las masas populares (Aricó, 2015).  
La Patria Nueva de Augusto Leguía simbolizó la búsqueda de un nuevo proyecto para  
elPerú.IniciadoconungolpedeEstadoen1919,elrégimenprocurabaromperelcontrol  
político de las élites civilistas e incorporar, de manera limitada, a los sectores medios,  
trabajadores e indígenas, como respuesta a la creciente masificación de la sociedad  
7
El periódico La Opinion fue el principal medio de propaganda del partido entre 1931 y 1932. Desde  
el principio, su objetivo fue apoyar la candidatura de Sánchez Cerro, exaltando su rol de liderazgo.  
Tuvo como director a Isaac Alcocer Alzamora y, posteriormente, a Germán Campos como redactor  
jefe. En 1939, fue retomado por Cirilo Ortega como vehículo de información de la corriente del partido  
que pasó a ser liderada por él tras el exilio de Luis Alberto Flores. Para obtener información sobre la  
diagramación y el contenido del periódico, consulte: Rosa, T. de M. N. (2024). Entre “A Razão” e “La  
Opinion”: nacionalismos de direita na imprensa latino-americana (1931-1932) [Tesis de licenciatura,  
Universidad Federal de Juiz de Fora].  
8
El periódico Acción fue producido entre 1933 y 1936, y se presentó como «órgano de la Unión  
Revolucionaria». Dirigido por C. A. Meza, fue el principal periódico de la UR fascista, al difundir  
sus ideales y su actuación política. En 1939, fue retomado, bajo la misma dirección, por la facción  
del partido liderada por Cirilo Ortega, con un discurso que buscaba alejarse del fascismo de Flores y  
retomar los ideales de la Revolución de Arequipa y la memoria de Sánchez Cerro.  
9
El periódico La Batalla funcionó en 1936 bajo la dirección de Juan Picón Pinzás. Fue responsable de  
la publicación del «Estatuto Orgánico de la Unión Revolucionaria», el cual presentó los principios del  
partido mientras este se preparaba para las elecciones de 1936.  
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Fascismo y antcomunismo en Perú  
(Contreras y Cueto, 2018). De esta forma, las acciones del gobierno contribuyeron a  
la formación de variados movimientos, como el proyecto de reforma universitaria y  
el indigenismo —contexto en el cual Haya de la Torre y Mariátegui ejercieron gran  
influencia—. Sin embargo, esas articulaciones superaron las expectativas de control  
que el régimen deseaba. De esa forma, en poco tiempo, el gobierno se volvió arbitrario  
e intolerante, especialmente con los sectores de la izquierda política (Rachum, 1993).  
En la década de 1920, Haya de la Torre y Mariátegui conformaron la vanguardia  
que buscaba construir un camino revolucionario. Sus proyectos se conectaban a  
las corrientes internacionales y, al mismo tiempo, se enraizaban en las condiciones  
particulares del Perú (Rénique, 2009). Para ambos, la población indígena sería  
la propulsora de la revolución que se vislumbraba. En ese contexto, surgió un  
nacionalismo regional y étnico que se integró al movimiento conocido como  
indigenismo (Contreras y Cueto, 2018). Por lo tanto, al buscar la revalorización de la  
población indígena, ese proceso que se inició en la literatura se extendió a la pintura,  
la arqueología, la política y las ciencias sociales.  
Al regresar de Europa en 1923, Mariátegui encontró un ambiente intelectual agitado.  
Parte de su trabajo se reflejó en la revista Amauta (1926-1930), que presentaba ensayos,  
historias, cuentos, poemas y dibujos que demostraban la preocupación con el presente  
y el futuro de la mayoría indígena (Chang-Rodríguez, 1984). En el ámbito político,  
Mariátegui sintetizó su proyecto con la fundación del Partido Socialista del Perú, en  
1928. Además, ayudó a crear la Central General de Trabajadores del Perú (CGTP), con  
el objetivo de centralizar los sindicatos de obreros (Contreras y Cueto, 2018).  
La formación partidaria propuesta por Mariátegui buscó crear una organización  
que, simultáneamente, se integrara a la órbita de la Internacional Comunista (IC) y  
se arraigara en las condiciones contextuales del Perú (Kaysel, 2012). Sin embargo,  
su muerte en 1930 conllevó, también, el fracaso de su propuesta heterodoxa. Por  
consiguiente, la organización se convirtió en el Partido Comunista Peruano (PCP),  
que se alineó con la URSS bajo el liderazgo de Eudocio Ravines10 (Aricó, 2015).  
Haya de la Torre, por su parte, fundó el APRA en 1924, en México. El movimiento  
se postuló como un frente antiimperialista continental y contó con la colaboración  
de los comunistas hasta 1927, cuando se produjo la ruptura entre Haya de la Torre  
y la IC (Kaysel, 2012). Según Aricó (2015), esa perspectiva hallaba un fundamento  
importante en la reforma universitaria. Haya de la Torre participó en ese movimiento  
y a través de él percibió la posibilidad de expandir la lucha por todo el continente. De  
esa manera, el aprismo preconizaba la alianza entre clases —obreros, campesinos y  
clase media— para combatir el imperialismo en la llamada «Indo-América».  
10 Eudocio Ravines (1897-1979) fue un político, escritor y periodista. Fue el dirigente del PCP, entrenado  
por la Tercera Internacional, después de la muerte de Mariátegui. Frente a la política inmediata, Ravines  
siguió una línea orientada hacia la insurrección que debía enrumbarse hacia los soviets de soldados,  
obreros, indígenas, campesinos y marineros, al amparo de la honda crisis económica que afectaba al  
país y al mundo (Basadre, 2014).  
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Además de ese panorama intelectual, las transformaciones económicas del inicio del  
siglo XX fueron notables, especialmente con la búsqueda del Perú por insertarse en los  
circuitos del mercado mundial. La ampliación de la minería y del sistema latifundista  
en la producción agrícola, el desarrollo capitalista en la costa y la mayor integración  
de las regiones por medio de los ferrocarriles posibilitaron la vinculación de los  
territorios a la economía de mercado (Anderle, 1985). Sin embargo, la Gran Depresión  
de 1929 produjo impactos económicos en diversas regiones del mundo, incluyendo  
al Perú, que vio su economía desacelerarse en los años siguientes (Basadre, 2014).  
De hecho, la década de 1930 se caracterizó por profundas transformaciones  
sociopolíticasenelámbitolocalyglobal.Lainestabilidadeconómicaafectógravemente  
las exportaciones peruanas y llevó a la retracción de los capitales extranjeros, que  
habían servido de base para la modernización promovida por el leguiísmo a lo largo de  
los años veinte (Contreras y Cueto, 2018). A pesar de la implementación de medidas  
económicas para minimizar los efectos de la crisis, la reputación de Leguía empeoraba  
cada día. De ese modo, una sublevación de las guarniciones del Ejército de Arequipa  
y Puno puso fin a la gestión de la Patria Nueva en agosto de 1930 (Giesecke, 2010).  
La Revolución de Arequipa, como se conoció ese golpe de Estado, marcó la inserción  
de nuevos actores en la política peruana, los cuales ya se reorganizaban desde la década  
anterior. En ese contexto, además de la reorganización del PCP, conviene resaltar la  
fundación del Partido Aprista Peruano (PAP) y de la Unión Revolucionaria (UR).  
En 1930, el PAP fue fundado con el propósito de insertar el aprismo, que hasta entonces  
era un movimiento popular de agitación ideológica, en la política peruana (Garaycochea,  
1976). La UR, a su vez, de base nacionalista y autoritaria, surgió a partir de los clubes de  
apoyo a Luis Miguel Sánchez Cerro11, el líder del golpe que destituyó a Leguía y quien  
lideró la primera Junta de Gobierno que asumió el control del país (Molinari, 2004).  
El PAP y la UR se consolidaron como los principales partidos políticos de masas en el  
Perú a lo largo de la década de 1930 (Candela, 2011). Ambos fueron actores centrales  
en la elección presidencial de 1931, cuya disputa se concentró entre Haya de la Torre  
y Sánchez Cerro, con la victoria de este último (Basadre, 2014). Sin embargo, incluso  
después de la elección, se mantuvieron los conflictos políticos derivados del contexto  
de inestabilidad experimentado desde 1930.  
Aun con los nuevos parámetros instalados por el Jurado Nacional de Elecciones  
(JNE) para mantener la legalidad de la elección, los apristas impugnaron el resultado  
11 Luis Miguel Sánchez Cerro (1889-1933) inició su carrera en la Escuela Militar de Chorrillos. Al liderar  
la primera revuelta contra el gobierno de Augusto Leguía, fue enviado a Europa en 1922. Su regreso  
al Perú fue marcado por el ascenso a teniente coronel, cuando encabezó el movimiento que culminó  
en la Revolución de Arequipa en 1930. Presidió la primera Junta de Gobierno instaurada tras el golpe  
que derrocó al presidente. Al apartarse de la Junta, se dirigió a Europa, donde estableció contactos con  
políticos e intelectuales peruanos, como los hermanos Francisco y Ventura García Calderón. En 1931,  
fue elegido presidente del Perú, cargo que ocupó hasta su asesinato en 1933 (Ciccarelli, 1969).  
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y solicitaron su anulación (Basadre, 2014). En consecuencia, estallaron protestas en  
todo el país, lo que resultó en enfrentamientos entre fuerzas policiales y manifestantes.  
Esos conflictos evidenciaron el período turbulento marcado por la beligerancia entre  
el PAP y las Fuerzas Armadas. Ante eso, José Manuel García Bedoya, ministro de  
Gobierno de Sánchez Cerro, encaminó al Congreso Constituyente un proyecto de  
Ley de Emergencia, aprobado rápidamente bajo el pretexto de salvaguardar el orden  
público (Basadre, 2014).  
La ley entró en vigor inmediatamente en enero de 1932, lo que resultó en el cierre de  
unidades de la Universidad Popular González Prada y de comités del PAP (Basadre,  
2014).Además, el Poder Ejecutivo impuso la pena de expatriación a 23 parlamentarios  
del Congreso, en su mayoría apristas. A partir de aquel entonces, la represión se  
intensificó con nuevas prisiones y deportaciones, además del cierre de la prensa de  
oposición (Basadre, 2014).  
Bajo estas circunstancias, el gobierno de Sánchez Cerro, apoyado por sectores  
heterogéneos, pero predominantemente nacionalistas y antiapristas, consolidó  
un creciente proceso autoritario en el país (Molinari, 2004). En marzo de 1932, el  
presidente sufrió un atentado al salir de una iglesia en Miraflores. Sánchez Cerro y  
sus bases de apoyo utilizaron políticamente el hecho, a fin de reforzar el antiaprismo  
y justificar la continuidad de las acciones autoritarias del gobierno (Molinari, 2004).  
Uno de los momentos centrales de ese proceso fue la insurrección aprista de Trujillo,  
en julio de 1932, que fue una tentativa revolucionaria armada que buscaba derrocar  
al gobierno de Sánchez Cerro (Giesecke, 2010). Sin embargo, la crisis no se limitó  
a la esfera interna. Bajo el creciente contexto de inestabilidad económica y política,  
la insatisfacción con el Tratado Salomón-Lozano12 propició el inicio del Conflicto de  
Leticia, en la frontera con Colombia, en septiembre de 1932. Además, la beligerancia  
entre el gobierno y los sectores apristas se agudizó. El 30 de abril de 1933, este conflicto  
culminó en el asesinato de Sánchez Cerro por Abelardo Mendoza Leiva, un militante  
aprista que realizó disparos en el Hipódromo de Santa Beatriz (Molinari, 2004).  
En ese escenario, el Consejo de Ministros asumió el Poder Ejecutivo y luego el Congreso  
Constituyente eligió al general Óscar Benavides13 para dar continuidad al mandato  
en vigencia. Sin embargo, la elección no respetó la nueva Constitución de 1933, que  
impedía la posesión de militares activos en servicio. A pesar de ello, los partidarios de  
Benavides justificaron esa maniobra como el medio más viable de mantener la precaria  
estabilidad del país, sin dejar margen a las actividades de oposición (Candela, 2021).  
12 El Tratado Salomón-Lozano fue un acuerdo de frontera firmado el 24 de marzo de 1922, que puso fin a  
una disputa territorial de casi un siglo entre Colombia y Perú. Esta medida fue, por lo tanto, aprobada  
durante el Oncenio y resultó en la pérdida de un extenso territorio peruano (Basadre, 2014).  
13 Óscar Benavides (1876-1945) fue un militar y político peruano. Tras una breve presidencia en 1914-  
1915, se desempeñó en la diplomacia peruana. Regresó a Perú después de la Revolución de Arequipa y,  
bajo el gobierno de Sánchez Cerro, sirvió como jefe del Consejo de Defensa Nacional (Candela, 2021).  
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El anticomunismo en la Unión Revolucionaria de Sánchez Cerro (1931-1933)  
Fue en ese contexto que Sánchez Cerro desempeñó un papel central en la fundación y  
el desarrollo de la UR —incluso después de su muerte, al legar una imagen de liderazgo  
para el partido—. Su figura carismática y su imagen de hombre común y mestizo,  
juntamente con su acción política desde los años veinte, son aspectos que fortalecieron  
su candidatura en 1931, la cual fue apoyada por la fundación del partido (Basadre, 2014).  
El partido político tuvo su origen con el Comité de Saneamiento y Consolidación  
Revolucionaria, creado en enero de 1931 por un grupo antileguiísta (Molinari, 2004).  
Desde ese entonces, se formaron clubes populares que buscaban apoyar a Sánchez Cerro  
y cimentaron las bases multitudinarias de su campaña electoral y del propio partido. Eso  
fue posible mediante la incorporación de los clubes sanchecerristas a la UR, para formar  
los comités partidarios. Ese proceso fue difundido en las páginas del periódico La Opinion,  
que convocó a las dirigencias del movimiento sanchecerrista a transformar los clubes en  
subcomités del partido, mediante la adhesión a la Secretaría de Organización de la UR14.  
Porlotanto, desdelaformacióninicialdelpartido, sedestacalaimportanciadelosperiódicos  
para la difusión de las ideas de la UR, incluido su carácter anticomunista. En ese sentido,  
se entiende la prensa periódica como una importante fuerza política, cuyos discursos  
posibilitan investigar las ideas que circulaban en determinada época. Tales enunciados no  
estaban desvinculados de los contextos en los cuales fueron producidos. De hecho, tal como  
indica Koselleck (2015), los conceptos se fundamentan en sistemas político-sociales que se  
relacionan y permiten la comprensión de las comunidades lingüísticas.  
En el caso que se analiza, La Opinion acompañó la primera fase de la UR, con su  
publicación iniciada en el mismo período de la fundación del partido. En tal coyuntura,  
el periódico integró el aparato propagandístico que buscaba elegir a Sánchez Cerro.  
De esa forma, en primer lugar, se procuraba combatir las herencias del leguiísmo. Con  
ello, el periódico advierte a sus lectores: «deben saber todos que el leguiísmo ni ha  
muerto ni mucho menos, es una hidra de siete cabezas, es cierto que algunas cabezas  
están eliminadas pero el cuerpo trata de resucitar y apoderarse otra vez del poder»  
(“El peligro de una reacción”, 1931, p. 3). El uso de la metáfora de la «hidra» buscaba  
llamar la atención de los electores para que se mantuvieran atentos a las candidaturas  
leguiístas, a fin de resaltar la persistencia del peligro de una nueva dictadura.  
Además, la emergencia del aprismo en la política peruana mediante la candidatura de  
Haya de la Torre también movilizó las publicaciones de La Opinion. Es fundamental  
comprender cómo el periódico, durante el período electoral, demarcó la distinción entre  
el PCP y el PAP, al destacar que el primero rechazó la formación de un «frente único  
de izquierdas» (“La izquierda repudia”, 1931, p. 2). En ese período, el PCP defendía la  
lucha de clase contra clase, lo que también fortaleció la lucha obrero-campesina. Por  
ello, la negativa a aliarse con el PAP condujo a su aislamiento (Anderle, 1985).  
14 Para obtener información, consulte la edición del 25 de noviembre de 1931 de La Opinion.  
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Fascismo y antcomunismo en Perú  
Esa negativa fue utilizada por La Opinion como un medio de depreciación del aprismo:  
Este repudio de los comunistas a toda concomitancia con esa creación arti icial  
y bullanguera denominada aprismo, nada tiene de sorprendente. El partido  
comunista tiene una idealidad, errada para el sentir de muchas gentes, pero  
claramente establecida y organizada en un programa […] Y Es natural que  
el comunismo […] se niegue rotundamente a emulsionarse con agrupaciones  
políticas cuya más notable característica es la ausencia de todo programa. (“La  
izquierda repudia”, 1931, p. 2)  
En esta producción discursiva, el periódico buscaba descalificar a su principal  
opositor electoral, al negar la existencia de un programa político aprista. De esta  
manera, al movimiento de Haya de la Torre se le atribuyen dos rasgos principales:  
la artificialidad y la bullanga, con el fin de asociarlo a la turbulencia y la agitación  
política. Por consiguiente, al entender el proyecto urrista como una forma de  
nacionalismo de derecha, conviene resaltar la negación de disensos, que eran vistos  
como agentes de morbilidad, fragmentadores y debilitadores del cuerpo nacional. De  
esta perspectiva, según Carvalho Filho (2023), se deriva la búsqueda de la eliminación  
de toda oposición.  
Tras la victoria de Sánchez Cerro no hubo un apaciguamiento de las fuerzas de  
oposición. El cuestionamiento de la legalidad del resultado del proceso electoral y la  
realización de rebeliones marcaron los últimos meses de 1931 (Anderle, 1985). Ante  
esto, La Opinion escribe que «una ola de pavor ha invadido a los apro-leguiístas y a  
sus cómplices. […] los citados ven por todas partes regimientos que se levantan en  
armas» (“Las visiones del terror”, 1931, p. 2). De este modo, fue en ese contexto que  
surgió el primer neologismo que buscaba sintetizar las fuerzas a las cuales la UR se  
oponía: el leguiísmo y el aprismo.  
No obstante, más que una mera producción accidental, la difusión del término por  
el periódico oficial de la UR demuestra la búsqueda de asociar a estos dos campos  
opositores. No se trataba de una falta de conocimiento de sus distinciones, sino de un  
acto deliberado para incluir esta idea en la red conceptual en circulación en la época.  
De acuerdo con Koselleck (2015), la creación y el uso frecuente de neologismos  
pueden transformar el campo de la experiencia política y social. En el contexto en  
análisis, se denota, por lo tanto, la contribución de la UR a la difusión de este nuevo  
15  
término, a fin de influir en los «horizontes de expectativas» de la política peruana  
Esto es, con la unión de las oposiciones, neutralizarlas simultáneamente.  
15 Se emplea la categoría metahistórica de «horizonte de expectativa», propuesta por Koselleck. Esta  
noción facilita la comprensión del tiempo histórico al permitir el entrelazamiento entre el pasado y el  
futuro. Para el autor, la expectativa «se realiza en el hoy, es futuro presente volcado hacia él aún-no,  
hacia lo no experimentado, hacia lo que apenas puede ser previsto» (Koselleck, 2015, p. 309-310,  
traducción nuestra). De esta forma, el «horizonte de expectativa» permite aprehender las proyecciones  
de futuro de un grupo social. Al analizarlas a partir de sus contenidos específicos, estas proyecciones  
también suscitan la comprensión de las acciones concretas en el movimiento social y político.  
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Tamires de Moura Nogueira Rosa  
Este proceso de creación de antagonismos no se llevaba a cabo de forma aislada,  
sino con el objetivo de defender y proyectar el gobierno de Sánchez Cerro. De este  
modo, el periódico afirma que la victoria de Sánchez Cerro es «el más limpio e  
indiscutible que ha presenciado jamás el Perú. Ha ganado contra la oposición oficial,  
contra el leguiísmo, contra su aliado el Apra, contra una serie de viejos partidos y de  
nuevas organizaciones políticas» (“Los absurdos pretextos”, 1931). Este fragmento  
evidencia tanto la defensa de la victoria electoral como la proyectada alianza entre  
leguiísmo y aprismo.  
De esta forma, en los primeros meses del gobierno constitucional de Sánchez Cerro,  
tanto el aprismo como el leguiísmo eran presentados en las páginas de La Opinion  
como enemigos políticos de la UR. No obstante, el leguiísmo se fue convirtiendo  
progresivamente en una amenaza del pasado, lo que se evidencia en la disminución  
de las menciones al «apro-leguiísmo» en las publicaciones analizadas. Además, la  
muerte de Leguía en febrero de 1932, que ya tenía su salud debilitada, contribuyó  
a la dilución de la idea del leguiísmo como una fuerza política activa a partir de  
aquel entonces.  
En contrapartida, las oposiciones aprista y comunista seguían presentes, aunque  
actuaban bajo la represión del gobierno. No obstante, conforme indicaAnderle (1985),  
desde el fin de las elecciones, la situación política se caracterizó por la contracción  
del influjo del PCP y de la CGTP. De este modo, los enfrentamientos predominantes  
tuvieron lugar entre los gobiernos de la década de 1930 y el aprismo, que también se  
erigió como la figura central de oposición en el periódico La Opinion.  
Deestaforma, enlaprensaurrista, el«comunismo»ylos«comunistas»emergieronmás  
como términos genéricos para indicar los antagonismos políticos que, propiamente,  
para referirse al PCP, cuyas menciones son puntuales. Desde esta perspectiva, el  
«comunismo» fue presentado como una amenaza a nivel transnacional, en referencia  
a la URSS y a la IC.  
En relación con esto, es relevante señalar una serie de publicaciones titulada El  
in ierno del Bolchevismo, que buscaba informar a sus lectores sobre los peligros de la  
vida y de la doctrina comunista. Esta secuencia abordó desde cuestiones económicas,  
pasando por la violencia de la policía soviética, hasta la falta de moral y de religión.  
En este sentido, se afirma:  
Lo monstruoso del bolchevismo es increíble e interminable. […] Si por lo menos,  
saliese de ella la redención del obrero, el in del proletariado. Pero no. El obrero  
en Rusia está en pésimas condiciones, falto de libertad, falto de trabajo, falto de  
dinero, falto de comestibles, falto de educación. Ojalá tuviese tiempo de exponer  
las abyecciones a que el Gobierno los sujeta, la falta de libertad, la falta de  
bienestar. Ojalá tuviese tiempo de explicar la plaga de nikos abandonados, la  
plaga de mujeres divorciadas, la plaga de seres degenerados […]. (Villarino,  
1932, p. 12)  
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Fascismo y antcomunismo en Perú  
En este fragmento, se evidencia una serie de problemas generados o agravados por  
el bolchevismo. Por ello, la publicación, además de bosquejar un panorama ruso  
convulsionado, también procuraba alcanzar a públicos diversificados con estas  
críticas: desde los trabajadores y las condiciones laborales, hasta la dimensión moral,  
con la legalización del divorcio.  
Además, es interesante percibir cómo estas cuestiones también cruzaban el  
panorama peruano. En ese período, el sentimiento de una «amenaza comunista»  
era transfronterizo, por lo que alcanzó a América Latina (Stone y Chamedes, 2018,  
p. 5). De este modo, renegar de los ideales y las condiciones de vida bolcheviques  
significaba, también, alejar la posibilidad de materialización de estas ideas que ya  
circulaban en el Perú.  
En ese escenario, se destaca el proceso de convergencia entre las ideas de «aprismo»  
y «comunismo», si bien estos movimientos resultaban antagónicos a nivel doctrinario.  
Esta equiparación, sin embargo, no implicaba la necesidad de distinguirlos  
para diversos sectores de la sociedad peruana en la época, como se observa en la  
correspondencia del propio Ejército presentada por Giesecke (2010). De ese modo,  
queda claro que dicho fenómeno no fue exclusivo de la UR.  
De esta forma, entre 1931 y 1932, hubo una serie de insurrecciones y levantamientos  
inspirados tanto por los comunistas como por los apristas. No obstante, Anderle  
(1985) señala que no hubo, necesariamente, un profundo trabajo de organización y  
coordinación de estos actos, entre los cuales se destacó el movimiento de Trujillo,  
capital del departamento de La Libertad, al norte del país.  
Iniciado el 7 de julio de 1932, el proceso insurreccional contó tanto con el aparato  
partidario del PAP local como con una masiva presencia de trabajadores (Giesecke,  
2010). Los participantes buscaban, en primer lugar, el control de la ciudad, pero la  
administración aprista duró pocos días, con el contraataque militar promovido por el  
Ejército peruano, que retomó el control de la ciudad (Giesecke, 2010).  
En las páginas de La Opinion, la repercusión fue inmediata. Al día siguiente del  
inicio de la insurrección, el periódico ya indicaba estar siguiendo «un movimiento  
revolucionario de carácter apro-comunista» (“Nuestro comentario”, 1932, p. 6).  
A partir de entonces, una serie de comunicados oficiales, telegramas y artículos  
informaron a los lectores del periódico sobre las acciones de los revolucionarios,  
pero, principalmente, sobre las medidas de combate del gobierno de Sánchez Cerro.  
Además, el periódico también publicó sus análisis y opiniones sobre lo sucedido. De  
este modo, el editorial del 9 de julio afirmaba:  
Los apro-comunistas de Trujillo han intentado apoderarse de las instituciones y del  
poder, tomando al asalto la prefectura de ese departamento. Planes terroristas se  
pusieron en práctica, los planes terroristas que son los únicos medios que emplean  
los impotentes, para llegar a amedrentar los ánimos e infundir el pavor en el  
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Tamires de Moura Nogueira Rosa  
pueblo. […] Son estos funestos resultados los que el pueblo peruano está evitando.  
Para la felicidad de la patria, la mayoría de nuestros elementos son conscientes y  
patriotas, que no permitirán de ninguna manera que la nación vuelva al caos del  
que acaba de salir, defendiendo con su sangre y con su esfuerzo la causa justa de  
nuestro régimen legalmente constituido. (“El clamor de los pueblos”, 1932, p. 2)  
Los apro-comunistas de Trujillo han intentado apoderarse de las instituciones y del  
poder, tomando al asalto la prefectura de ese departamento. Planes terroristas se  
pusieron en práctica, los planes terroristas que son los únicos medios que emplean  
los impotentes, para llegar a amedrentar los ánimos e infundir el pavor en el pueblo.  
[…] Son estos funestos resultados los que el pueblo peruano está evitando. Para la  
felicidad de la patria, la mayoría de nuestros elementos son conscientes y patriotas,  
que no permitirán de ninguna manera que la nación vuelva al caos del que acaba de  
salir, defendiendo con su sangre y con su esfuerzo la causa justa de nuestro régimen  
legalmente constituido. (“El clamor de los pueblos”, 1932, p. 2)  
En este fragmento, se percibe la consolidación, por parte de la prensa de la UR, del uso  
del neologismo «apro-comunistas» para referirse a los participantes del movimiento de  
Trujillo. En ese contexto, conviene resaltar la acción «terrorista» empleada para la toma  
del poder, lo que sería un medio ilegítimo y usado solo por «impotentes». Por ello, se  
busca descalificar la acción, tomándola como un caso aislado, ante toda una nación —  
representada por el pueblo— que estaría observando esas acciones con pavor. De esta  
forma, se percibe la formulación de una red conceptual en torno al aprocomunismo que,  
progresivamente, lo comprende como un enemigo que debe ser enfrentado.  
Estas acciones de combate fueron protagonizadas por el gobierno de Sánchez Cerro.  
El gobierno, a través del aparato militar del Estado, produjo una violenta respuesta a la  
insurrección de Trujillo. Conforme narra Giesecke (2010), el proceso de recuperación  
del control de la ciudad estuvo marcado por el uso extremo de la violencia, que incluyó  
el uso de aviones de bombardeo, un gran contingente militar y masacres en la prisión,  
además de una serie de fusilamientos realizados por el Ejército que se prolongaron  
durante días. En ese panorama, «el aprocomunismo fue identificado como el enemigo  
máximo de la nación y del Ejército» (Giesecke, 2010, p. 356).  
En este sangriento panorama, se desarrolló un progresivo proceso de radicalización  
del discurso y de las prácticas de la UR. Los editoriales de La Opinion, al reflejar las  
diversas manifestaciones enviadas por lectores y organizaciones al periódico, pasaron  
a defender abiertamente una postura de «castigo a los facciosos» (“Castigo a los  
facciosos”, 1932, p. 2), justificando la represión como necesaria para restablecer el  
orden después de los enfrentamientos.  
Además, se destaca el editorial titulado «Política de Partido», que aboga por la  
realización de un gobierno «fuerte», capaz de reconstruir la nacionalidad. En esta  
publicación, se afirma que:  
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Fascismo y antcomunismo en Perú  
para que el Gobierno pueda realizar integralmente su programa es necesaria una  
política de partido, como lo proclamara en sensacional momento el expresidente  
del Concejo de Ministros Dr. Flores. Y esta política de partido, para ser efectiva,  
exige que de una vez se consume el absoluto desplazamiento de los elementos  
adversos a la Unión Revolucionaria. No puede concebirse la complacencia ni  
la convivencia con elementos que en todo momento conspiran contra la obra del  
Gobierno […]. El Partido debe […] revivir su beligerancia rotunda y contundente  
(“Política de partido”, 1932, p. 2)  
De esta forma, para alcanzar el objetivo defendido por La Opinion, sería preciso  
retomar una «política de partido» —expresión atribuida a Luis Alberto Flores—. En  
esa época, él ya era un prominente miembro de la UR y actuaba como ministro en  
el gobierno de Sánchez Cerro (Basadre, 2014). Por ello, el periódico moviliza su  
discurso para defender una radicalización que promovería un acercamiento entre el  
gobierno y la UR. En ese sentido, como afirma Molinari (2004), no se buscaba un  
partido para un proceso político democrático, sino una especie de partido monolítico  
para un modelo político autoritario, bajo una sólida base popular.  
Paraqueestoseconcretara, senegabalapluralidadpolíticamedianteel«desplazamiento»  
de la oposición a la UR. De este modo, el fragmento mencionado evidencia la negativa  
a la convivencia de elementos contrarios, lo que demandaría la exclusión total de los  
opositores. Así, al considerar el contexto de publicación de este editorial, en julio de  
1932, se hace evidente su referencia al combate contra el aprocomunismo. Para ello,  
cualquier medida podría ser utilizada, incluida la dimensión beligerante y contundente  
del partido. De esta forma, la producción discursiva demandaba explícitamente al  
gobierno que usara su fuerza para destruir la oposición, pavimentando el camino para el  
establecimiento de un régimen autoritario, sin competición política y centrado en la UR.  
Asociado a esto, al noticiar las actividades del partido, el Sub-Comité número 1 del  
cuartel primero, ex-Triunfo de la Opinión del Mercado de laAurora, publicó las medidas  
aprobadas en la reunión de la organización ante lo ocurrido en Trujillo con el fin de  
combatir a la «Internacional Apro-Comunista» (“Actividades”, 1932, p. 9). Entre ellas,  
se destaca: «Militarizar a los componentes del Sub-Comité y ofrecer al gobierno nuestro  
contingente de sangre» (“Actividades”, 1932, p. 9). En este sentido, la formación de  
fuerzas paramilitares ya era un objetivo de, al menos, parte de la militancia del partido,  
aún en la primera fase de la UR, bajo el liderazgo de Sánchez Cerro.  
Ante esto, es relevante señalar que, en la década de 1930, los movimientos fascistas  
alrededor del mundo buscaron fundamentar sus organizaciones a partir de movimientos  
de masas. Según la descripción propuesta por Payne (2003), esta movilización ocurría  
gracias a la militarización de las relaciones y del estilo político, con el fin de crear una  
milicia partidaria de masas. Este elemento es analizado con atención por la historiografía  
del fascismo, y capta también la atención de Griffin (2019), quien moviliza la noción  
de «partido-milicia», y Mann (2004), quien comprende el paramilitarismo como el  
componente fascista capaz de «purificar» el cuerpo nacional de elementos indeseados.  
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Tamires de Moura Nogueira Rosa  
De esta forma, aunque el período de liderazgo de Sánchez Cerro no se comprende  
como una etapa abiertamente fascista de la UR, se denota una progresiva convergencia  
hacia elementos que contribuyeron a su fascistización. Estos factores incluyen tanto  
la retórica de los líderes como las acciones tomadas por sectores de la UR. Entre  
estas últimas, se ejemplifica la búsqueda de militarización del partido —además  
de las acciones del gobierno de Sánchez Cerro, responsable de leyes y acciones de  
ilegalización y combate a sus opositores—.  
En este cuadro, la movilización del término aprocomunismo fue central. El uso de  
ese neologismo permitió la fusión de elementos locales y globales que, en la década  
de 1930, compusieron la «amenaza comunista» en Perú. Esto es, en el panorama  
transnacional de circulación de ideas revolucionarias de izquierda, el uso de la noción  
de aprocomunismo unificaba a las izquierdas políticas tanto a nivel nacional —en  
referencia al PAP y al PCP— como a nivel internacional, en referencia al bolchevismo,  
que también estaba en el horizonte de la época. Así, al promover esta unificación, las  
publicaciones analizadas posibilitaron el direccionamiento de los discursos de la UR  
y de las acciones del gobierno de Sánchez Cerro hacia un enemigo común —pese a  
que, en la práctica, existían disensos y pluralidad en la izquierda.  
Esta construcción beligerante del enemigo sirvió como catalizador para que la UR  
expusiera, a través de su prensa, los procesos de radicalización y las ideas autoritarias  
que ya estaban en circulación entre Europa y América. No obstante, fue en ese  
momento de enfrentamiento y de violencia política que las propuestas autoritarias  
fueron expuestas de forma cada vez más clara y directa a la sociedad peruana. De tal  
manera, la lucha contra la izquierda fue utilizada para justificar la urgencia de una  
acción autoritaria, que, según Molinari (2004), se consolidó en la reestructuración de  
la UR.  
El período fascista de la Unión Revolucionaria y su anticomunismo  
(1933-1936)  
El asesinato de Sánchez Cerro generó importantes cambios en la política peruana. Al  
asumir la presidencia de la República, Óscar Benavides buscaba superar el período  
de violencia que caracterizó los primeros años de la década de 1930 por medio de la  
mejora de la situación económica y de una gestión política cautelosa (Candela, 2021).  
En el seno del partido, la UR también se transformó bajo la dirección de Luis Alberto  
Flores (López Soria, 2022). Según Molinari (2004), entre 1933 y 1934, el partido pasó  
por una «reestructuración orgánica», que implicó la defensa y la promoción de una  
línea fascista —proceso que, según López Soria (2022), se puede rastrear a través de  
los órganos de prensa de la UR, como Acción y La Batalla—.  
En ese panorama, la UR se convirtió en un partido de derecha en oposición a Benavides  
(Pinto, 2021). De ese modo, sus publicaciones no solamente reflejaban, sino que  
también influían en ese nuevo posicionamiento del partido, ahora abiertamente fascista  
y fuera de la presidencia de la República. Esa reorganización se caracterizó por la  
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Fascismo y antcomunismo en Perú  
creación de las milicias de camisas negras, la xenofobia contra inmigrantes asiáticos  
y la defensa de un modelo corporativista para el Estado peruano (López Soria, 2022).  
Además, según Anderle (1985, p. 294), «al morir Sánchez Cerro la UR trató de  
asegurarse una vida autónoma e —impulsada particularmente por su anticomunismo  
y diciendo seguir el «espíritu» de Sánchez Cerro— se orientó, bajo la dirección  
de L. Flores, hacia el fascismo». De esa forma, aunque el anticomunismo fuera un  
fenómeno mucho más amplio, compartido por el gobierno de Benavides, sectores  
militares, la Iglesia y la oligarquía, en la UR se destaca su dimensión anticomunista  
como el elemento propulsor central.  
En su estudio sobre la historia del fascismo, Payne (2003) considera que, en el  
Perú, la UR fue el único movimiento político con cierta importancia que invocó el  
fascismo. Con ello, él comprende la UR como un movimiento nacionalista, populista  
y autoritario. No obstante, contrario a la perspectiva adoptada por Payne (2003), para  
quien los movimientos que se aproximaron al fascismo en América Latina fueron  
solamente copias europeas, se entiende que el fascismo presentó articulaciones  
históricas diferentes y mutaciones nacionales (Grecco y Gonçalves, 2022).  
Así, al concebir el fascismo como un fenómeno simultáneamente global y local  
(Grecco y Gonçalves, 2022), se percibe la propia oposición al aprismo como una  
articulación nacional del anticomunismo. En este sentido, no se busca desconsiderar  
las diferencias doctrinarias entre el aprismo y el comunismo en el Perú, sino entender  
su movilización conjunta en la prensa de la UR. De esta forma, tal como indican  
Anderle (1985), Molinari (2004) y López Soria (2022), la dimensión anticomunista  
y antiaprista siguió presente en la UR de Flores. Sin embargo, por medio del análisis  
de las producciones discursivas vehiculadas en los periódicos urristas Acción y La  
Batalla entre 1933 y 1936, se percibe una transformación en la red conceptual que  
sustentó el discurso y la acción política de la UR.  
El combate al comunismo en su dimensión internacional siguió presente en los  
periódicos analizados (López Soria, 2022). Tal como en La Opinion, en Acción también  
hay una secuencia de publicaciones que tratan sobre el comunismo ruso. Titulada  
Lecturas para el pueblo: Revelaciones sobre la tragedia social que representa el  
comunismo (1933, p. 4), la secuencia aborda la búsqueda de la URSS por «sovietizar  
al Mundo y establecer el Comunismo como base de organización de los pueblos».  
Este proyecto político es criticado por caracterizarse como una dictadura de clase que  
amenaza la patria y la democracia.  
Ante esto, se afirma que «frente al comunismo bolchevique hay que erigir la doctrina  
de la democracia nacionalista que proclama la igualdad de todos los hombres sin  
distingos de clases ni de condiciones sociales, y preconiza la sagrada necesidad de la  
patria» (“Lecturas para el pueblo”, 1933, p. 4). Con ello, Acción no solo desaprueba  
la implementación del comunismo, al entenderlo como una amenaza al país, sino que  
también realiza una proposición alternativa: una «democracia nacionalista».  
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En esa perspectiva, se configuraba un modelo centralizado en la nación y, al contrario  
de la lucha de clases atribuida al comunismo, se anhelaba un régimen basado en la  
armonía social y en la unidad del país, tal como indica el Mani iesto a la nación de  
Flores (1933). Sin embargo, es preciso tener en cuenta que esto no significaba la  
pretensión de ideales democráticos por parte de la UR. En ese contexto, se trata de  
una estrategia discursiva, adoptada por diversos movimientos fascistas, que consiste  
en la resignificación de términos.  
La«democracianacionalista»era,porlotanto,unaapropiaciónterminológicadeunvocablo  
en circulación. Lejos de buscar una democracia liberal, su significación se alineaba con la  
instauración de un Estado Corporativo. En este modelo, la «igualdad», sin distinción de  
clases, se alcanzaría mediante la subordinación de los intereses individuales y de clase a un  
bien común superior (Pinto, 2021). Con ello, se pretendía presentar el régimen como una  
forma superior y «orgánica» de organización política, social y económica, en contraste con  
el desorden comunista o la ineficiencia de la democracia liberal de la época (Pinto, 2021).  
Además, había una articulación directa entre las realidades global y local. En el  
periódico La Batalla, LeónA. (1936, p. 3) afirma que, en el mundo, «solamente existen  
dos tendencias doctrinarias, el FASCISMO q’es sacrificio, jerarquía y corporativismo  
y el COMUNISMO». De esta manera, se crea un panorama dual, a partir del cual se  
empieza a leer el posicionamiento de los actores políticos, de modo que, en el caso de  
los partidos peruanos, el autor afirma que:  
Solamente dos tienen arraigo popular la «UNION REVOLUCIONARIA» y el  
«PARTIDO APRISTA», […] uno mantiene el estandarte de la revolución de Arequipa,  
[…] es resueltamente Fascista; el otro preconiza la lucha de clases, enarbola la  
bandera de la rebelión, y su carácter es esencialmente comunista (LeónA., 1936, p. 3)  
Con este fragmento, se observa que la UR busca asociarse directamente al fascismo y,  
al mismo tiempo, clasifica al PAP como comunista. De este modo, y tal como describe  
Koselleck (2015), se aprecia como un concepto que adquiere la posibilidad de ser  
empleado de manera generalizante y de construir perspectivas para la comparación.  
Mediante esto, se evidencia una continua asociación discursiva entre comunismo y  
aprismo. Esta relación es lo que posibilita el fortalecimiento de una red conceptual  
que asocia el PAP a la lucha de clases y la rebelión.  
Este proceso refleja la dimensión transnacional del miedo anticomunista. Tal como  
indican Stone y Chamedes (2018), el comunismo era combatido globalmente por  
diversas razones, entre las cuales estaba su entendimiento como sinónimo de una  
conspiración para derrocar el propio orden social. De esta forma, la UR, al rotular  
al PAP como «esencialmente comunista», inserta su disputa local dentro de esta  
amenaza internacionalmente reconocida, a fin de justificar la necesidad de una  
respuesta autoritaria y fascista para «salvar» la nación de los males del comunismo y,  
por consecuencia, del aprismo.  
62  
Fascismo y antcomunismo en Perú  
No obstante, pese a la permanencia de la conexión entre las nociones de aprismo y  
comunismo en las publicaciones investigadas, el vocablo aprocomunismo perdió la  
preferencia de la prensa de la UR tras su fascistización. En su lugar, fueron movilizadas  
las nociones de «aprismo», «comunismo» y «bolchevismo», pero ya no a través  
de neologismos que las fusionaran, como ocurría en el período sanchecerrista con  
aproleguiísmo y aprocomunismo. Desde esta nueva lógica, la UR fascista encuadraba  
a sus adversarios locales a partir de las dicotomías de las luchas internacionales.  
En lo que concierne al «aproleguiísmo», se destaca que, en ese panorama de  
enfrentamiento a los opositores políticos, la UR en su fase fascista reformuló el  
leguiísmo. Cabe recordar que, desde el inicio del régimen de Benavides, los militantes  
urristas exigían una política más dura contra el aprismo. No obstante, pese a la política  
inicial de paz y concordia promovida por el gobierno, lo que se consolidó fue una doble  
oposición: la del PAP y la de la propia UR hacia Benavides (Candela, 2021, p. 71).  
En octubre de 1933, se divulgó la noticia de un complot de la UR para derrocar al  
gobierno. Así, al buscar resguardarse y negar su participación en conspiraciones, la  
UR utilizó su prensa para intentar revertir la situación. Para ello, Acción publicó que,  
en realidad, existía la conspiración de un golpe de Estado de «carácter netamente  
leguiísta y su fin es constituir una junta de gobierno que la presidiría Jorge Prado»  
(“Se está tramando”, 1933, p. 3). En ese sentido, se busca indicar que el «leguiísmo»  
tenía capacidad suficiente como para infiltrarse en el gobierno de Benavides y realizar  
tales maniobras (Molinari, 2004).  
En una publicación en el periódico Acción, la escritora Dora Mayer (1934) hizo un  
análisis del panorama peruano entre los años veinte y treinta. Con ello, criticó la alianza  
«leguiísta-comunista» para la elección de 1931, así como el programa aprista de Haya  
de la Torre, que sería comunista y, por lo tanto, asociado al leguiísmo. De tal forma, para  
Molinari (2004), Dora Mayer descalifica el aprismo y el comunismo a partir de esta  
asociación al leguiísmo, sinónimo, en aquellos momentos, de corrupción y sumisión.  
Ante esto, se percibe un cambio en la estrategia de comunicación de la UR después de  
su fascistización, el cual surge a raíz del nuevo posicionamiento del partido en la arena  
política peruana bajo el gobierno de Benavides. La preferencia por el uso de los términos  
«aprismo» y «comunismo» puede entenderse como un indicio de la adopción de principios  
fascistas por parte de la UR y de su alineamiento con un discurso transnacional.  
Además, tras la reorganización fascista del partido, la UR volvió a proyectar su  
inserción en el contexto electoral de 1936. Según Candela (2021), desde mediados  
de 1935, las organizaciones y los agentes políticos ya anticipaban ese escenario.  
La UR y el PAP, como los principales partidos políticos en ese contexto, pugnaban  
por la postulación de sus respectivos liderazgos. Sin embargo, si la candidatura de  
Luis Alberto Flores fue consolidada, el JNE rechazó la inscripción de la lista aprista  
encabezada por Haya de la Torre (Garaycochea, 1976).  
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Revista del Archivo General de la Nación 2025; 40(1); 47-68  
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En principio, los otros candidatos fueron Manuel Vicente Villarán y Jorge Prado, este  
último ex primer ministro apoyado por Benavides. Todo el proceso se caracterizó  
por la polarización, acentuada tras el estallido de la guerra civil española en julio de  
1936 (Candela, 2021). En este marco, la UR siguió movilizando su prensa desde una  
postura beligerante y mesiánica (Molinari, 2004).  
En ese contexto, la amenaza aprista no figuraba de manera directa, al carecer  
de candidatura propia. No obstante, la UR buscaba descalificar a sus opositores  
asociándolos al aprismo, tal como lo ilustra su ataque a Jorge Prado: «solo hay dos  
partidos o sea la «Unión Revolucionaria» y el APRA; los apristas forman el comité de  
Prado presidido por el Señor Juan Muñez, de filiación aprista este comité está formado  
con los parientes de Muñoz» (Cortez, 1936, p. 2). De esa manera, aunque esta no  
fuera la principal argumentación de la propaganda electoral urrista, su uso demuestra  
la práctica de descalificación política a partir de la asociación entre un candidato y el  
aprismo en el discurso de la UR.  
El discurso urrista también movilizó la amenaza comunista desde un registro moral y  
familiar. En La Batalla se publicó una «alerta» a las «Madres Nacionalistas Peruanas»  
(1936). Según el artículo, había dos causas que combatir: «Primer lugar: defender  
la Patria de los demagogos enmascarados «Frente Unico Nacional» y, en segundo  
lugar: defender a nuestros hijos y a nuestros hogares de las destructoras doctrinas  
Comunistas» (“Madres Nacionalistas Peruanas”, 1936, p. 4). Esa afirmación  
presentaba al comunismo no solo como un peligro político, sino como una amenaza al  
elemento básico de la nación: la familia.  
De ese modo, al proyectar a Flores como el candidato capaz de enfrentar tanto al candidato  
oficialista como a esa amenaza, articulaban en un solo gesto discursivo la disputa electoral  
local y el anticomunismo transnacional, este último formulado en una clave moral. Con  
ello, se buscaba la movilización política de las mujeres a partir de un rol social específico.  
Es decir, ellas fueron presentadas como guardianas del hogar y, por extensión, de la patria16.  
Ante eso, es relevante señalar las múltiples maneras de combate al comunismo. Stone  
y Chamedes (2018) afirman que las estrategias adoptadas en ese enfrentamiento  
incluyeron la prohibición de partidos comunistas, campañas mediáticas de gran  
alcance, manifestaciones y presión política. En el caso analizado, se observan dos  
modalidades: la primera, empleada por el JNE al negar la inscripción aprista; la  
segunda, por la prensa de la UR (aunque esta no fue la única en utilizarla, sino parte  
de un esfuerzo más amplio).  
Sin embargo, a quince días de la fecha señalada para los comicios, Luis Antonio  
Eguiguren solicitó su inscripción para candidatarse a la presidencia de la República  
(Garaycochea, 1976). El líder del Partido Social Demócrata firmó un acuerdo con los  
16 Para obtener información acerca de la inserción de las mujeres en la UR, consulte Molinari (2004) y  
Machado y Reis (2023).  
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Fascismo y antcomunismo en Perú  
apristas, obtuvo apoyo de esa organización y logró alcanzar el primer lugar en las  
elecciones, seguido por Flores. Este resultado provocó el descontento de Benavides,  
quien formó un nuevo gabinete ministerial y declaró haber ocurrido una «infiltración  
aprista» en las elecciones (Candela, 2021).  
A partir de esa acción, el Congreso declaró la ilegalidad de los sufragios y el JNE  
decretó la anulación del proceso electoral. Con ello, Acción publicó el oficio que  
informaba la nulidad y presentó una moción para enjuiciar a Benavides por «haber  
impedido las elecciones presidenciales y parlamentarias» (Flores et al., 1936, p. 1).  
De esa manera, en defensa de su proyecto fascista y corporativista, libró diversos  
enfrentamientos con Benavides. Sin embargo, esta postura desató una vasta represión  
que alcanzó a Flores, a la dirección del partido y al conjunto del urrismo, lo que marcó  
el inicio de una fase de ilegalidad y fragmentación partidaria que se extendería hasta  
fines de los años treinta (Molinari, 2004).  
Conclusión  
Según Skinner (2014), la vida política plantea problemas cruciales, pues define los  
temas centrales del debate y la gama de cuestiones en discusión. En ese sentido,  
tal proceso está mediado por la naturaleza y los límites del vocabulario normativo  
disponible. Asociado a eso, Koselleck (2015) señala que la historia de los conceptos  
trabaja bajo la premisa teórica de confrontar y medir permanencias y alteraciones en  
los vocablos políticos y sociales. Desde esos principios, este artículo buscó entender  
las relaciones establecidas entre la UR y su carácter anticomunista.  
Aunque el anticomunismo fuera un fenómeno más amplio en la sociedad peruana de  
los años 1930, la UR fue una importante difusora de esos ideales. En los primeros  
años (1931-1932), el uso del neologismo aprocomunismo fue un factor activo para  
deslegitimar y criminalizar el aprismo y para la radicalización de la UR. Con ello,  
se posibilitó la redefinición del campo político y lingüístico en términos duales y  
de oposición, y se justificó la violencia estatal del gobierno de Sánchez Cerro y la  
violencia paramilitar de la UR. Esto influyó en el horizonte contextual y discursivo  
que llevó a la posterior adopción del ideario fascista.  
Sin embargo, los cambios de las situaciones políticas e históricas y el impulso para  
la creación de neologismos se relacionan de maneras distintas (Koselleck, 2015). En  
el caso investigado, desde la fascistización de la UR en 1933 hasta las elecciones  
de 1936, el discurso del partido puede interpretarse como alineado con categorías  
transnacionalmente reconocidas, con foco en la dicotomía internacional entre fascismo  
y comunismo, donde el comunismo se expresaba localmente en el aprismo.  
Desde esta perspectiva, los cambios en la vida política, con la fascistización del  
partido y la represión bajo el gobierno de Benavides, se produjeron junto con una  
reorganización del vocabulario político de la UR. Con este recurso, se buscaba  
construir un enemigo compatible con su nuevo posicionamiento ideológico fascista  
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y con su inserción en los debates del anticomunismo como fenómeno global. De esta  
manera, mediante la rearticulación local de una cuestión transfronteriza, se comprende  
que el fascismo latinoamericano dio lugar a respuestas y articulaciones históricas  
específicas en función del contexto político en el que se insertaba.  
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