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Revista del Archivo General de la Nación 2024; 39(2); 29-48
Arculos Originales
Estado, libros y guano: la Biblioteca Nacional y
la adquisición de dos colecciones bibliográcas a
principios de 1860
Henry Barrera Camarena1
Resumen
El artículo estudia la situación de la Biblioteca Nacional a comienzos de 1860, caracterizada
por un mínimo apoyo del Estado peruano en pro de mejorar las instalaciones, adquirir
nuevos libros y aumentar el personal. A pesar del favorable contexto nanciero del país,
producto de la venta del guano al exterior, ello no signicó que se propiciara una real
contribución a favor de dicho espacio cultural. En ese contexto, se conoció del ofrecimiento
de dos valiosas bibliotecas particulares: la de Benjamín Vicuña Mackenna y la de Manuel
Pérez de Tudela. Si bien el gobierno terminó adquiriendo ambas, la primera parcialmente
y la segunda en su totalidad, con el n de enriquecer los fondos de la Biblioteca Nacional,
ello no terminó congurando el inicio de una política estatal de contribución económica
permanente a la institución, por lo cual no pasaron de ser hechos aislados.
Palabras claves: Biblioteca Nacional, Benjamín Vicuña Mackenna, Manuel Pérez de
Tudela, Estado peruano, guano.
State, books and Guano: The National Library and the acquisition
of two bibliographic collections in the early 1860s
Abstract
The article studies the situation of the National Library at the beginning of 1860,
characterized by minimal support from the Peruvian State to improve its facilities,
1 Licenciado en Historia por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Lima. ORCID: https://orcid.
org/0000-0002-6242-7179. Correo electrónico: henrybarrera20@gmail.com
Citar como: Barrera, H. (2024). Estado, guano y libros: la Biblioteca Nacional y la adquisición de dos
colecciones bibliográcas a principios de 1860. Revista del Archivo General de la Nación, 39 (2), 29-48.
DOI: https://doi.org/10.37840/ragn.v39i2.172
Recibido: 30/05/2024. Aprobado: 05/07/2024. En línea: 25/07/2025.
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acquire new books and increase its sta. Despite the country’s favorable nancial
context, as a result of the sale of guano abroad, this did not mean that a real contribution
was made in favor of this cultural space. In this context, two valuable private libraries
were oered: that of Benjamin Vicuña Mackenna and that of Manuel Perez de Tudela.
Although the government ended up acquiring both, the former partially and the latter
in its entirety, with the aim of enriching the National Library’s collections, this did
not mark the beginning of a state policy of permanent economic contribution to the
institution, which meant that they remained isolated events.
Keywords: National Library, Benjamin Vicuña Mackenna, Manuel Perez de Tudela,
Peruvian State, guano.
Introducción
A principios de la década de 1860, la cantidad de materiales custodiados por la Biblioteca
Nacional no guardaba proporción con el número de empleados que allí laboraban. Se
necesitaba contratar más personal, además de requerir la renovación de buena parte de la
infraestructura interna del local y contar con un fondo con el cual comprar nuevos libros;
es decir, adquirir las últimas publicaciones. La bonanza guanera no provocó el cambio
de esta realidad, salvo en algunos casos aislados y, cuando no había más remedio, el
Estado destinó dinero a la que debía de ser la principal institución cultural del país.
El presente trabajo estudia la situación de la Biblioteca Nacional en un contexto
prometedor para la economía a causa del guano, cuyas ganancias no eran distribuidas
equitativamente a todos los segmentos públicos. Dicha realidad, afortunadamente, no
impidió el que pudieran llegar, mediante compra en 1864, dos valiosas bibliotecas
particulares, tanto por quienes fueron sus propietarios como por el material bibliográco
con que contaban. Este suceso muestra que, con voluntad política, sí era posible
contribuir a la mejora de la institución y, más que limitaciones económicas, era la
desatención de las autoridades de turno lo que impedía su progreso. Empero, la voluntad
política se limitó a ese par de adquisiciones, dejando en claro que el hecho de contar con
unas nanzas favorables no determinaba el impulso de una política estatal de socorro
continuo y periódico, salvo situaciones forzosas o de necesidad impostergable.
La Biblioteca Nacional en la década de 1860
A comienzos de la década de 1860, la Biblioteca Nacional era más un depósito de
antigüedades que una institución digna de ese nombre. Tal situación no era reciente
pues, desde años atrás, se venía cuestionando la desidia de los gobiernos de turno por
este espacio cultural. Una de las críticas provenía del hecho de que en todas las materias
y disciplinas cientícas se realizaban avances, nuevos conocimientos que impulsaban
el progreso de la sociedad, plasmados en libros y revistas que, lamentablemente, no
se podían consultar en la Biblioteca por no estar al tanto de las últimas novedades
bibliográcas. Era hasta cierto punto vergonzoso que el Estado peruano, enriquecido
gracias a la riqueza del guano, no pudiera entregar al bibliotecario Francisco de Paula
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Estado, libros y guano: la Biblioteca Nacional y la adquisición de dos colecciones bibliográcas a principios de 1860
González Vigil el monto anual requerido para hacerse de las obras que faltaban y de
aquellas que fueran publicándose en lo sucesivo2.
Una forma de propagar el concepto de civilización era a través del enriquecimiento de
la biblioteca. El viajero extranjero en nuestro país juzgaba el grado de instrucción local
constatando el estado de la Biblioteca Nacional3. Si algo de bueno tenía esta última,
era a causa de la iniciativa del propio bibliotecario y no del socorro del gobierno,
o de la administración pública. Más allá de sus ideales o sus principios políticos,
Vigil hacía frente a esa cruda realidad, sobrellevando las limitaciones económicas y
contribuyendo al progreso de la institución hasta donde estaba en sus manos.
En esta misma década se discutió acerca de la necesidad de crear un Archivo
Nacional, con el n de reunir la memoria histórica del Perú. Si bien la inactiva era
buena, en un primer momento se planteó pasasen de la Biblioteca al Archivo Nacional
los manuscritos, memorias, periódicos y documentos que, bajo el título de “Papeles
Varios”, ahí se conservaban (Congreso de la República, 1860: 150). En otras palabras,
se le despojaría de todo escrito útil a la historia patria, quedando tan solo con libros,
revistas y folletos sueltos. Uno de los que se opuso a tal atentado fue el general Manuel
de Mendiburu quien, justamente, era el impulsor de la creación del Archivo y conocía
la valía de tales materiales. Luego de varios debates, el 15 de mayo de 1861 se aprobó
la ley estableciendo la institución, con excepción de dicho planteamiento.
El Perú vivía una bonanza económica, desde mediados del siglo XIX, producto del
monopolio de la venta del guano en el extranjero (Salas, 2016: 31). Durante las cuatro
décadas anteriores a la guerra con Chile, se extrajo unos once millones de toneladas de
guano con destino a los mercados europeos y estadounidense, por un valor aproximado
de setecientos cincuenta millones de dólares (Klarén, 2013: 203). Buena parte de ese
dinero se destinó al pago de las deudas externa e interna, la expansión de la burocracia
estatal, el crecimiento de las fuerzas armadas, y la realización de obras públicas, entre
ellas la construcción de ferrocarriles, la construcción de la Penitenciaría de Lima
y la instalación del alumbrado a gas en la capital, entre otros. En cuanto al sector
Instrucción, se realizó la reforma de la Universidad de San Marcos, la reedicación
del Convictorio de San Carlos, el impulso de la Escuela de Artes y Ocios, y la mejora
de las instalaciones de la Biblioteca Nacional4, la cual se truncó al poco tiempo.
Desde el Estado se propició, también, la publicación de la Estadística general de Lima
(1858) y las Memorias de los virreyes que han gobernado el Perú (1859), en seis
tomos, ambos por Manuel Atanasio Fuentes, la Revista de Lima (1859-63), por José
Antonio de Lavalle, la Geografía del Perú (1862), por Mateo Paz Soldán, y el Atlas
geográco del Perú (1865), de Mariano Felipe Paz Soldán, entre otros. Curiosamente,
2 Tanto en el habla cotidiana como en la documentación ocial, la persona al frente de la Biblioteca
Nacional recibía el nombre de “bibliotecario”.
3 “Biblioteca”. El Comercio, 31 de mayo de 1860, p. 3.
4 “Intereses generales”. El Comercio, 1º de abril de 1862, p. 5.
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buena parte de la información publicada en estas obras fue extraída de los materiales
custodiados por la Biblioteca Nacional.
En marzo de 1860, Vigil recibió la noticia de la ampliación de las dimensiones de la
Biblioteca Nacional a partir de la integración de la mitad del refectorio de la iglesia de San
Pedro, que era un salón paralelogramo de una altura considerable. Ante este anuncio, se
esperaba un aumento en el número de lectores y una mejor organización de los materiales
custodiados5. En diversas oportunidades, se reconocía que las obras publicadas lo habían
sido gracias a la existencia de tal información en la Biblioteca Nacional6.
Pese a la noticia de la ampliación, a nes del mismo año el bibliotecario comunicó el mal
estado de una de las paredes del segundo salón, que de un momento a otro podía venirse
abajo. Bastaba con apuntalarla, un gasto menor frente a la posibilidad de no hacer nada
y esperar a que empeore, ante lo cual el desembolso sería mucho mayor7. Aun así, no se
obtuvo el respaldo del gobierno y la pared continuó en ese estado durante muchos años
más. Pero las malas noticias no acabaron ahí. Hacia nes de 1862, queda paralizado el
anunciado aumento de área del local debido a su pésimo estado y al inminente peligro de
derrumbe8. Desde mediados de ese mismo año, además, se produjo la caída de algunas
habitaciones de los altos, originándose un montón de escombros que no fueron removidos9.
Las mejoras anunciadas demoraron más tiempo en apreciarse, baste mencionar que durante
la década de 1870 se continuó tratando sobre el tema, como si de un asunto novedoso se
tratase, pero sin concretar nada. No solo se trató de un escaso apoyo económico por parte
del Estado, sino de la inoperatividad de una burocracia que no agilizaba las gestiones.
Hacia 1862, la Biblioteca Nacional custodiaba cerca de veintinueve mil volúmenes, de
ellos, 7792 provenían del legado del doctor Miguel Fuentes Pacheco, adquirido en 1840,
sin contar manuscritos, “papeles varios” y mapas. Para esa gran cantidad de material,
no se contaba con el personal necesario sino, tan solo, con el propio bibliotecario Vigil,
quien percibía un sueldo de mil doscientos pesos anuales10. El respaldo económico
5 “Obra en San Pedro”. El Comercio, 17 de marzo de 1860, p. 3. Por aquella época, se atendía diariamente
tanto al público común y corriente como a investigadores en búsqueda de información especializada
con excepción de los festivos, entre las diez de la mañana y las tres de la tarde.
6 En 1862, la Universidad de San Marcos empezó a editar los Anales Universitarios del Perú, gracias
al impulso de su rector José Gregorio Paz-Soldán, quien armaba haber utilizado en dicho empeño
la “rica colección de folletos de la Biblioteca Nacional”. “Asuntos públicos”. El Comercio, 6 de
setiembre de 1862, p. 3. Deben recordarse las facilidades brindadas a los investigadores por Vigil para
la transcripción de manuscritos, o el hecho de otorgarles datos sobre ciertos documentos que podían ser
de su interés y cuya ubicación él conocía (Némesis, 1884).
7 “Biblioteca”. El Comercio, 4 de diciembre de 1860, p. 4.
8 Tras un largo litigio sostenido por el bibliotecario con los padres de la congregación de San Felipe Neri,
se declaró pertenecer a la Biblioteca Nacional un hermoso salón cuyo techo ostentaba una magnica
construcción artística.
9 “Biblioteca Nacional”. El Comercio, 15 de diciembre de 1862, p. 5.
10 El resto del personal: el conservador Manuel Calderón percibía quinientos pesos; el amanuense Alejo
Palomeque, trescientos; un portero con noventa y seis; y un peón para limpiar los libros que recibía diez. A estos
montos, se agregaba unos ínmos cien pesos anuales destinados a gastos de escritorio y alumbrado (Cabello,
1863: 112). El 24 de abril de 1863, apoyado por José Antonio de Lavalle, propuso Mendiburu que Calderón
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Estado, libros y guano: la Biblioteca Nacional y la adquisición de dos colecciones bibliográcas a principios de 1860
recibido del Estado peruano era mínimo, como se aprecia en el muy ligero incremento
de las colecciones bibliográcas (Lavalle, 1861: 276)11. Abundaba el material antiguo,
proveniente de la época de la fundación de la Biblioteca y, en menor medida, los textos
contemporáneos. Al respecto, el ministro de Instrucción Juan Oviedo (1862: 33), en
su memoria de gestión manifestaba: “poseemos una Biblioteca que si es rica en obras
antiguas, carece de gran parte de las que se han publicado en estos últimos tiempos”.
Y qué decir de los periódicos: no se contaba con casi ninguna colección completa,
debiendo los interesados acudir en busca de este tipo de material a alguna biblioteca
particular limeña12. Lo sostenido reeja el incumplimiento del decreto aprobado por el
marqués de Torre Tagle el 8 de febrero de 1822, a través del cual: “los impresores de
esta capital pasaran dos colecciones de todos los papeles públicos y demás impresos que
se hayan dado a luz desde el día en que se proclamó la independencia, y en lo sucesivo
quedan obligados a mandar igualmente a la biblioteca dos copias de cuanto impriman”
(Gaceta, 1950: 318)13. A todo lo señalado hasta el momento, se suma la ausencia y/o
desaparición de textos que, pese a gurar en el catálogo, físicamente no se hallaban14.
Sin embargo, y a pesar de este escenario, Vigil se las ingeniaba para cubrir los gastos que
surgían, encuadernar los folletos sueltos y adquirir libros (Lavalle, 1861: 276)15.
Ante tan cuestionable contexto, no se puede soslayar el hecho que el Estado peruano
estaba suscrito a obras extranjeras16. Asimismo, los agentes diplomáticos peruanos en el
exterior, entre sus funciones, se encargaban de comprar y remitir libros modernos17, lo cual
indudablemente no resultaba suciente para llenar el vacío mostrado durante estos años.
gane 840 pesos: en primer lugar, por estar por debajo del promedio de lo que ganaban los amanuenses de otras
ocinas y, segundo, por ser “un empleado de mérito conocido y antigüedad en su desempeño” (Congreso de la
República, 1863: 344, 346). La propuesta se aprobó seis días después. Con los años, Calderón se convirtió en
un experto en el manejo de las colecciones de la institución, al punto de conocer la ubicación precisa de cada
texto (Barrera, 2022: 27). El 20 de mayo, el segundo vicepresidente de la República nombró ocial meritorio
de la Biblioteca a Calixto González. AGN, Ministerio de Justicia (en adelante, MJ), leg. 70, doc. 74, 1863.
11 Ese mínimo respaldo también se reejó en las casi nulas mejoras en infraestructura. En enero de ese
año se desplomó una de las paredes a causa de la humedad. AGN, MJ, leg. 70, doc. 90, 1863.
12 Uno de los pocos bibliólos que poseía colecciones hemerográcas completas era el coronel Manuel
de Odriozola.
13 El decreto lo raticó el general José de San Martín el 31 de mayo del mismo año.
14 Se propuso, con el n de incrementar los fondos bibliográcos de la institución, que los manuscritos
existentes en los conventos de San Agustín, Santo Domingo, y en las cortes de justicia, pasasen a la
Biblioteca Nacional. De esa forma, al público interesado le sería más factible revisarlos y ya no padecerían
ante la frialdad de los bibliotecarios de esos lugares. “Crónicas”. El Comercio, 9 de agosto de 1860, p. 4.
15 Vigil solía comprar libros a particulares para la Biblioteca Nacional, siendo uno de ellos el poeta Ángel
Fernando de Quirós. “Al público”. El Comercio, 24 de julio de 1862, p. 5. A la muerte de este último,
los señores Cipriano Coronel Zegarra, Vigil y Francisco Javier Mariátegui propusieron reunir en un
solo tomo sus composiciones poéticas, al lado de su biografía.
16 “Biblioteca”. El Comercio, 21 de enero de 1864, p. 5.
17 Uno de estos agentes fue Cipriano Coronel Zegarra, padre del erudito Félix Cipriano Coronel-
Zegarra, quien, desde Washington, remitía cajones de libros junto a sus respectivos listados. MRE,
Correspondencia, caja 122, carpeta 13, 1860. José Dávila Condemarín, por su parte, instalado en
Turín como encargado de negocios, compraba obras y se encargaba de gestionar donaciones. MRE,
Correspondencia, caja 127, carpeta 14, 1861.
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La Biblioteca Americana de Vicuña Mackenna
Benjamín Vicuña Mackenna fue uno de los más importantes intelectuales chilenos del
siglo XIX. Desde temprana edad demostró sus dotes para las letras y su interés por
incursionar en la política. Su participación en la lucha contra el gobierno de Manuel
Bulnes, en abril de 1851, trajo como consecuencia su primer destierro. En noviembre de
1852 partió rumbo a los Estados Unidos, en donde conoció a distintas personalidades,
entre ellas a William Prescott, quien le hizo conocer su biblioteca personal —conformada
por documentos sobre el Perú, México y el reinado de Isabel la Católica—, a la cual
catalogó como “un Potosí histórico” (Vicuña Mackenna, 1856: 62). De regreso a Chile,
participa en un nuevo movimiento revolucionario, esta vez contra el presidente Manuel
Montt, siendo por ello desterrado a Inglaterra en donde visitó el Museo Británico.
En enero de 1860 regresó a América, instalándose en Lima y Cañete durante dicho año,
para dedicarse a la investigación histórica y a la recolección de libros y manuscritos, los
cuales utilizaría en sus próximas publicaciones: La revolución de la independencia del
Perú desde 1809 a 1819 y El ostracismo del jeneral D. Bernardo O´Higgins18. Durante
varios meses visitó asiduamente la Biblioteca Nacional19, forjando una estrecha amistad
con Vigil20 y con los más distinguidos miembros de la sociedad limeña (Donoso, 1925:
121), cabe destacar a personalidades como el general Guillermo Miller21, Demetrio
O´Higgins22, hijo del ex director supremo de Chile Bernardo, la familia Paz-Soldán (en
particular a los hermanos Mariano Felipe y Pedro, «Juan de Arona»), Eduardo Carrasco,
Manuel de Mendiburu, Francisco Javier Mariátegui y Manuel Pérez de Tudela. Estos
dos últimos le brindaron datos orales sobre su participación directa y aquello que
observaron durante el proceso independentista (Vicuña Mackenna, 1860: 32). Fruto de
esa dedicación que lo caracterizó, formó, en torno al Perú, una importante colección de
obras, en particular de folletería y hojas sueltas, por eso no dudó en sostener:
18 B. Vicuña Mackenna a Bartolomé Mitre. Santiago, 28 de diciembre de 1863 (Mitre, 1912, XXI: 17).
Estando en Lima es que recibe, provenientes de París, documentos que pertenecieron al general José
de San Martín, remitidos por Mariano Balcarce, hijo político del Libertador (Feliú Cruz, 1958: 336;
Vicuña Mackenna, 1866: VII).
19 Vicuña Mackenna hizo copiar algunos de los manuscritos conservados en la Biblioteca, tanto virreinales
como republicanos. En algunos casos, consignó la fecha en la cual se realizaba la transcripción y de
qué tomo de la colección de manuscritos se extrajo. Uno de ellos fue la Historia de Chile, de Pedro
Figueroa y Córdova, aunque no fue el primero chileno que lo hiciera transcribir: en 1861, por orden del
gobierno chileno y bajo la dirección de Francisco Astaburuaga, se hizo con el n de publicarla, lo que
sucedió al año siguiente. Cabe precisar que el documento custodiado por la Biblioteca Nacional era,
también, una copia. “Crónica”. El Comercio, 22 de junio de 1860, p. 7.
En 1881, en el contexto de la ocupación de Lima por el ejército chileno, y ante el inminente expolio
de la Biblioteca Nacional, Vicuña Mackenna procuró que muchos de los libros y documentos de sus
colecciones fuesen sustraídos para así engrosar su biblioteca personal (Mc Evoy, 2009).
20 Vigil le permitió, incluso, realizar copias de su correspondencia personal.
21 Miller fue una de las primeras personalidades con quien Vicuña Mackenna se relacionó. La reunión
tuvo lugar el 1º de febrero, habiéndole suministrado en dicha ocasión documentos relacionados con
José Gabriel Túpac Amaru II.
22 Demetrio puso a disposición de Vicuña Mackenna el archivo personal de su padre, conformado
básicamente por su epistolario, ascendiente a 3377 piezas documentales (Cristi, 1886: 109).
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El Perú es esencialmente el país del folleto y la hoja suelta, desde la lista de los
toros que lidian en el Acho hasta las proclamas de los caudillos que lidian en
la plaza pública; y así solo a un constante esfuerzo debemos el haber reunido
unos 600 folletos, la mayor parte interesantísimos para la historia, la política, la
hacienda pública, la educación, la iglesia, etc. (Galdames, 1931: 241).
El 28 de octubre se publicó su obra La revolución de la independencia del Perú desde
1808 a 181923, siendo recibido con agrado por el público lector, en buena medida debido
a que se llenaba un vacío historiográco y se respondía a las versiones españolas de
Mariano Torrente, en su Historia de la revolución hispano-americana (1829-1830), y
la de Andrés García Camba, en sus Memorias para la historia de las armas reales en el
Perú (1846)24. El texto de Vicuña Mackenna se presentó como una versión de la historia
nacional útil para la juventud de la época, la cual debía sentirse orgullosa del pasado
reciente y de los hombres que dejaron su vida por liberar la patria del dominio español25.
Pese a su destierro, Vicuña Mackenna continuó comunicándose con sus colegas
bibliógrafos americanos, siendo el general argentino Bartolomé Mitre uno de aquellos
con quien mantuvo constante dialogo26. De regreso a su natal Santiago en enero de 1861,
se ve obligado a esconderse por la persecución a la cual era sometido y, pasando apuros
económicos, decide vender su conocida Biblioteca Americana. Es así como, luego que
cesara la persecución, la ofrece al gobierno de su país acompañada de su respectivo
catálogo, siendo trasladado su ofrecimiento a la Universidad de Chile, para que sea esta
quien decida la conveniencia o no de la adquisición27. El 20 de diciembre se aprobó
esta última, disponiendo cuatro días después los volúmenes seleccionados tras haberse
revisado el catálogo: 1606 volúmenes, en total28. El resto de volúmenes, la otra mitad de
su colección, decide ofrecerla al gobierno peruano, para lo cual decide otorga un poder
a su amigo el pintor arequipeño Federico Torrico el 30 de diciembre, en Santiago29.
23 La parte inicial de la obra se publicó en El Comercio, el 30 de junio, la misma que le valió las
observaciones de un anónimo quien le sugirió revisar y considerara lo sostenido por «Pruvonena» en
sus Memorias y documentos para la historia de la independencia del Perú y causas del mal éxito que ha
tenido ésta (1858). “El sr. Mackenna”. El Comercio, 3 de julio de 1860, p. 7.
24 Una respuesta titubeante a ambos autores la dio el ex presidente José de la Riva-Agüero y Sánchez
Boquete («Pruvonena»). “Crónicas”. El Comercio, 29 de octubre de 1860, p. 5.
25 “Publicaciones históricas”. El Comercio, 30 de octubre de 1860, p. 5
26 Vicuña Mackenna se encargaba de comprarle libros a Mitre en Lima (Gandia, 1939: 38).
27 La Universidad de Chile compraba libros todos los años para la Biblioteca Nacional de Santiago.
“Aquiescencia del gobierno”. Anales Universidad de Chile, t. XIX, 1861, p. 870.
28 El día 28, Vicuña Mackenna entregó los libros, gurando entre ellos: “[…] el gran mapa de Bolivia por
Ondarza y Mujía, los viajes a Chile de Poeppig, el registro ocial de Buenos Aires, las memorias de Mme.
Roland con anotaciones manuscritas del general Miranda y 20 volúmenes de folletos peruanos, con más de
200 folletos”. “Recibo en la Biblioteca Nacional”. Anales de la Universidad de Chile, t. 19, 1861, p. 870-
871. La premisa inicial consideraba la adquisición de la biblioteca completa pero, aunque no sucedió, esto
no impidió que en la Biblioteca Nacional de Santiago se forme una sección especial de libros sobre América.
29 Se trataba solo de libros. Los manuscritos quedaron en su poder. Federico Torrico, hijo del expresidente
Juan Crisóstomo Torrico, se encontraba en Chile desde hacía algunos años, en donde gozaba de una
gran reputación. Ricardo Palma lo conoció durante su destierro en dicho país, calicándolo de “amateur
inteligente en pintura, elegante tipo de limeño […], concurría a su casa lo más selecto de la sociedad
de Valparaíso, empezando por el jefe del Estado, don Joaquín Pérez” (Palma, 1933: 43).
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Revista del Archivo General de la Nación 2024; 39(2); 29-48 Henry Barrera Camarena
Durante una breve estancia en Lima, Torrico declina el encargo en la persona del médico
e intelectual José Casimiro Ulloa, el 20 de enero de 1862, en idénticos términos a los
recibidos30.
Tocó a Ulloa, también amigo de Vicuña Mackenna, proponer la venta de su colección de
libros al gobierno de Ramón Castilla, partiendo de la convicción de que no encontraría
trabas pues, si de algo no adolecía el país, era de falta de fondos. Ulloa resaltaba el valor
que supondría la adquisición debido a su temática, tratando muchos sobre la historia
patria, además de ser el resultado de quince años de un incesante afán de recopilación
bibliográca por Vicuña Mackenna, durante sus viajes por el continente americano y
gran parte de Europa. A pesar de la bonanza económica vivida en el Perú, fue justamente
el factor monetario el que retrasó la compra de la Biblioteca Americana, además del
detalle de los ejemplares duplicados. El monto solicitado por Vicuña Mackenna se
calculó sobre bases razonables, en atención a la rareza de las obras que la comprendían,
habiendo acompañado Ulloa su propuesta con un catálogo que incluía el precio de cada
ejemplar, alcanzando los 6491 pesos (véase el cuadro nº 1).
Cuadro nº 1
30 Ofrecimiento de los libros de B. Mackenna al gobierno peruano por J.C. Ulloa. AGN, MJB, leg. 70,
doc. 51, 1862-64. Vicuña Mackenna y Torrico mantuvieron una estrecha amistad desde varios años
atrás. Al decidir su retorno al Perú, en mayo de 1864, el chileno le dedica una triste despedida en su
obra La defensa de Puebla por el jeneral Jesús González Ortega: artículos bibliográcos (1864).
N Libros sobre Monto
1 América en general 1,435 pesos
2 Viajes 1,580 pesos
3 México y Centro América 214 pesos
4 Antillas 57 pesos
5 Guallanas 3 pesos
6 Colombia 158 pesos
7 Brasil 142 pesos
8Perú 638 pesos
9Buenos Aires 233 pesos
10 Chile 918 pesos
11 Oceanía 171 pesos
12 América del Norte 77 pesos
13 España 563 pesos
14 Apéndice 302 pesos
Total 6491 pesos
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Estado, libros y guano: la Biblioteca Nacional y la adquisición de dos colecciones bibliográcas a principios de 1860
Ulloa justicaba lo elevado del monto argumentando que el gobierno chileno pagó un
precio similar por la otra parte de la colección. El apoderado llegó, incluso, a elaborar
un contrato de compra venta entre ambas partes, en donde se estipulaba que el dinero
se abonaría en Chile y en moneda de ese mismo país, que el ministro peruano en
Santiago sería el encargado de recibir y remitir al Perú los libros, corriendo tanto el
embalaje como el transporte por cuenta del comprador.
Tras solicitarle el gobierno a Vigil pronunciarse acerca de esta propuesta, el bibliotecario
fue contundente al señalar que la mayor parte de las obras contenidas en el catálogo
se hallaban en la Biblioteca Nacional, por lo cual era innecesaria su compra. Sugería,
empero, considerar que tales obras podían ser útiles a las demás bibliotecas de la nación,
pero acotando que sería preferible solicitar una rebaja al precio, por ser un tanto elevada
y existir en venta muchas de ellas en librerías limeñas, siendo fácil su adquisición y a la
mitad de precio frente a lo solicitado por Vicuña Mackenna31.
Al inspector de instrucción pública, Manuel Santos Pasapera, también se le solicitó su
opinión32, respondiendo en el mismo sentido que Vigil, pero agregando que debiera
enviarse el catálogo a los rectores de los colegios públicos de Lima con el n de
atender sus propias necesidades bibliográcas. Los que se comprarían tenían que ser
un valor menos que al ofrecido33. Pasapera favorecía la adquisición de los textos, aun
cuando fuesen duplicados, pues tendrían como destino el resto de las bibliotecas. Al
conocerse que varias de esas obras podían obtenerse en librerías limeñas, no existía
esa urgencia por responder contundentemente al ofrecimiento.
Ambos informes, de Vigil y Pasapera, sirvieron para que el gobierno no le prestara
demasiada importancia a este asunto. Para Vigil, extrapolando su punto de vista, no era
imprescindible la adquisición de la colección, pero si eso llegase a suceder, tales obras
deberían distribuirse en el resto del país. Ello no niega, sin embargo, que en la colección
se ofrecieran libros inexistentes en el establecimiento. En este punto es necesario recordar
cuál era la situación de la Biblioteca Nacional: si no se podía destinar recursos para
contratar más personal, realizar mejoras en la infraestructura o para la compra de nuevos
textos, mucho menos pudo haber considerado Vigil el desembolso de dinero para priorizar
el ofrecimiento de Vicuña Mackenna. En el caso de la colección Pérez de Tudela, también
se hallaron duplicados que, sin embargo, no merecieron la misma opinión que en la del
chileno. Hasta donde se tiene noticia, Vicuña Mackenna y Vigil mantuvieron una afectuosa
amistad, marchándose el primero de Lima en buenos términos, sin rencilla de por medio34.
31 AGN, MJ, leg. 70, doc. 86, 1862-64. Sin ser abundantes, existían librerías en Lima que satisfacían la
demanda de libros tanto nacionales como extranjeros. Una de ellas fue la perteneciente a Luis Pillet,
ubicada en la calle Valladolid, que ofrecía textos de, prácticamente, todas las ciencias, además de
retratos. Recibía remesas de libros desde París, para ofrecerlos a bajo costo, lo cual lo diferenció del
resto de libreros. “Librería”. El Comercio, 22 de mayo de 1862, p. 5.
32 Pasapera había sido nombrado, interinamente, el 8 de enero de 1861.
33 AGN, MJ, leg. 70, doc. 86, 1862-64.
34 En su obra sobre la independencia peruana, Vicuña Mackenna (1860: 65) realizó una breve reseña
acerca de Vigil, en la cual muestra su respeto y consideración por el recorrido político del bibliotecario,
destacando además su labor como publicista.
38
Revista del Archivo General de la Nación 2024; 39(2); 29-48 Henry Barrera Camarena
Después de la respuesta de Pasapera, en febrero de 1862, la propuesta cayó en el
olvido durante un tiempo hasta que Ulloa se dirigió al gobierno peruano, esta vez
presidido por el general Juan Antonio Pezet, el 8 de junio de 1863, recordando las
opiniones vertidas tanto por Vigil como Pasapera añadiendo que, en la colección de
Vicuña Mackenna, existía un gran número de libros no existentes en la Biblioteca
Nacional. Ulloa llamaba la atención sobre no perder la oportunidad de hacerse de un
conjunto de libros sobre América que, a su juicio, eran de difícil y costosa adquisición.
Indudablemente, Ulloa velaba por los intereses del publicista chileno pese a estar
informado de que ya se contaba con gran parte de lo que este ofrecía.
Durante el tiempo transcurrido, Vicuña Mackenna volvió a transar con su gobierno además
de algunos particulares, parte de los libros ofrecidos en venta por Ulloa. La cantidad de
textos se redujo a 800, ascendiendo ahora el monto a 3542 pesos, casi la mitad del precio
inicialmente planteado35. El intelectual chileno persistió en su deseo de que los títulos
restantes fuesen a la Biblioteca Nacional de Lima y, como prueba, aceptó rebajar en un
quince por ciento el costo siempre y cuando se comprara la colección en su totalidad, a
la cual ofreció agregar una colección de publicaciones ociales de Chile, enviando una
primera entrega de alrededor de cincuenta volúmenes, remitiendo luego cuantos le fuera
posible. En caso de elegirse solo una parte, la rebaja sería solo de un diez por ciento36.
Esta nueva propuesta fue acogida favorablemente por Pasapera quien, el 17 de junio,
saludó la rebaja en el precio. Junto con él, el diario El Comercio llamaba la atención sobre
no esperar más e invocaba al gobierno para realizar la compra de buena vez, como una
manera de impulsar los estudios, las letras y la civilización37. El ministro de Instrucción,
Mariano Álvarez, solicitó a Vigil, el 30 de diciembre de 1863, escoger del nuevo catálogo
aquellos textos inexistentes en la Biblioteca Nacional38. Sin embargo, y pese a este
renovado interés por la compra, la demora en tomar una decisión no fue del agrado de
Vicuña Mackenna, quien ese mismo mes se comunicó con Mitre, por entonces presidente
de la Argentina, para expresarle su fastidio y ofrecerle lo que restaba de su colección:
Yo ofrecí ese sobrante en venta al gobierno del Perú, porque mis circunstancias
privadas así me lo prescribían, como porque mi más vivo deseo era que esta
colección no se diseminase entre particulares, sino que conservase su cuerpo (que
en mi concepto era su principal mérito), siendo adquirida por un establecimiento
público. Mi propuesta fue aceptada por el gobierno del Perú, en virtud de un
expediente que se organizó; pero en consecuencia de la manera lenta e irregular
con que marchan los negocios administrativos de aquel país, la negociación
está aún pendiente, y he comenzado a perder la paciencia. En todo caso, si el
gobierno argentino tuviese inclinación a adquirir en el todo o parte esos libros,
yo no tendría embarazo alguno en darle la preferencia39.
35 Este dato permite deducir que la colección inicialmente ofrecida por Ulloa fue alrededor de 1600 títulos.
36 AGN, MJ, leg. 70, doc. 86, 1862-64.
37 “Libros americanos”. El Comercio, 26 de junio de 1863, p. 5.
38 AGN, MJ, leg. 70, doc. 86, 1862-1864.
39 B. Vicuña Mackenna a Bartolomé Mitre. Santiago, 28 de diciembre de 1863 (Mitre, 1912, XXI: 19-20).
39
Estado, libros y guano: la Biblioteca Nacional y la adquisición de dos colecciones bibliográcas a principios de 1860
Tres días después, Vicuña Mackenna se dirige a su amigo, el cónsul argentino
Gregorio Beeche, para que hiciera llegar a Mitre la reiteración de su ofrecimiento para
que que los libros pasasen a la Biblioteca de Buenos Aires40. Mitre mostró su interés
desde un primer momento, pero la situación económica de su país impidió realizar la
adquisición. No obstante, el bibliólo argentino no quiso dejar escapar la oportunidad
de comprar algunos de los textos para su propia biblioteca41.
En Lima, Pasapera solicitó no se desestimara el ofrecimiento de Vicuña Mackenna, a
sabiendas del valor de los textos antiguos que no se encontraban en la Biblioteca Nacional42.
Entretanto, algunos de los volúmenes fueron adquiridos por bibliólos peruanos.
Finalmente, y después de una larga negociación, a principios de enero de 1864 el presidente
Pezet decidió, junto a su ministro de Instrucción Mariano Álvarez, que lo restante de la
biblioteca de Vicuña Mackenna sea adquirida. Previno, por ello, el ministro a Vigil le
enviase una relación de los libros que no se hallaban en su establecimiento. Realizado esto,
el ministro ordenó el pago de 526 pesos por la tesorería departamental, según decreto del 24
de febrero. Por su parte, el ministro de Relaciones Exteriores, Juan Antonio Ribeyro, noticó
a su agente diplomático en Chile recibir las obras y derivarlas al Ministerio de Justicia e
Instrucción. Puesto en contacto con el chileno a comienzos de marzo, el diplomático se
sorprende al enterarse que varios de los libros se habían vendido ya a algunos particulares,
lo cual llevó a una disminución más del monto a pagar: de los 3542 pesos iniciales a tan solo
357 pesos43. El 11 de marzo, Vigil se dirigió al gobierno saludando la compra44, haciendo
lo propio Vicuña Mackenna en enero de 1865 cuando, al referirse a los más de tres mil
volúmenes, expresó su satisfacción de verlos repartidos “casi por partes iguales, en las
bibliotecas públicas de Lima, Buenos-Aires i Santiago” (1866: VI).
La biblioteca de Manuel Pérez de Tudela
Pérez de Tudela nació en 1774, en Arica. Siendo niño fue traído a Lima donde estuvo bajo
la protección de un pariente, quien se encargó de dirigir su educación, la cual se realizó
en el Colegio Mayor de San Ildefonso. Al recibirse de abogado en la Real y Ponticia
Universidad de San Marcos en 1796, ejerció los cargos de asesor del Cabildo de Lima
y del Protomedicato. Como varios patriotas de la época, no dudó en apoyar la causa
40 B. Vicuña Mackenna a Gregorio Beeche. Valparaíso, 31 de diciembre 1863 (Mitre, 1912, XX: 100-
101). Durante su estadía en Lima en 1860, además de para mismo, Vicuña Mackenna (1879: XIV)
recopiló también textos para Beeche: “[…] pudimos acopiarle unos cuantos centenares de volúmenes
que pagó jenerosamente, no obstante su módica fortuna”.
41 B. Vicuña Mackenna a Gregorio Beeche. Buenos Aires, 18 febrero 1864 (Mitre, 1912, XX: 22-23). El
20 de agosto del mismo año, Mitre terminó delegando en Beeche la compra de los textos por un monto
de 2500 pesos.
42 AGN, MJ, leg. 70, doc. 86, 1862-1864. Pasapera (1874) publicó un texto en torno a la instrucción
pública nacional, en uno de cuyos capítulos se rerió al papel de la Biblioteca Nacional en el adelanto
de la sociedad. En diferentes momentos, no dudó en cuestionar el estado de la institución, la cual estaba
lejos de ser un centro de irradiación del progreso y la enseñanza.
43 AGN, MJ, leg. 70, doc. 94, 1862-64.
44 AGN, MJ, leg. 70, doc. 85, 1862-64.
40
Revista del Archivo General de la Nación 2024; 39(2); 29-48 Henry Barrera Camarena
emancipadora del general José de San Martín, gurando entre los rmantes del acta de
independencia de Lima (cuya acta redactó) y en la proclamación del 28 de julio de 1821.
Un mes después se dispuso el establecimiento de la Biblioteca Nacional, la cual
fue inaugurada en setiembre del año siguiente con alrededor de 11.256 volúmenes,
contándose entre ellos los donados por San Martín, y personajes como Hipólito
Unanue, Bernardo Monteagudo y Joaquín de Olmedo, entre otros (Padró & Tamayo,
1992: 344; Núñez, 1971: 51), además de los entregados por instituciones como San
Marcos. Nuestro personaje formó parte de aquellos que se desprendieron de parte de
sus bibliotecas con el n de incrementar los fondos de la naciente institución.
Elegido diputado para el Congreso Constituyente de 1822, Pérez de Tudela se convierte en
uno de los primeros en sostener y defender la postura republicana como régimen a implantar
en el Perú45. Su consagración se daría en el campo de la magistratura, desempeñándose
como scal de la Corte Suprema desde 1831 y como vocal supremo desde 1840, para
jubilarse luego de varios años al servicio del país en 1856 (Ramos, 2005: 210)46.
En su testamento, de 14 de julio de 1858, nombró como heredero y albacea a su hijo
adoptivo, en realidad su sobrino, Casimiro Vera y Tudela, teniente coronel del batallón
de la Guardia Nacional, dejando entre sus bienes “nueve estantes de libros”47. Pérez
de Tudela falleció el 15 de marzo de 186348, procediendo Vera el 10 de junio a ofrecer
en venta al Estado la colección de libros heredada de su padre, con la intención de que
vaya a incrementar los fondos de la Biblioteca Nacional. Respondiendo a la solicitud
del gobierno, el 13 de junio recomendó el bibliotecario Vigil al ministro de Instrucción,
Mariano Álvarez, se aprovechara la oportunidad de adquirir la colección completa pese
a ser un poco elevado su precio —la biblioteca, de 2.134 libros, fue tasada en 4.401
pesos 6 reales—,argumentando conocer al tasador contratado por Vera, “que a más de su
honradez tiene inteligencia en materia de libros”. Recordó, igualmente, la compra de la
biblioteca de Joaquín Paredes, en 1859, utilizando la partida destinada en el presupuesto
a gastos de instrucción pública. Respecto a los textos duplicados, sostuvo que podrían
ser destinados a las bibliotecas departamentales, como se había hecho anteriormente,
asumiendo una postura distinta a la manifestada frente a la colección ofrecida por
Vicuña Mackenna.
La propuesta de venta pasó, entonces, al inspector Pasapera quien, el 17 de julio,
expresó un parecer muy semejante al de Vigil: la compra de aquellos ejemplares
inexistentes en la Biblioteca Nacional, y también la de los duplicados, para que sea el
rector del Colegio Convictorio de San Carlos quien escoja aquellos que considere de
45 Pérez de Tudela asumió una actitud rme frente a la postura monárquica de Bernardo (Álvarez Vita, 1965: 73).
46 Sobre Pérez de Tudela, véase: Panizos, 1929; Neuhaus, 1956; Guerra, 2016.
47 AGN, Protocolos Notariales, Manuel de Uriza, n° 977, fs. 655-656, 1858; f. 655v. Este fue su tercer, y
último, testamento –los anteriores son de 1852 y 1853–, habiendo mencionado en el segundo no nueve
sino “diez estantes de libros” (Neuhaus, 1956: 181).
48 Su funeral se llevó a cabo, dos días después, en la iglesia de Santo Domingo. “Defunción”. El Comercio,
16 de marzo de 1863, p. 5.
41
Estado, libros y guano: la Biblioteca Nacional y la adquisición de dos colecciones bibliográcas a principios de 1860
interés para su institución49. Una semana después, el día 25, Vigil respondió al ministro
de Justicia que la mayor parte de los libros de Pérez de Tudela no se hallaban en la
Biblioteca Nacional por ser estos, mayormente, modernos. Como era de esperarse, por
haber sido su propietario un jurisconsulto de nota, dicha biblioteca estaba compuesta
principalmente por obras de derecho, lo cual le daba un valor adicional pues suplirían
en algo el vacío bibliográco existente en un medio como el peruano, en el cual era
difícil estar actualizado con las últimas publicaciones, más aún si eran europeas.
Sin demasiada demora, el gobierno dispuso la compra de la biblioteca de Pérez de Tudela,
debiendo destinar Vigil a un empleado para llevar adelante el proceso de encajonamiento
y conducción de los textos. Todo parecía indicar que el gobierno del general Pezet,
comprendiendo el valor de la biblioteca, estaba dispuesto a adquirirla sin mayor dilación,
pero no fue así. El 7 de octubre se determinó que se ofrecerían mil quinientos pesos por los
libros y los manuscritos en venta, incluyendo las obras duplicadas y truncas, así como la
estantería, corriendo por cuenta del vendedor su traslado al local de la Biblioteca Nacional.
A pesar de que se le estaba ofreciendo un precio mucho menor a la tasación inicial,
Vera respondió al gobierno el 12 de octubre aceptando tanto el nuevo monto como las
obligaciones señaladas por el gobierno50. Vigil debía iniciar el trabajo de clasicación de
los libros, a la vez que proponer al Ministerio las medidas que se adoptarían para su mejor
conservación. En el caso de los alegatos jurídicos inéditos dejados por Pérez de Tudela, por
ser parte de la historia del foro y fuente de estudios y consultas, se iniciaría su clasicación
por materias para dar lugar a un índice, siendo estos publicados por separado51. En dicha
labor, contaría con el apoyo de intelectuales y bibliólos competentes en la materia.
De modo similar a lo ocurrido con la biblioteca de Vicuña Mackenna, el Estado no estaba
dispuesto a gastar tanto en libros, siendo otras las prioridades. Y si al nal se optaba por la
compra, era tanto porque se pagaban montos inferiores a lo solicitado como para evitar las
críticas surgidas desde el campo intelectual por no darle importancia a estas situaciones.
En lo absoluto signicó el comienzo de un verdadero interés por la Biblioteca Nacional.
Pese a lo avanzado negociaciones, la transacción recién se efectuó en enero de 1864,
recibiendo la correspondiente cobertura de la prensa local, uno de ellos cuyos medios,
El Comercio, informó que “con esto el supremo gobierno ha querido manifestar que no
le es indiferente un lugar que debe atraer de preferencia sus miradas”52. Vigil comunicó,
asimismo, que la Biblioteca Nacional poseía cerca de treinta y cuatro mil volúmenes,
49 Según el ministro de Instrucción, el colegio de San Carlos “carece de una biblioteca, de un gabinete de
física y de historia natural y de un laboratorio de química, que son elementos indispensables para cursar
con provecho las facultades que funcionan” (Álvarez, 1864: 10). Similar situación pasaba el seminario
de Santo Toribio, cuyo rector solicitaba al ministro el envío de las obras duplicadas que pudieran
existir. AGN, MJ, leg. 70, doc. 1, 1863, f. 5.
50 Propuesta de venta de biblioteca. AGN, MJ, leg. 70, doc. 1, 1863.
51 “Sección de Instrucción”. El Peruano, 11 de noviembre de 1863, p. 1.
52 “Crónica”. El Comercio, 22 de enero de 1864, p. 5. Uno de los cronistas de dicho diario, ganado por el
entusiasmo, aseveró meses antes que “la rica librería que fue del distinguido señor Pérez Tudela, ha sido
comprada por el Supremo Gobierno y obsequiada a la Biblioteca Nacional”; cuando, en realidad, se estaban
niquitando aún los términos de la compra. “Crónica”. El Comercio, 19 de noviembre de 1863, p. 3.
42
Revista del Archivo General de la Nación 2024; 39(2); 29-48 Henry Barrera Camarena
“y que no cesan de aumentarse con el pequeño fondo que le está destinado”53. Vicuña
Mackenna (1879: XXV), exagerando un tanto, armaba que con este incremento de las
“colecciones americanas” de la Biblioteca Nacional, cuantitativamente podía equivaler
a las bibliotecas particulares juntas de intelectuales como Mariano Felipe Paz-Soldán,
Manuel Ferreyros, Sebastián Lorente y el general Manuel de Mendiburu. Según el
escritor chileno, todas estas bibliotecas “valen por todo lo que existía en los armarios de
la Biblioteca pública de aquella ciudad en las dos épocas en que la conocimos (1860 y
1866)”. No se puede negar que con la biblioteca de Pérez de Tudela aumentó la colección
bibliográca, tanto en cantidad como en calidad, pero tampoco se puede omitir el hecho
que, hasta entonces y posteriormente, el Estado le prestaba la mínima atención.
En la clasicación de los materiales, Vigil notó que varios impresos y manuscritos
estaban reunidos en algunos volúmenes cuya temática difería uno respecto del otro, por
lo cual tomó la decisión de desencuadernarlos con el n de volverlos a empastar pero
por orden de materia y de cronología54. Dicho esto, es ahora preciso estudiar la biblioteca
en sí misma: su propietario fue un hombre de letras que, a pesar de no publicar nada,
supo ganarse un nombre en el ámbito jurídico dado su amplio conocimiento en el campo
del derecho, habiendo destacado por sus ideas progresistas. Llama la atención que
una pequeña parte de su biblioteca haya estado compuesta por copias de manuscritos
coloniales, siendo un misterio el cómo y el cuándo fueron adquiridos.
Los libros de su biblioteca son el reejo el de su desenvolvimiento político y su
papel en el foro. Las posturas defendidas por Pérez de Tudela partieron de la exquisita
lectura realizada en sus libros de derecho, tanto clásicos como de las últimas novedades
impresas. Su amplio conocimiento en esta materia se debió a su singular biblioteca, a su
apego a la lectura y a su constante actualización del conocimiento legal. Tal es su mérito
que ni la propia Biblioteca Nacional poseía tales textos y, para ser alguien que no llegó
a tener publicaciones propias, es destacable su preocupación por forjar una biblioteca
como las hubo pocas en Lima. Una herramienta que pudo haber permitido conocer estos
libros fue el catálogo, el cual, lamentablemente, no ha llegado hasta nosotros salvo una
relación de algunos pocos materiales que lo comprendían (véase el cuadro nº 2).
Cuadro nº 2
53 “Crónica”. El Comercio, 22 de enero de 1864, p. 5.
54 AGN, MJ, leg. 70, doc. 95, 1864, f. 4.
Título
1“Historia de don Pedro Gasca, enviado a pacicar los reinos del Perú con otras cosas
notables de su tiempo, y entre ellas las instrucciones que le dio el rey Felipe II.
Relación del marqués de Montesclaros – del príncipe de Esquilache – del marqués
de Guadalcázar – del conde de Chinchón – del conde de Santisteban – de la real
audiencia gobernadora, por fallecimiento del conde de Lemos”.
2 “Relación del duque de la Palata”.
43
Estado, libros y guano: la Biblioteca Nacional y la adquisición de dos colecciones bibliográcas a principios de 1860
Estos manuscritos eran en su mayoría copias, salvo alguno original. Debido a que
el documento citado no precisa este punto, es imposible dilucidar cuantos de los
indicados fueron uno u otro. Por encima de ello, Tudela los unió en un solo volumen
titulado: “Noticia de las relaciones de gobierno que algunos de los virreyes del Perú
dexaron a sus sucesores, con las que igualmente dió la Real Audiencia Gobernadora,
con otros papeles relativos al gobierno de aquellos reynos”55. Durante el periodo
colonial, los virreyes debían enviar al rey de España un documento pormenorizado
sobre su labor al frente del gobierno considerando todos los aspectos posibles, el
mismo que entregaban también a su sucesor. De esta manera, se generaban dos
“juegos” de estos documentos: uno enviado a la metrópoli, y otro que quedaba en la
Secretaría de Cámara del Superior Gobierno, en Lima. De estos dos, aunque más del
primero, se reprodujeron luego copias por cuestiones de coleccionismo y estudio56.
En torno a las memorias o relaciones de virreyes que poseía la Biblioteca Nacional hasta
antes de la adquisición la biblioteca de Pérez de Tudela se tiene hasta dos referencias.
En primer lugar, José Toribio Polo (1899: 3) indica que al publicar Manuel Atanasio
Fuentes en 1859 los seis volúmenes de las Memorias de los virreyes del Perú57, empleó
55 Coincidentemente, por la misma fecha, se halló entre los documentos consignados un catálogo de los
manuscritos existentes en la Biblioteca Nacional de Santiago la relación de los virreyes duque de la Palata,
conde de Superunda, Manuel de Amat y Junient y el marqués de Avilés. Si bien no se hace ninguna precisión
sobre ellos, es claro que se trataba de copias. “Biblioteca Nacional. Noticia sobre la distribución de sus libros, i
catálogo de los manuscritos que contiene”. Anales de la Universidad de Chile, t. 22, pp. 295-303, 1863; p. 300.
56 De la relación del virrey Agustín de Jáuregui, por ejemplo, existen cuatro copias manuscritas, ubicadas
en la Biblioteca Nacional de España, la Biblioteca de Palacio, la Biblioteca de la Real Academia de la
Historia, todas en Madrid, y en la Biblioteca Nacional del Perú (Contreras, 1982: 54). El estudio más
completo en torno a las relaciones de los virreyes corresponde a Guillermo Lohmann Villena, 1959.
57 La publicación de estos valiosos documentos fue tomada como ejemplo por naciones como Argentina,
Colombia y México, pues “las ediciones relativas a estos países surgieron después que la de Fuentes y
con motivo, creemos, de que esta apareciese” (Contreras, 1982: 40).
Título
3“Del marqués de Castell fuerte (al n una vista scal fechada en Madrid con
motivo de la queja de Miguel Tagle, vecino de Buenos Aires contra el gobernador
Francisco Bacarelli)”.
4 “La relación autógrafa del conde de Superunda”.
5 “La misma relación en copia”.
6 “Contiene la relación del virrey Amat, dividida en tres partes”.
7 “La relación del marqués de Guirior, y varios papeles relativos a dicho señor, uno
de los papeles manuscrito y el otro impreso”.
8“La relación de Fernando de Abascal, aunque incompleta, no pasa de julio de
1812”.
Fuente: AGN, MJ, leg. 70, doc. 95, 1864.
44
Revista del Archivo General de la Nación 2024; 39(2); 29-48 Henry Barrera Camarena
las existentes en la institución limeña58, aunque no precisa si se trata de originales o
copias. Se hace hincapié en esto último debido a que, durante el siglo XIX, circularon
copias manuscritas de diversas relaciones de virreyes, especialmente en España. Luego,
el cosmógrafo mayor del Perú, Pedro Cabello (1862: 111) consigna la presencia de
copias de relaciones de los virreyes59. Asimismo, se observa que la relación más antigua
existente era la del marqués de Montesclaros (1607-1615). Con la llegada de la colección
Pérez de Tudela se notó un aumento en el número de relaciones del siglo XVII60. Los
manuscritos originales también formaron parte de la adquisición, entre ellos la Carta de
edicación del padre jesuita Diego de Torres Vásquez, de inicios del siglo XVII61.
El expolio sufrido por la Biblioteca Nacional durante la ocupación de Lima (1881-
83), llevó a que buena parte de sus colecciones fueran a parar a Chile. Se desconoce
si esa fue la suerte corrida por la biblioteca completa de Pérez de Tudela, aunque hay
pistas que lo prueban con al menos una parte de ella. Rubén Vargas Ugarte (1945: 90)
llegó a identicar, en el Archivo Histórico Nacional de Santiago de Chile, un tomo
manuscrito de memorias de virreyes debido a la presencia de la marca de propiedad
“Biblioteca del Dr. Manuel P. Tudela”. Asimismo, ostenta el sello de la Biblioteca
Nacional de Lima62.
Conclusiones
La bonanza económica del país como consecuencia de la exportación del guano se
reejó en diversos aspectos administrativos, políticos y sociales, y a través de la
realización de obras públicas y el aumento de la burocracia, alcanzando por primera
vez en el periodo republicano una hacienda pública relativamente estable. Los turistas
y viajeros que llegaban a Lima, sin embargo, observaban la desatención prestada a
la Biblioteca Nacional, principal espacio cultural del país: ínmo personal para la
custodia del patrimonio bibliográco y documental, falta de infraestructura adecuada
y ausencia de presupuesto para la compra de libros.
58 Estos virreyes fueron: el marqués de Montesclaros, el príncipe de Esquilache, el conde de Castellar, el
arzobispo Melchor de Liñán y Cisneros, el duque de la Palata, el marqués de Castelfuerte, el marqués
de Villagarcía, el conde de Superunda, Manuel de Amat y Junient, Teodoro de Croix, y Francisco Gil de
Taboada. En 1897, el Estado compra la biblioteca de Félix Cipriano Coronel-Zegarra, encontrándose
en ella la memoria del virrey Liñán y Cisneros, y aunque no se precisa su origen, se deduce que debió
ser de una copia en la propia Biblioteca Nacional de Lima, o en la de Madrid.
59 Las memorias listadas son las mismas que en el caso anterior, salvo por las dos últimas, y agregando a Jáuregui.
60 Del XVII tan solo faltaban las memorias del marqués de Mancera, el conde de Salvatierra, el conde de
Alba de Liste y el conde de la Monclova (el conde de Monterrey no hizo memoria). A las del XVIII,
solo se añadió la del virrey Guirior, en tanto que del siglo XIX se hallaba incompleta la de Abascal.
61 El primero en estudiar este documento fue Polo quien, en marzo de 1878, atribuyó su autoría al también
jesuita Juan Pérez de Menacho, recticándose luego de la precisión realizada por su amigo Enrique
Torres Saldamando, en 1882.
62 Se trata de: “Noticia de las relaciones de gobierno que algunos de los virreyes del Perú dexaron a sus
sucesores, con las que igualmente dió la Real Audiencia Gobernadora, con otros papeles relativos al
gobierno de aquellos reynos”. Y no fue lo único, pues reconoció también Vargas Ugarte (1945: 91) las del
marqués de Castelfuerte y de Gil de Taboada, presentando el sello de la Biblioteca Nacional de Lima.
45
Estado, libros y guano: la Biblioteca Nacional y la adquisición de dos colecciones bibliográcas a principios de 1860
La adquisición de las bibliotecas de Vicuña Mackenna y Pérez de Tudela, en estas
circunstancias, fue un hecho aislado que no se reejó, necesariamente, en un mayor y
continuo apoyo a la institución. Los recursos no se destinaron a implantar una política
de Estado que socorriera al sector. Coincidentemente, ambas bibliotecas fueron
ofrecidas casi en el mismo momento, entre 1862 y 1863, y a pesar de la favorable
situación scal del Perú no fueron adquiridas rápidamente, procediendo la venta solo
por haberse dispuesto una rebaja en el precio original.
De esta manera, la Biblioteca Nacional se nutrió de dos valiosas bibliotecas, tanto
por los materiales que la integraban como por su procedencia, asociadas al nombre
de intelectuales reconocidos y respetados en el medio. Mientras el escritor sureño se
ganaba un espacio en el campo histórico, convirtiéndose en un personaje inuyente en
su patria pocos años después, la biblioteca de Tudela llegó en los últimos meses de su
existencia, habiendo recorrido ya el ilustre tribuno los vaivenes de la vida y la política,
la cual le permitió ser un testigo activo del surgimiento de la república.
Referencias
Fuentes primarias
Documentos manuscritos
Archivo General de la Nación (AGN, Lima).
Ministerio de Justicia, Instrucción, Benecencia y Culto (MJ): leg. 70, docs. 1,
51, 74, 76, 85, 86, 90, 94, 95.
Protocolos Notariales: Manuel de Uriza, n° 977, 1858.
Ministerio de Relaciones Exteriores (MRE, Lima).
Archivo General y Documentación: Correspondencia, caja 122, carpeta 13,
1860; caja 127, carpeta 14, 1861.
Periódicos
Anales de la Universidad de Chile: 1861, 1863.
El Comercio: 1860, 1862, 1863, 1864.
El Peruano: 1863.
Impresos
Álvarez, Mariano (1864). Memoria que presenta el ministro de Estado en el
departamento de Justicia, Instrucción pública, Benecencia y Culto al
Congreso Nacional de 1864. Imprenta del Estado por E. Aranda.
46
Revista del Archivo General de la Nación 2024; 39(2); 29-48 Henry Barrera Camarena
Cabello, Pedro (1862). Guía política, eclesiástica y militar del Perú. Imprenta de José
M. Masías.
----------(1863). Guía política, eclesiástica y militar del Perú. Imprenta de José M.
Masías.
Congreso de la República (1860). Diario de debates del Congreso extraordinario del
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