Artculos Originales  
Revista del Archivo General de la Nación 2024; 39(2); 7-27  
El Museo Nacional del Perú como tecnología de  
poder colonialista, 1826-1828  
Jeremy Dioses Campaña1  
Resumen  
En este trabajo analizaremos la agencia del Museo Nacional del Perú en su génesis  
y sus primeros años de existencia, con el objetivo de examinar las permanencias  
del pensamiento colonial y su injerencia en la desarticulación del sujeto autóctono  
mediante la separación de dicho sujeto de su materialidad. En este sentido, la  
originalidad del texto no se encuentra en las discusiones ya desarrolladas por  
peruanistas sobre la descolonización, sino en el análisis del colonialismo y su  
injerencia en la mencionada separación entre el sujeto autóctono y su materialidad  
durante el siglo XIX. Asimismo, la preocupación por explorar esta realidad subjetiva  
ha sido motivada por las discusiones teóricas ya existentes sobre la necesidad de la  
producción epistemológica para la existencia del sujeto.  
Palabras claves: museo nacional, colonialismo, fetichismo, materialidad autóctona.  
The National Museum of Peru as a technology of colonialist power,  
1826-1828  
Abstract  
In this paper, we will analyze the agency of the National Museum of Peru in its  
genesis and its first years of existence, with the aim of examining the permanence  
of colonial thought and its interference in the disarticulation of the autochthonous  
1
Magíster en Historia por la Universidad Federal Juiz de Fora, Minas Gerais, especializado en narrativas e  
Citar como: Dioses, J. (2024). El Museo Nacional del Perú como tecnología de poder colonialist  
1826-1828. Revista del Archivo General de la Nación, 39 (2), 7-27. DOI:  
Recibido: 31/03/2025. Aprobado: 17/04/2025. En línea: 25/07/2025.  
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Revista del Archivo General de la Nación 2024; 39(2); 7-27  
Jeremy G. Dioses Campaña  
subject through the separation of this subject from its materiality. In this sense, the  
originality of the text is not to be found in the discussions already developed by  
Peruvians on decolonization, but in the analysis of colonialism and its interference in  
the aforementioned separation between the native subject and its materiality during the  
nineteenth century. The concern to explore this subjective reality has been motivated  
by the already existing theoretical discussions on the necessity of epistemological  
production for the existence of the subject.  
Keywords: national museum, colonialism, fetishism, indigenous materiality  
Introducción  
Los museos en el siglo XIX, fenómeno social de origen occidental, fueron instituidos  
como paradigma en América. Este hecho representó la aplicación de una técnica de  
control colonial que, por su naturaleza, intentaba validar las costumbres occidentales  
sobre las autóctonas a través de la creación de imaginarios sobre los componentes  
de la sociedad en donde se yerguen, y en donde lo occidental se percibe como lo  
civilizado y lo autóctono se considera atrasado. Por esta razón, los discursos que se  
desarrollaron tanto en Europa como en América estuvieron en función de mantener  
dicha jerarquización.  
Pero, ¿cómo se llevó a cabo en el ámbito de los museos?Apartir de las libretas de viajeros  
—preservadas en las colecciones del Musée du Quai Branly, las exposiciones del Museo  
Etnográfico de Ginebra, y las fuentes sobre el Museo Nacional del Perú en el Archivo  
General de la Nación— se ha podido observar que estas fuentes, lo que comparten,  
es la evidencia de la influencia del colonialismo sobre la materialidad autóctona, la  
cual es operacionalizada en el lenguaje, cambiando los nombres (significantes) para  
desvirtuar su significado. Y también por el fetichismo, que se incorpora para afectar a la  
materialidad, convirtiéndola en un objeto valorizado por elementos como la antigüedad,  
lo «raro», el material, entre otros indicadores, pero dejando de lado aspectos rituales o  
de otra índole, propios de su epistemología originaria.  
En efecto, la originalidad del presente trabajo se encuentra, precisamente, en la  
incorporación de espacios de discusión que aún no han sido objeto de un análisis  
exhaustivo, a diferencia de aquellos estudios consolidados sobre el colonialismo  
en otros ámbitos de la sociedad peruana, entre los cuales sobresalen las valiosas  
contribuciones de investigadores como Carmen Mc Evoy, Cecilia Méndez, entre otros.  
El colonialismo occidental, como sistema de pensamiento, ha estado presente en  
América desde la llegada de Colón hasta la actualidad. La primera representación  
cultural europea sobre el continente americano se encuentra en los escritos de  
Cristóbal Colón, especialmente en su diario y en la carta enviada a Luis de Santángel  
en 1493. En estos textos se formaron los primeros imaginarios occidentales sobre los  
habitantes del nuevo territorio, quienes más tarde serían denominados «americanos».  
La carta a Santángel, al ser impresa y difundida en Europa, tuvo un papel clave en la  
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construcción y propagación de esa visión inicial del «Nuevo Mundo». La construcción  
de esta visión se realizó en detrimento de los pobladores autóctonos y sentó las bases  
para representaciones posteriores, las cuales mantuvieron esta misma lógica.  
Es importante mencionar que Colón, además de ser el iniciador del colonialismo  
occidental en América, introduce en estos contextos el modelo del explorador y  
conquistador, el cual se manifiesta principalmente en el siglo XVI. Más adelante,  
este modelo va a cambiar, convirtiéndose en un explorador científico (siglo XIX),  
un viajero y un aventurero, entre otros modelos que forman parte del perfil del  
«colonizador blanco», concepto desarrollado por Akassi (2021).  
Dicha afirmación se sostiene en los puntos de encuentro existentes en la esencia de  
estos arquetipos. El primer elemento es su capacidad de reflexionar sobre la realidad,  
explicarla y ordenarla a partir de principios y valores creados en su sociedad, pues  
la capacidad de reflexionar le permite ser «sujeto». El segundo elemento es que lo  
«étnico» ha estado presente en el discurso de todos ellos, permitiéndoles sostener su  
auspiciosa posición en la estructura social; por esta razón, durante el siglo XIX hubo  
personas que deseaban integrarse a este grupo étnico, entendido como «blanco»2. El  
tercer elemento característico es que todos estos arquetipos tenían el propósito de  
destruir la cultura autóctona, y la práctica que les permitió consolidar sus intenciones  
fue la construcción de un imaginario que atacaba, en diferentes niveles, a los no  
europeos (autóctonos, africanos y asiáticos); no obstante, a los europeos se les  
reservaba una posición privilegiada en la estructura social3.  
A partir de esta lógica surgen preguntas fundamentales como: ¿qué es, y quién  
representa lo «civilizado»?, ¿qué significa «ser humano»? Estas preguntas, propias del  
contexto del siglo XIX, sirvieron como base para validar lo que podía ser considerado  
conocimiento legítimo, y qué debía ser descartado, adjudicándoles categorías como  
superstición o hechicería. Así, se legitimaba como «civilizado» a quien se ajustara  
a los esquemas occidentales, sucediendo lo opuesto con aquel que rechazara dichas  
formas y continuara practicando sus propios esquemas culturales.  
Esel«sujetocolonizadorblanco»quienimponesupropiaformademedir(dimensionar)  
la realidad, desplazando y subordinando otras epistemologías inherentes a las  
2
3
Realidad que puede ser observada en la omisión de los orígenes étnicos de algunos personajes de la  
época como Clemente Palma, por ejemplo.  
Para comprender mejor que los imaginarios son una invención propia de cada civilización, utilizada  
para interpretar la realidad, podemos analizar distintos ejemplos históricos. En el territorio que hoy  
conocemos como Perú existieron cronistas autóctonos que cuestionaron las prácticas de los europeos,  
entre ellos Huamán Poma de Ayala y, en algunas partes de su obra, el Inca Garcilaso de la Vega, quien  
también expresó críticas hacia los españoles.  
Sin embargo, esta visión crítica no es exclusiva de América, pues también se encuentra en otras regiones  
del mundo como el Japón actual. Entre las fuentes más tempranas que describen a los europeos de manera  
negativa se encuentran el Nihon Shoki, el Namban Jinbutsu Shi («Crónica de los personajes bárbaros del  
sur») y otras obras. En estos textos, los europeos son retratados con características físicas inusuales y  
costumbres consideradas toscas, reflejando la percepción que se tenía de ellos en ese contexto.  
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sociedades no europeas. Esta imposición no solo afectó el ámbito del pensamiento y  
la conceptualización del mundo, sino que también se manifestó en la interpretación y  
apropiación de producciones materiales construidas bajo lógicas ajenas a Occidente,  
imponiéndoles otras narrativas. En este caso específico, se refiere a la materialidad  
perteneciente a las sociedades andino-amazónicas4.  
Así, el colonialismo5, en su amplio espectro, no solo se compone de la creación de  
estos imaginarios (colonización de los imaginarios), sino también de la colonización  
física y, con ella, la destrucción de las formas culturales autóctonas y la posesión de  
sus bienes. Este último punto generó una práctica que se desarrolló constantemente  
en los espacios coloniales peruanos, llegando a ser incluso reglamentada en el período  
republicano.  
Al respecto tenemos a Miguel Luque Talaván (2012) quien ha tratado sobre los  
llamados «libros de las huacas» (espacios sagrados) en la época colonial y sobre  
cómo el gobierno de la Corona ejerció un control sobre la materialidad enterrada  
en el espacio invadido y dominado por los españoles. En dicha investigación, el  
autor subraya la promulgación de algunas leyes que nos parecen interesantes para  
entender lo que sería, posteriormente, el espíritu de la legislación del Estado peruano  
republicano con respecto a las huacas. De las leyes comentadas en el texto, resaltamos  
las siguientes:  
«— Que en descubrir tesoros se guarde la forma desta ley» (Ley 1, Título 12,  
Libro 8).  
«— Que de los tesoros hallados en sepulturas, oques, templos, adoratorios,  
ò heredamientos de los Indios, sea la mitad para el Rey, haviendo sacado los  
derechos, y quintos» “ (Ley 2, Título 12, Libro 8).  
«— Que el que hallare sepulturas las registre» (Ley 3, Título 12, Libro 8).  
«— Que en el descubrimiento de tesoros, Guacas, enterramientos, y minas se  
guarde con los indios lo ordenado con los Españoles» (Ley 4, Título 12, Libro 8).  
«— Que los Visitadores, è Iglesias no tienen derecho à los tesoros, ni bienes de  
Adoratorios, y Guacas, y el ganado se aplique al Rey» (Ley 5, Título 12, Libro 8).  
«— Que no se traigan Indios a buscar sepulturas, ni hazer hoyos para sacar  
tesoros» (Ley 14, Título 10, Libro 6).  
A partir de estas normativas, se puede reconocer que la Corona española tenía como  
objetivo primordial la separación del nativo y su creación, que se manifiesta en esta  
materialidad. Esto dio lugar, por tanto, a un acercamiento legal de los occidentales  
y occidentalizados a la materialidad autóctona, lo que resultó en el desplazamiento  
y la marginalización de sus creadores, así como en la adquisición legal de estas  
manifestaciones culturales.  
4
Clasificación realizada por Javier Lajo (2005).  
5
Sobre colonialismo, véase: Akassi, 2022: ------; Lajo, 2005: -------; Dioses, 2020: 5-15; Dioses &  
Olender, 2023.  
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Con la emergencia de la República, no cambia la estructura social, lo cual se puede percibir  
a través de los textos citados anteriormente. Una de las explicaciones que clarifican cómo  
se estructura la realidad social posterior al período colonial, permitiendo su adaptación a  
nuevos contextos políticos y sociales, es la de John Scott (2011), quien afirma que esta  
es el resultado de la confluencia de las estructuras institucional y relacional, funcionando  
la primera como una norma que regula el comportamiento de los individuos y creando,  
asimismo, un marco que permite a los individuos actuar, sometiéndose a esos límites.  
La estructura institucional comprende, entonces, los grupos de expectativas normativas  
que forman la organización esquelética de un sistema social. Las instituciones se  
sostienen a través de una red de creencias entrelazadas y reglas de acción que se  
mantienen en las mentes individuales como conocimiento disperso, y se reproducen o  
transforman mediante la interacción comunicativa (Scott, 2011: 159-).  
Sin embargo, las normas no siempre son respetadas, por lo cual la estructura relacional  
cumple un papel clave al reforzarlas y prevenir su desacato mediante incentivos morales,  
logrando que los sujetos acaten las reglas, ya sea por obligación o por convicción moral. El  
aspecto relacional de esta última, comprende patrones reales de asociación y circulación  
entre agentes. La asociación es «interacción y comunicación social recurrente» a través de  
la cual se transmiten los mensajes y se transmiten las actitudes (Scott, 2011: 159).  
Los estudios en historia de las instituciones confirman que la estructura social colonial  
se mantuvo en la posindependencia, pudiendo mantenerse gracias a la continuación  
de las viejas instituciones, con tan solo cambios superficiales y por el mantenimiento  
de las prácticas sociales (Basadre, 1971). Así, dentro de este espectro, se encuentran  
las prácticas en detrimento de la materialidad autóctona, las cuales fueron continuadas  
por el Estado a través de su órgano: el Museo Nacional del Perú.  
El Museo Nacional del Perú, su tiempo y sus agentes sociales  
Fue creado en 1822 por José de San Martín, José Bernardo de Tagle, Bernardo de  
Monteagudo y Mariano Eduardo de Rivero. Tanto por el contexto como por la estructura  
social, heredada del periodo colonial, su naturaleza se orienta a tener como paradigmas  
losesquemasoccidentalesquevanaayudaradefinirsusdosgrandestópicos:locivilizado  
y lo que es humano, entre otros de menor relevancia, que se discutían constantemente en  
la época. Es decir, el museo será un mecanismo de clasificación de la realidad, utilizado  
desde una plataforma de pensamiento o epistemología occidental.  
Lo descrito no es una realidad exclusiva del Estado peruano, sino lo común en la América  
española, tal como señala Tomás Pérez Vejo (2012) para el caso argentino, y el de otros  
países de la región, los cuales buscaban construir, a través de las emergentes disciplinas  
académico sociales, un discurso que les permitiera relacionar su pasado con grupos étnicos  
occidentales. Específicamente, lo relacionaban con el llamado grupo étnico «ario», el cual  
no está muy bien definido, pero que era considerado en el siglo XIX como una etnia  
civilizada. Entonces, la relación entre los arios y cualquier etnia autóctona era utilizada  
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como un aval ante las sociedades occidentales de que los Estados nacionales americanos  
provenían de un pasado civilizado, y por eso los museos americanos se convirtieron  
en espacios utilizados para exponer esta característica que se atribuía a estos Estados  
nacionales. Asimismo, este fenómeno sucedió en otros espacios de la sociedad.  
Por sus propias características, bibliotecas nacionales como las de México, Santiago  
y Lima se convirtieron durante el siglo XIX en el refugio de eruditos historiadores y  
bibliógrafos. Ellas hicieron posible los trabajos de Joaquín García Icazbalceta y Mariano  
Beristáin en México; Manuel de Odriozola, José Toribio Polo, Manuel de Mendiburu y  
Mariano Felipe Paz-Soldán, en el Perú; José Toribio Medina y Gabriel René Moreno, en  
Chile. Dichas instituciones, lejos de convertirse en dinámicos centros de investigación y  
cultura, se constituyeron en una suerte de museos bibliográficos que terminaron realizando  
el ideal inspirado en la Ilustración de servir a «todas las personas» cultas, traicionando así  
su propuesta de atender a un mayor universo social (Guibovich, 2002: 581).  
En lugar de transformarse en espacios que atendieran los intereses de toda la nación, las  
bibliotecas nacionales se convirtieron en instituciones elitistas que, lejos de representar  
la diversidad cultural del país, sirvieron para construir discursos hegemónicos sobre la  
versión criolla de la identidad nacional. Estos discursos, sin embargo, fueron formulados  
desde la perspectiva de una élite minoritaria que definió los aspectos del pasado a ser  
preservados y el modo como debían ser interpretados. Al analizar este fenómeno en  
un contexto más amplio, podemos observar que no se trata de un caso aislado, sino de  
un patrón que atraviesa todos estos espacios en América: sociedades de conocimiento,  
bibliotecas y museos, entre otros agentes que operan en ese sentido. Entonces, estamos  
frente a un fenómeno aun más complejo de lo que se podría pensar inicialmente.  
En adición, Pérez Vejo (2012) menciona la relación decimonónica existente entre  
Estados nacionales, museos y ciencia, existiendo otras variantes además de la triada  
mencionada anteriormente pues, para existir, los museos necesitan las «búsquedas de  
tesoros», las cuales van vinculando a los aventureros, expedicionarios y científicos.  
Esta última característica es la que ha alimentado la colecciones tanto en el Perú como  
en el resto de la América española.  
Podría pensarse que la emergencia del museo nacional constituye una síntesis de las  
expresiones colonialistas que atacaban la materialidad autóctona, en un marco que le  
otorga el carácter de científico. Esto se puede observar en la agencia de los miembros  
del museo. Por esta razón, no es una casualidad el surgimiento de Mariano Eduardo  
de Rivero6, quien, como depositario y reproductor del pensamiento colonial, asume  
el cargo de director del Museo Nacional tras participar de su fundación, en 1826. Es  
6
Mariano Eduardo de Rivero provenía de una familia criolla de la ciudad de Arequipa, sus padres fueron  
Antonio Salvador de Rivero y Araníbar, capitán del Ejército Real del Perú, y María Brígida de Ustáriz y  
Zúñiga. Estudió en el Seminario de San Jerónimo de Arequipa, al sur del Perú; continuó su formación en  
Europa, específicamente, en la Academic Institution en Highgate de Londres, y en París. A partir de sus  
orígenes familiares y también de su formación, sabemos que la agencia de Rivero fue propia de un depositario  
y reproductor del colonialismo, encarnando la postura de los arquetipos explicados al inicio del texto.  
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producto de su proximidad a la materialidad autóctona, que Rivero reproduce en su  
obra de 1851 una visión occidental en detrimento de las poblaciones autóctonas. En  
este contexto, hay evidencia de textos publicados que constituyen la continuación de  
otros correspondientes a períodos anteriores, y que abordan la materialidad autóctona  
concebida como monumentos o «preciosidades gentílicas»7.  
En este vasto universo de textos, el de Rivero ocupa un lugar destacado por ser el único  
manual peruano sobre materialidad autóctona elaborado durante ese período. Aunque  
su enfoque principal es la materialidad autóctona, el autor resalta la importancia de  
disciplinas como la zoología, la fisiología, la botánica y la petrología, entre otras, las  
cuales, según él, habrían contribuido a la construcción de la historia. Dicha reflexión  
no surge de manera aislada, pues Rivero se había formado en Francia, en la Escuela  
de Minas y en el Jardín Botánico, coincidiendo por ello su perspectiva con la visión  
occidental, que incluye estos otros dominios:  
Las investigaciones zoológicas y fisiológicas, la botánica y la petrología, forman la  
base de la historia física de un país y constituyen sus fastos, como las tradiciones  
orales, monumentos, inscripciones y anales son los elementos indispensables para la  
síntesis histórica bajo el aspecto político y moral. Como al historiador propiamente  
dicho, cabe al antropologista ó sea al historiador físico, la estrecha obligación de  
no dejarse descarriar por preocupación alguna, hacer uso cuerdo é imparcial de  
los materiales que posee, buscar sinceramente la verdad, y admitirla sin hesitación  
una vez hallada, aun cuando por su naturaleza tendiese á desmoronar nociones  
abrigadas desde la infancia y apoyadas en el dictamen universal (Rivero, 1851: 21).  
En adición, este texto busca comprender la posición de los peruanos en el contexto  
global y utiliza esta plataforma para argumentar que, aunque existen algunas  
poblaciones consideradas atrasadas, los incas representan la principal evidencia para  
consolidar la identidad del Perú como un Estado-nación con un pasado civilizado.  
Esta herencia, según el texto, sigue presente en la sociedad peruana. Por esta razón,  
en el discurso dirigido al Congreso de la República del Perú, al inicio del libro, el Dr.  
Mariano Rivero y el Dr. Juan Diego Tschudi mencionan lo siguiente:  
Siglos han transcurrido sin que el Perú posea una colección de sus antiguos  
monumentos arqueológicos, que el tiempo, la codicia y superstición destruyeron  
en parte. Estos testigos mudos pero elocuentes, revelan la historia de sucesos  
pasados y nos muestran la inteligencia, poder y grandeza de la nación que  
rigieron nuestros Incas (Rivero, 1851, p. s.n.).  
7
En este sentido, han escrito diversos virreyes, así como el «Inca» Garcilaso de la Vega (1609) y  
Guamán Poma de Ayala (1615), entre otros. Es decir, los autores que escribieron sobre la materialidad,  
usando otros términos, han estado presentes a lo largo de los períodos colonial y republicano.  
Durante el siglo XIX, la producción bibliográfica sobre esta temática aumenta considerablemente, y autores  
como Pascal Riviale (2000) desarrollaron estudios relevantes al respecto. Asimismo, tenemos los diarios  
de viajeros, entre ellos los de europeos como Jules Crevaux (1883), quien describe los objetos materiales  
encontrados a lo largo de su recorrido por América mientras buscaba la mítica ciudad de «El Dorado».  
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Por lo tanto, las producciones materiales realizadas específicamente por los incas se  
presentan como portadoras del legado de la civilización. De este modo, se refuerza  
la idea de una supuesta inferioridad racial de los nativos, al tiempo que se destaca  
la influencia de los pueblos arios en los incas como un factor que habría permitido  
superar dicha condición. Sobre todo, se enfatiza la relación entre lo incaico y la  
materialidad para construir un imaginario que valide al Estado peruano como portador  
de la civilización.  
Por todo lo expuesto, el libro Antigüedades peruanas (1851), de Mariano Rivero  
y Juan Diego Tschudi, es una de las obras más significativas del siglo XIX, tanto  
por su aporte al estudio de la materialidad autóctona como por su influencia en la  
construcción del discurso sobre la identidad y la historia del Perú. Además, lo  
mencionamos porque esta obra representa, en esencia, una proyección de la visión  
del Museo Nacional del Perú, dado que fue escrita al final de la gestión de Rivero  
como director de la institución, estableciendo qué elementos del pasado debían ser  
recordados y estudiados como parte del legado cultural del país. Queda absolutamente  
claro que, entre todas las posibles representaciones del pasado, se eligió priorizar  
la materialidad inca como un medio para encajar en los paradigmas de civilización  
impuestos por Europa.  
En ese sentido, comenzamos a vislumbrar algunas ideas iniciales. El modelo de  
sujeto autóctono civilizado, que podría ajustarse a los esquemas occidentales, es  
representado por los incas. Sin embargo, no se trata de los incas reales ni de sus  
verdaderos herederos, sino de una versión idealizada que responde a los discursos  
hegemónicos de la época y a las necesidades de legitimación del Estado-nación. Sin  
embargo, aunque este imaginario del inca sea importante en este periodo, ya ha sido  
trabajado con amplitud por peruanistas con aportes significativos.  
Méndez (2014) muestra cómo el imaginario incaico se mantuvo como modelo político  
y cultural en las poblaciones autóctonas o en grupos humanos jerárquicamente menos  
favorecidos en el área de Huanta. Y, aunque se haya concentrado en esta región, sus  
hallazgos permitieron inferir que dichas formas de pensamiento y práctica política  
podrían haber tenido resonancia en otras regiones del país. Desde un enfoque propio  
del arte, Majluf (2009) sostiene que las élites criollas del siglo XIX adoptaron la figura  
del inca como símbolo nacional, aunque lo hicieron a través de una imagen romántica,  
mestiza y despolitizada. A su vez, Flores-Galindo (2021) analiza la construcción de  
una identidad andina articulada en torno a lo que denomina «utopías andinas» y la  
persistencia del mito del inca como símbolo de justicia y orden social. Por su parte,  
McEvoy (1997) estudia la formación del pensamiento político moderno en el Perú,  
sosteniendo que entre 1871 y 1919 se desarrolló una «utopía republicana» en el Perú;  
sin embargo, en lo que concierne a nuestros intereses, resalta que el discurso civilista  
y republicano rara vez integró, realmente, lo «indígena» como sujeto político.  
Apartir de lo expuesto, es necesario precisar que el aporte del presente trabajo no tiene  
como foco la idealización de lo incaico, ni la marginalidad a la que fueron sometidos  
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los grupos subalternizados de origen autóctono. Nuestro foco es la agencia del Museo  
Nacional peruano como un mecanismo colonizador que logra separar al sujeto real de  
su «objeto», al que aquí denominamos materialidad. Esta dinámica reforzó la ruptura  
de la relación natural y orgánica que existe en todas las sociedades entre el sujeto y su  
materialidad, consolidando una mirada fragmentada y distanciada del pasado.  
Hasta este punto hemos examinado brevemente la composición institucional y la  
participación de los agentes que conforman esta maquinaria, la cual, a través de sus  
prácticas, perpetúa el colonialismo. Esto se manifiesta en la distorsión de la realidad  
histórico-social de los incas y en la separación artificial entre el sujeto y su «objeto»,  
reforzando así una visión fragmentada y ajena del pasado.  
Asimismo, este análisis nos permite comprender las respuestas que se formularon  
en ese contexto sobre quién era considerado humano y civilizado. Entonces,  
complementando la información de los estudiosos acerca del imaginario sobre lo  
incaico, para Mariano de Rivero, el «humano» no era el inca real, sino un «inca  
idealizado» o, como lo llama Majluf, una imagen de un inca romantizado que se  
ajustaba a los parámetros occidentales de civilización.  
Las prácticas y sus elementos  
Las distorsiones sobre los incas y la separación del sujeto autóctono de su materialidad  
constituyen el resultado final de un conjunto de prácticas que, de manera sistemática y  
con la participación del Museo Nacional del Perú, han construido. Estos imaginarios  
han sido naturalizados en la memoria colectiva nacional, que, a su vez, se alimenta de  
la historia que el Estado nacional peruano ha decidido plasmar de un modo específico,  
consolidando así una narrativa oficial que perpetúa dichas representaciones.  
Pero, ¿qué es una práctica? Desde las ciencias sociales, el concepto de práctica ha  
sido ampliamente trabajado. Anthony Giddens (1995) propone que las prácticas son  
el resultado de la interacción entre la estructura y los agentes, es decir, una dinámica  
en la que los individuos y las instituciones se influyen mutuamente.  
Por su parte, Michel de Certeau (2000) sostiene que son las prácticas cotidianas las que  
confirman y reproducen un determinado pensamiento en la sociedad. La historia ofrece  
múltiplesejemplosqueilustranesteesquemaplanteadoporDeCerteau. Uncasoconcreto  
es el desacato de una norma o ley, que con el tiempo puede derivar en su anulación. Esto  
se evidenció en las medidas dictadas por el virrey Manso de Velasco tras el terremoto  
de Lima de 1746, las cuales fueron desobedecidas, generando transformaciones en la  
aplicación de la legislación, como lo ha estudiado Walker (2009).  
Este hecho histórico nos muestra la importancia de las prácticas en el desarrollo de las  
sociedades. En tanto que en el espacio del Museo Nacional han sido las prácticas que han  
moldeado no solo la selección y representación del patrimonio, sino también la manera  
en que se construye y legitima el conocimiento sobre la historia y la identidad del país.  
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Entonces, las prácticas en el Museo Nacional del Perú están claramente influenciadas  
por esa estructura y por la reafirmación constante de la epistemología occidental en su  
quehacer cotidiano. En este sentido, los agentes del museo han desempeñado un rol clave  
en la actualización y reproducción de elementos heredados del periodo colonial. Entre  
estas prácticas se encuentran la posesión y gestión de materialidad autóctona —actividad  
que, de manera indirecta, fomentaba las excavaciones—, la formación de colecciones y la  
preservación y exhibición de la materialidad bajo el rótulo de «lo nacional». Este concepto de  
nación, sin embargo, busca representar una totalidad poblacional homogénea, invisibilizando  
las particularidades culturales y étnicas que conforman la diversidad del Perú.  
Pero, ¿por qué estas prácticas pueden considerarse colonialistas? Principalmente,  
porque dan continuidad a un sistema de pensamiento establecido durante el periodo  
colonial, perpetuando estructuras de poder y control sobre el conocimiento y la  
materialidad autóctona8. Además, incorporan paradigmas occidentales que el Estado  
peruano busca alcanzar y validar como parte de su proyecto modernizador.  
Estas afirmaciones encuentran sustento en cartas y documentos oficiales relacionados  
con el Museo Nacional del Perú. En el contexto de su creación, la intención de reunir  
colecciones fue evidente, como lo demuestran registros documentales que detallan la  
recopilación de libros, piezas museables y otros objetos de valor histórico y cultural.  
Estos documentos reflejan un esfuerzo sistemático por conformar un acervo que, si  
bien buscaba preservar el patrimonio, también respondía a los paradigmas occidentales  
de clasificación, exhibición y representación del pasado.  
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La narrativa museológica no la conocemos con exactitud porque carecemos de fuentes que nos  
proporcionen esa información; sin embargo, existen listas de elementos que nos permiten observar la  
intencionalidad de conservarlas. Esto nos lleva a una idea de jerarquizar qué elementos son aquellos  
que se entienden como más valiosos que otros.  
Como se ha señalado, de acuerdo con la documentación encontrada, el Museo estaba conformado  
por colecciones que consideran tres tipos de «objetos»: minerales, para reconocer la riqueza del país;  
fósiles, para reconocer su contexto y también por la influencia de científicos preocupados por este  
tema, como Darwin, y nuestro foco, que es la materialidad autóctona.  
Asimismo, tanto los textos como la jerarquización de los objetos dentro del Museo responden a los  
esquemas occidentales sobre qué debe ser preservado como parte de la historia del Perú. Esta selección  
no solo determinó qué elementos eran dignos de conservación, sino que también definió una narrativa  
histórica en la que ciertos aspectos del pasado fueron llevados al siguiente nivel que es: la exaltación.  
En este sentido, podemos considerar que, al exaltar la organización social multiétnica de los incas, se  
suprimieron otras memorias, imponiendo una narrativa que ni siquiera preservaba genuinamente el  
recuerdo inca, sino una versión occidentalizada de su historia.  
Por otro lado, la existencia de estas listas representó la primera o una de las primeras veces que se aplicaba  
el registro escrito en la historia republicana como un mecanismo institucionalizado para la preservación  
de información sobre materialidad autóctona. Este proceso se llevó a cabo dentro de una institución  
creada específicamente para resguardar las memorias del Estado nacional peruano, estableciendo así un  
criterio oficial sobre qué debía recordarse y conservarse como parte del legado histórico del país.  
Con la institucionalización de estas listas también se estableció el uso oficial de un lenguaje técnico  
aplicado a las materialidades. Este aspecto es crucial, ya que conlleva otro fenómeno: la invisibilización de  
las nomenclaturas originales en favor de términos que desdibujan por completo su matriz epistemológica  
autóctona. Así, un objeto sagrado pierde su connotación original y es reducido a una categoría como  
«objeto precioso gentílico». Es así que se realiza una transformación conceptual que modifica su  
naturaleza conceptual sacra a una naturaleza propia del mercantilismo o de un capitalismo inicial.  
16  
El Museo Nacional de Perú como tecnología de poder colonialista, 1826-1828  
En una carta del 25 de abril de 1826, José Pérez de Vargas le escribe al ministro de  
Estado del departamento de Gobierno, informándole que reiteradas veces le había  
escrito al bibliotecario D. Joaquín Paredes y que este último había hecho caso omiso a  
sus constantes solicitudes de donación de libros para la biblioteca del Museo.  
El capricho, terquedad, y especiosos pretextos de que se ha valido el bibliothecario  
D. Joaquin Paredes para desentenderse de dar al debido cumplimiento á las  
próvidas ordenes, que el Supremo Gobierno se dignó espedir á fin de que se me  
entregase un ejemplar de los libros de humanidades, que ecsisten duplicados en  
la biblioteca nacional, me obligan a importunar de nuevo a VS. Reclamando de  
dicho Paredes el cumplimiento de tan benefica orden9.  
Sin embargo, lo relevante de esta comunicación no es la persona que decidió ignorar  
la solicitud de los libros, sino la intención de José Pérez de Vargas, director del  
Museo Latino, de incorporar al Museo Nacional del Perú libros de diversos géneros,  
en su mayoría de historia occidental, literatura y otros campos del conocimiento  
alineados con la tradición intelectual europea. Esta elección refuerza la orientación  
epistemológica del Museo, evidenciando cómo, desde sus inicios, la institución no  
solo recopiló materialidad autóctona, sino que también promovió un marco conceptual  
occidental para interpretar y organizar el conocimiento. «Por mejor decir un caso de  
varios autores griegos y latinos, cómicos y oradores, historiadores y poetas»10.  
Posteriormente, en 1826, el Dr. Mariano de Rivero envió una carta al ministro del  
Interior solicitando el envío de piezas relacionadas con la historia natural para su  
preservación en el Museo Nacional del Perú. Esta petición refuerza la idea de que el  
Museo no solo buscaba consolidarse como un espacio de resguardo de materialidad  
autóctona, sino también como una institución alineada con los modelos museográficos  
occidentales, en los cuales incluían colecciones de otros dominios, como en este caso  
elementos de la historia natural.  
Contestese haber resuelto S. E. el C. de G. se imprima la circular a los Prefectos  
para que soliciten y remitan las preciosidades de historia natural que se  
encuentraren en sus respectivos Departamentos para formar el Museo Nacional,  
y que el Bibliotecario franquee las salas consernientes = Que S.E. quiere se ocupe  
por ahora exclusivamente del descubrimiento de la veta de carbon de piedra de la  
Ysla San Lorenzo—: y que S.E. se encargara oportunamente de tomar su comida  
razion los objetos aquí11.  
9
José Pérez de Vargas al ministro de Gobierno (Lima, abr. 25 de 1826). AGN, MJB, MN, leg. 72,  
doc. 3, f. 1.  
10 José Pérez de Vargas al ministro de Gobierno (Lima, abr. 25 de 1826). AGN, MJB, MN, leg. 72,  
doc. 3, f.  
11 Mariano Eduardo de Rivero al ministro del Gobierno (Lima, mar. 14 de 1826). AGN, MJB, MN, leg. 72,  
doc. 5, s.f.  
17  
Revista del Archivo General de la Nación 2024; 39(2); 7-27  
Jeremy G. Dioses Campaña  
Dos años después, en 1828, María Rosa de la Piedra y Lequerica denuncia al francés  
Julio Russon por haber excavado en su propiedad: «El domingo primer dia de Pascua  
ha hecho excabar una huaca de mi propiedad el comerciante francés Don Julio  
Russon»12. En la cita podemos observar que hace referencia a la excavación, sin su  
consentimiento, de una huaca en una festividad religiosa judeocristiana. Esa referencia  
es un testimonio claro de la imposición cultural sobre las prácticas de religiosidad  
local, en donde se utiliza un tiempo religioso judeocristiano para vulnerar una huaca,  
y se impone también el criterio de propiedad a todos los otros significados que puede  
poseer un espacio ritual como lo es una huaca para las poblaciones autóctonas.  
A través de los escenarios expuestos, podemos entender que existen prácticas  
desarrolladas sobre una matriz de pensamiento colonialista y occidental que atacan  
la conexión natural existente entre el sujeto y su producción cultural —llamada en  
este caso materialidad—. A estas prácticas añadimos que el lenguaje fue utilizado  
para cambiar su denominación original y superponer un concepto occidental a un  
significado autóctono, generándose una incongruencia entre significante y significado.  
«[…] su resultado no me es indiferente al saber con evidencia mantiene este caballero  
en su poder varias preciosidades gentílicas que me ha extraído de la mencionada  
huaca» (ibidem). Al colocar el término «preciosidad gentílica» a un espacio entendido  
por las sociedades autóctonas como sagrado, se genera una incongruencia entre el  
significante impuesto por los occidentales y el significado original autóctono.  
En este mismo contexto del siglo XIX, el francés Léonce Angrand escribió un  
cuaderno denominado «Antigüedades peruanas y mexicanas», fechado entre 1833  
y 1839, años que coinciden con su estancia como vicecónsul en Lima. La relación  
entre este diplomático francés y la señora María Rosa de la Piedra radica es que  
ambos emplean nomenclaturas que reflejan las tensiones y debates en torno a la  
interpretación de la materialidad producida en estos espacios. Mientras Angrand,  
desde su perspectiva occidental, se centra en las «antigüedades» como objetos de  
estudio y erudición, De la Piedra, desde su posición de peruana, también reproduce  
conceptos colonialistas que nacen del mercantilismo —por preciosidad— y de una  
matriz de pensamiento religioso —por el término de gentiles—. En efecto, se observa  
que conviven conceptos creados en el contexto colonial con conceptos creados en el  
contexto republicano, todos enraizados en el colonialismo.  
12 María Rosa de la Piedra y Lequerica al ministro de Gobierno (Lima, abr. 9 de 1828). AGN, MJB, MN,  
leg. 72, doc. 7.  
18  
El Museo Nacional de Perú como tecnología de poder colonialista, 1826-1828  
Ilustración 1. Carátula del cuaderno de anotaciones de huacos  
Fuente: Le musée du quai Branly, 2022  
El Dr. Mariano de Rivero, quien fuera el director del Museo Nacional del Perú, escribió  
una obra en la que, de manera evidente, reflejó su experiencia acumulada durante  
varios años en dicho puesto. La repetición de ideas propias de la cultura occidental  
fue un elemento presente a lo largo de su libro. Pero, como toda persona, que se ha  
desarrollado en un contexto de colonización, presenta ideas aparentemente ambiguas;  
sin embargo, son comprensibles en un contexto en donde les exigen ser pendulares y  
modificar su posición según sea conveniente. En este sentido, durante la creación del  
Estado republicano peruano emergen ideas de diferenciación con los colonizadores  
españoles. Por eso, Rivero construye un discurso resaltando las bondades de las  
producciones culturales, en detrimento de lo occidental.  
Vana empresa seria indagar la edad positiva de estos monumentos, faltando todo  
apoyo para la investigación; solo si resulta que son de una época anterior á la  
llegada del primer Inca, y que tanto el Perú como Méjico, se hallaban en aquel  
entonces en estado mas avanzado en las artes que la mayor parte de las naciones  
de la Europa Septentrional (Rivero, 1841, p. 210).  
19  
Revista del Archivo General de la Nación 2024; 39(2); 7-27  
Jeremy G. Dioses Campaña  
Incluso, en un esfuerzo por localizar el origen de lo que él entendía por civilizado en  
el Perú, formula conjeturas que sugieren esta posibilidad.  
El estudiar las obras artísticas peruanas, desde la más mezquina vasija de barro,  
salida de manos del rústico alfarero, y del ídolo rudimentario, tosco ensayo del  
platero, hasta los monumentos asombrosos de esa admirable arquitectura, á cuya  
construcción concurrían millares de seres; se ocurre naturalmente esta pregunta:  
si las artes tuvieron su origen en el Perú y emanaron de la evolución progresiva  
de sus habitantes primitivos: ó si, procedentes de otro hemisferio, fueron frutos  
derramados en el nuevo suelo por el gran reformador de la civilización y sus  
sucesores (Rivero, 1841, p. 209).  
Lo cierto es que, a pesar de los esfuerzos que realiza por diferenciarse de lo occidental,  
no logra salir de los conceptos proporcionados por estas sociedades y reproduce sus  
categorías, afectando la base epistemológica propia de la región, que había sido  
desarrollada durante varios siglos por los grupos humanos presentes en esos espacios13.  
En ese sentido, al ser un reproductor del colonialismo occidental, Rivero forma parte  
de los casos anteriores comentados en este subtítulo.  
Y, al igual que el lenguaje, otro elemento que tienen en común es que mantienen la idea  
de un culto por los elementos materiales, pero este culto, obviamente, era concebido  
desde una visión occidental. Razón por la cual un ídolo que se consideraba vivo, e  
interactuaba con la comunidad en su cotidianeidad, comienza a ser tratado por el  
museo como un elemento que debía integrar una colección, desnaturalizando toda la  
estructura epistemológica que le dio origen a este elemento. Por eso, Rivero reconocía  
que los pobladores autóctonos tenían una manera distinta de entender estos elementos:  
«Llamaban al oro lágrimas que lloraba el Sol y lo extraían de las minas y lavaderos de  
los ríos, encontrando á veces pedazos de 35 á 40 onzas, y aun mas» (Rivero, 1841, p.  
214). Esta observación sobre cómo entendían la materialidad los pobladores autóctonos  
es una expresión clara de las distancias epistemológicas que tenía Rivero, por ser  
depositario de conceptos occidentales, al acercarse a las producciones materiales.  
En ese sentido, es necesario analizar brevemente el marco desde donde pensaban la  
materialidad los sujetos occidentales y occidentalizados de este periodo. El culto a  
las «preciosidades», «antigüedades», «objetos», no es otra cosa que fetichismo por lo  
material ya analizado por sus propios intelectuales europeos14.  
Este fetichismo consiste en centrar la atención en los llamados «objetos», desligándolos  
de sus contextos culturales y sociales originales, para luego construir a partir de ellos  
un discurso sobre la civilización. En este sentido, la acumulación y exhibición de  
13 Podemos ver una continuidad de un pensamiento creado en esta región a través de las civilizaciones  
posteriores. Pues, hay iconografía y tecnologías que comparten todas estas civilizaciones, localizadas  
en diferentes periodos. Para más información, ver: «Caral: La civilización más antigua de América» de  
Ruth Shady (2003, 2010, y ediciones actualizadas).  
14 Ver al respecto el texto: «Consideraciones intempestivas», publicado en 1874.  
20  
El Museo Nacional de Perú como tecnología de poder colonialista, 1826-1828  
materialidad no solo servía para documentar el pasado conforme a la visión del Estado  
nacional, sino que también legitimaba la idea de ser portadores de la civilización por  
sus antepasados. Entonces, los Estados nacionales americanos del siglo XIX utilizaron  
sus museos como instrumentos para reafirmar su aspiración de modernidad y progreso  
bajo los parámetros impuestos por Occidente.  
En la realidad occidental, el sujeto se vincula con el objeto en otra lógica, salvo por algunas  
semejanzas a la existente en América. Para Violette Morin (1971), el sujeto y el objeto  
se relacionan en un marco filosófico, ejecutando esta exploración a través del concepto  
de sujeto biográfico, el cual forma parte de la intimidad activa del usuario. Así, ambos  
se utilizan y modifican recíprocamente, y envejecen en forma conjunta. Además, estos  
objetos pueden, incluso, dejar de ser funcionales y ser valiosos por las cargas emocionales  
depositadas por sus usuarios. Lo planteado por Morin nos permite observar, entre muchas  
otras cosas, dos escenarios de la relación entre el sujeto y el objeto. El primero es que existe  
un vínculo emocional del sujeto con este tipo de objeto que ella llama biográfico; el segundo  
es que con los coleccionistas y los museos se quiebra este vínculo entre el sujeto autóctono  
y la materialidad autóctona, como ya hemos observado en los anteriores subtítulos.  
Por otro lado, Stallybrass (2012) desarrolla un texto en el que reflexiona sobre la  
dimensión de los objetos y su relación con la memoria y la identidad. Su análisis parte  
de una experiencia personal: la muerte de un amigo y las preguntas que surgieron  
entre sus allegados fueron sobre el destino de sus prendas y sobre quién se quedaría  
con ellas. «[...] Empecé a creer que la magia de la ropa radica en el hecho de que nos  
recibe: recibe nuestro olor, nuestro sudor; incluso recibe nuestra forma» (2012, p. 10).  
Entonces, en las sociedades occidentales se observa una aproximación particular del  
sujeto al objeto, en la que los objetos adquieren una dimensión simbólica y afectiva.  
Esto se evidencia en las reflexiones de Stallybrass, quien, a través de su experiencia  
personal, muestra cómo las personas proyectan cargas emocionales en la materialidad,  
dotándola de significados que van más allá de su función original.  
Asimismo, en el capítulo II desagrega aun más, y explora la existencia del fetichismo  
en los objetos. Y dice que «El capitalismo es el proceso de universalización de la  
producción de mercancías» (STALLYBRASS, p. 1). Pero, ¿qué es lo que convierte a  
los objetos, como el saco de Marx, en mercancías? Lo que convierte a los objetos en  
mercancías es su valor de cambio. En este sentido, cuando se fetichiza el objeto, en  
realidad se está fetichizando el valor de cambio y se aparta el valor emocional de él.  
Ambos autores nos recuerdan que los seres humanos, indistintamente de la cultura,  
se vinculan con las producciones culturales materiales (o materialidad). Esta realidad,  
consciente para ellos, convierte la agencia de los coleccionistas y de los museos en  
un hecho aun más necesario para el análisis, pues entienden este vínculo entre sujeto-  
materialidad («objeto») y aun así destruyen o ignoran el vínculo existente entre el  
sujeto autóctono y su materialidad.  
Pero, ¿qué más se sabe de lo que en el presente trabajo llamamos materialidad autóctona?  
21  
Revista del Archivo General de la Nación 2024; 39(2); 7-27  
Jeremy G. Dioses Campaña  
Aproximaciones al concepto de materialidad autóctona  
La materialidad es una idea que ha sido investigada por la arqueología, ya que su  
enfoque principal son los restos que subsisten de las sociedades que existieron en un  
lugar específico.  
El concepto de materialidad, desde su concepción en la arqueología a fines de la  
década de 1980 (Miller 1987) hasta su incorporación dentro de las propuestas que  
hacen un llamado al «retorno a las cosas» (Buchli 2002; Durham 2005; Meskell 2005;  
Olsen 2010; Tilley 2007), se encuentra ligado a la idea de que las relaciones sociales  
se constituyen a través de las prácticas materiales (Muro y Fernandini, 2019, p. 5).  
El concepto aportado por estas ciencias sociales constituye un buen inicio para  
entender mejor el lugar que ocupan las producciones materiales en las sociedades  
andino-amazónicas, en el contexto de la colonización. Evidentemente, que, por  
las características comentadas por Rivero y otros especialistas de su época, las  
características rituales que le otorgaban estas sociedades superan una función  
únicamente vinculada con las relaciones sociales, sino que influyen en la construcción  
epistemológica sobre la cual se apoya el desarrollo de estas relaciones.  
El tiempo, en nuestra cultura, está representado por las serpientes sagradas Yacumama  
y Sachamama, «Amaros» o «Chokoras» que son dos serpientes entrelazadas (que es  
fácil confundirlas con una anfisbena) (dibujo N.° 14), una con la cabeza implantada en  
elUkuPachaylaotraconlacabezaenelHananPacha(dibujoN.°15)aquellorepresenta  
la oscilación eterna del tiempo, que va de una esfera mínima, interior, epicentro o Uku  
Pacha (de donde emerge el futuro), hacia una gran esfera, máxima o periférica, Hanan  
Pacha (a donde marcha el pasado, por eso el «viajero del tiempo marcha mirando al  
pasado») y que tiene el ombligo o «estómago» en la esfera que representa lo que capta  
nuestra conciencia o Kay Pacha; conciencia que, eventualmente, puede ampliarse o  
puede reducirse; pero que nos recuerda que nunca debemos «alejar “el estómago” del  
aquí y del ahora», porque este error es la principal fuente del desequilibrio y por tanto  
de la enfermedad (Lajo, 2005, pp. 135-136).  
Como nos muestra Javier Lajo, estas producciones contenían información de una  
epistemologíaque incluía conceptos vinculados con el tiempo, lasrealidadesespaciales  
(dimensión física tangible y otras que se encuentran más allá de esta), conceptos  
de la vida y la muerte, entre otros. Es sobre estas nociones que se desarrollaron las  
divisiones espaciales, económicas, políticas, religiosas, entre otras. En este sentido,  
la materialidad es la producción de un pensamiento complejo vinculado con una  
producción material a partir de la cual se desarrollarán las actividades de las sociedades  
fundamentadas en la epistemología andino-amazónica.  
En adición a los aportes de Lajo, la revisión de fuentes documentales nos proporciona  
observar la continuidad de patrones de las prácticas sociales andinas con relación a los  
huacos (materialidad). Pues, en las historias del manuscrito de Huarochirí se observa  
22  
El Museo Nacional de Perú como tecnología de poder colonialista, 1826-1828  
constantemente la relación que tienen los habitantes de esa zona con los(as) huacas,  
interpretados como sagrados. En las historias de los hijos del señor de Huarochirí  
(petrificados por castigo), Tamtañamca y algunos de su pueblo Lahuaytambo (son  
venerados), Cavillaca (es venerada).  
A partir de lo observado, entendemos que, en el imaginario de estos pueblos, la  
relación que tienen con los materiales no es equivalente a la existente entre los sujetos  
occidentales y sus producciones. Las piedras no son preciosidades, no son entendidas  
a partir de conceptos mercantilistas, no son objetos, porque son seres que están vivos,  
tampoco son artefactos arqueológicos.  
Entonces, siguiendo la línea argumentativa, la materialidad es la sustantivación de  
una acción (materializar) divina que interviene en el cotidiano de las personas que  
componen estos pueblos, en donde algunas de ellas pasan a convertirse en elementos  
de culto.  
Esta realidad epistemológica revela la estructuración de las ideas que fundamentaban  
a las sociedades andino-amazónicas, donde las relaciones entre la realidad objetiva y  
la realidad subjetiva son dinámicas y se manifiestan constantemente en su cotidiano.  
Se puede ver esto en Rostworowski (1986) (1999) sobre el estudio de la participación  
de los mallquis en la guerra de los incas. Sobre la participación de las huacas en las  
actividades políticas, se puede ver a D’Altroy, T. N., & Hastorf, C. A. (2001).  
Las prácticas de religiosidad andina durante el siglo XIX no desaparecen, a pesar  
de lo que representó la extirpación de idolatrías durante el periodo colonial, ni  
posteriormente con la influencia del discurso cientificista. Estas expresiones son  
evidenciadas por las observaciones de viajeros que presencian rituales andino-  
amazónicos, como Scherzer, quien menciona: «[…] pues también ahora, allí donde  
los peruanos mestizos, convertidos a la religión católica, no han perdido nada de su  
antigua superstición, pero sí la mayoría» (1969, p. 64). Asimismo, están los rituales  
en las montañas; las fiestas patronales; las peregrinaciones, como en la festividad del  
Señor de Qoyllur Rit’i (Cuzco), ver a Sallnow (1987); entre otras expresiones.  
Por lo expuesto, la práctica de apropiarse de la materialidad de las civilizaciones  
autóctonas y fragmentación de la relación entre el sujeto y su materialidad no solo  
representa una acción que debilita dicha conexión, sino que adquiere una complejidad  
aun mayor cuando se considera que muchos de estos objetos poseen una naturaleza  
ritual. Lo ritual posee una serie de significados que están vivos en la cultura que los  
produjo y son operativos e influyentes en el desarrollo histórico-civilizatorio de su  
sociedad; pues, como lo revelan las fuentes, las prácticas de religiosidad autóctona  
seguían vigentes.  
Asimismo, esta fragmentación entre los pobladores locales y su materialidad  
acarrea una consecuencia compleja que es la imposibilidad de ser sujetos capaces de  
reflexionar, desde su propia cosmovisión, sobre la realidad en la que se encuentran.  
23  
Revista del Archivo General de la Nación 2024; 39(2); 7-27  
Jeremy G. Dioses Campaña  
Conclusiones  
El contexto en el que se desarrollaron estos procesos estuvo influenciado por el final del  
periodo colonial, pero, sobre todo, por la continuidad del colonialismo y la emergencia  
de los nacionalismos. Estos factores otorgaron a los museos un carácter ambivalente:  
por un lado, buscaban desvincularse superficialmente de su antiguo colonizador, pero,  
por otro, reproducían sus patrones de civilización, abrazando el nacionalismo.  
La existencia del Museo Nacional del Perú y la agencia de Mariano Eduardo de  
Rivero constituyen ejemplos específicos de una realidad más amplia, que no se  
limitaba a Lima, sino que se extendía a otras regiones de América. Tanto la institución  
como la figura del director fueron evidencia de que el colonialismo no desapareció  
con la independencia, sino que se transformó y se convirtió en un elemento clave  
en la construcción del discurso fundacional de la República peruana. Este discurso  
presentaba al país como un Estado civilizado, cuya legitimidad se basaba en la  
evidencia material de civilizaciones autóctonas (específicamente inca), en la posesión  
de colecciones de animales disecados y en la acumulación de libros occidentales  
considerados fundamentales para la instrucción de la población.  
Las listas de objetos que el Museo Nacional de Historia consideraba importantes  
reflejan estos criterios. Aunque se les otorgó un cuidado especial a elementos de la  
materialidad autóctona, como los objetos incas, también se valoraron otros tipos de  
colecciones, como animales disecados, libros antiguos y pinturas. Esto evidencia que  
la preocupación del Museo no se limitaba a la cultura denominada prehispánica, sino  
que también buscaba replicar los modelos europeos de preservación y exhibición,  
legitimando su propio estatus dentro de un paradigma occidental.  
Hacia el final de su carrera, Mariano Eduardo de Rivero consolidó su visión en el libro  
«Antigüedades peruanas», una obra que sintetiza sus ideas sobre la materialidad de  
las sociedades autóctonas. En este trabajo, Rivero reafirma su intención de demostrar  
que el Perú era un Estado nacional civilizado, respaldado por un pasado glorioso  
representado en el imaginario de la civilización inca, reforzando así la construcción de  
una identidad nacional alineada con los cánones de la modernidad occidental.  
La documentación sobre el Museo Nacional del Perú y el texto de Rivero son  
manifestaciones de cómo se logró fragmentar, al menos parcialmente, la relación entre  
el sujeto autóctono y su materialidad. Al mismo tiempo, se creó un imaginario que  
idealizaba el pasado inca, virtualizando su presencia como pilar en la construcción  
de la nación peruana. Sin embargo, esta representación excluía a los verdaderos  
herederos de los incas, quienes no fueron considerados actores fundamentales en la  
edificación del Estado, sino más bien fueron desplazados en favor de una narrativa  
que privilegiaba una visión occidentalizada del pasado prehispánico.  
Finalmente, la materialidad, como la concreción de un proceso transformador de las  
deidades en un elemento material, constituye un concepto propio de la epistemología  
24  
El Museo Nacional de Perú como tecnología de poder colonialista, 1826-1828  
autóctona que evidencia una lógica diferente a las impuestas por el Museo Nacional del  
Perú. Esta abstracción es la prueba más clara que demuestra una imposición colonialista  
en la narrativa elaborada por el Museo Nacional del Perú sobre la materialidad autóctona,  
y visibilizarla es una forma de abrir debate sobre esta violencia epistemológica que  
fragmentó la relación entre el sujeto autóctono y su materialidad, la cual permitió la  
anulación de este sujeto y acarreó la emergencia de un modelo adaptado a las exigencias  
occidentales para ser civilizado: el inca imaginado por Rivero.  
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